FICHA TÉCNICA



Título obra Cyrano de Bergerac

Autoría Edmond Rostand

Dirección Roberto Sen

Elenco Roberto Sen, Cynthia Klitbo, José Luis Padilla

Espacios teatrales Claustro del Centro Cultural Helénico

Referencia Bruno Bert, “¡Narices!”, en Tiempo Libre, 19 marzo 1992, p. 28.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

¡Narices!

Bruno Bert

En el jardín del claustro del Teatro Helénico se estrenó una obra de resonancias doblemente históricas. Me refiero a Cyrano de Bergerac, y hablo de una doble fuente refiriéndome tanto al autor de la obra, Edmund Rostand, como al auténtico Cyrano, extravagante poeta-guerrero del siglo XVII que sirve de soporte de esta especie de reminiscencia biográfica muy novelada de fines del siglo pasado.

El Cyrano histórico fue un parisino (y no un gascón como lo hace aparecer Rostand) que vivió entre 1619 y 1655, tuvo entre el honor y la suerte de ser amigo del joven Jean Baptiste Poquelin, que era apenas un par de años menor que él. Aunque tal vez no tuviera total consciencia del valor intelectual de su amigo ya que el de Bergerac murió bastante antes que el otro comenzara a ser "Moliere" y a difundir realmente su genio bajo la protección del rey.

Juntos compartieron lo que siglos después pasaría a llamarse "la bohemia artística" y que en su época pasaba más bien por libertinaje. El hecho es que alternó su tiempo entre amistades, copas y flautas con la pasión por escribir y guerrear. Estuvo en dos importantes hechos de armas (los sitios de Arras y Mouzon en 1640) y compuso lo suficiente y con bastante calidad como para que sus libros pasaran a la historia. Sobre todo sus dos títulos póstumos que son los más famosos: Historia cómica de los Estados e Imperios de la Luna, seguida por la Historia cómica de los Estados e Imperios del Sol.Pero realmente su vida, mezcla de talento y aventura, de una audacia impregnada por el sentir de su tiempo, es la que llamó la atención de los escritores del siglo XIX, amantes de aquel periodo en donde Dumas (contemporáneo de Rostand) crea al celebérrimo mito de "Los tres mosqueteros" que bien podrían haber sido compañeros de espíritu, mujeres y batallas del auténtico Cyrano. Edmund Rostand reinventa la figura y así Dartagnan y Cyrano se vuelven ambos personajes literarios, con igual valor para la imaginación.

Pero también este último autor, Rostand, fue un individuo muy particular, que vivió entre 1868 y 1918. Pero en él lo único que se maneja como extraordinario es su fama, lograda justamente a partir de Cyrano de Bergerac un material que lo pone en la cúspide del éxito a los 29 años, incorporándolo a la Academia de Letras cuando sólo tiene 33 y generando a su alrededor un mito de exquisito maniático, de rumbosa vida y vanidoso carácter, del tipo que por aquellos años habría de adquirir, por ejemplo, Gabriel D'Annuzio. Sin embargo hay que admitir que mirando a este escritor con un siglo de por medio (Cyrano de Bergerac es una obra compuesta en 1897) las dimensiones se reducen bajo la perspectiva del tiempo y no encontramos qué tanta fama esté realmente justificada, ni que el mismo Rostand sea realmente tan "importante" como lo consideraban nuestros bisabuelos. No quiero pecar diciendo que en realidad es un bello folletín con cierto vuelo poético, pero de todos modos estamos cerca de eso.

El hecho es, según decíamos al principio, que en el jardín del claustro del teatro Helénico un grupo de teatro ("Teatro Lepanto") ha montado esta obra bajo la dirección de Robert Sen, mismo que también asume el rol principal. La belleza del espacio es innegable y la pertinencia para su uso en este tipo de obras ya lo habíamos marcado en críticas anteriores.

Se trata de un nutrido plantel de alrededor de cuarenta actores, lo que permite, al menos como propuesta, el lucimiento de coreografías acorde a este tipo de propuestas, en donde lo visual se vuelve especialmente importante. En este sentido hay una verdadera pobreza en el ámbito de vestuarios, carentes de unidad por un lado y de imaginación por el otro. Salvo unos pocos —especialmente los dos que luce Cynthia Klitbo que son incompletos pero bellos— los restantes parecen extraídos de heterogéneos depósitos y el contraste con los fondos formados por una interesante fuente, auténticos árboles y las no menos auténticas piedras de ese claustro, es casi de estudiantina. A esta sensación no deja de contribuir la elección del plantel, que presenta deficiencias más que notorias aun en las proposiciones meramente corales.

A decir verdad se destaca la presencia de Roberto Sen, por el halo de energía que lo rodea y por la experiencia que como actor tradicional demuestra; es agradable el manejo de José Luis Padilla en los textos del pastelero y complementa eficazmente aunque con altibajos Cynthia Klitbo. El resto del plantel muestra momentos en este o aquel actor o actriz que resultan atractivos pero que no logran evitar la sensación de carencia actoral de conjunto.

En cuanto al montaje, presenta los puntos débiles que en bastantes oportunidades— se advierten cuando uno de los actores asume asimismo la dirección, multiplicando presencias pero restando eficacia y profundidad. Aquí hay algunas ideas que resultan atractivas pero en general preferimos a Sen como actor y advertimos los "descuidos" en la dirección como algo que tal vez pudiera corregirse atendiendo más prolijamente a cada una de las partes. De todas maneras tiene su atractivo y también su público, y todo el conjunto nos da como la nostálgica sensación de un tiempo ya ido... incluso para ciertas concepciones estéticas del teatro