FICHA TÉCNICA



Título obra Que no se entere el presidente

Autoría Ray Coney

Dirección Jorge Ortiz de Pinedo

Elenco América Gabriela, Jorge Ortiz de Pinedo

Espacios teatrales Teatro de los Insurgentes

Referencia Bruno Bert, “¿...Y el público se entera?”, en Tiempo Libre, 12 marzo 1992, p. 32.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

¿...Y el público se entera?

Bruno Bert

Una de las principales funciones que el teatro tiene dentro de nuestra sociedad es la de distraer, es decir, generar un espacio entre la realidad y lo que vemos sobre el escenario, como para que olvidemos nuestras tensiones y podamos relajarnos mediante la risa que el ridículo ajeno puede darnos. Para este fin sirven las comedias, y las tramas simplemente se ponen al servicio de los gags verbales y de acciones como una suave excusa casi inverosímil que va conduciendo el carril de nuestro humor. Dejarse llevar sin casi usar el pensamiento, arrullados por el lugar común, aunque éste vista la apariencia de una crítica a los valores establecidos.

No estoy en contra del humor, mucho menos de la necesidad de fantasía del ser humano y creo que una buena comedia es algo tan importante como su opuesto; de allí que las máscaras del teatro sean dos, entrelazando la risa y el llanto. Pero admitió que el teatro vendido por kilogramo me resulta poco agradable, y mucho más cuando —como en este caso— el público lo compra y consume en sabrosa abundancia.

Me estoy refiriendo a ¡Qué no se entere el presidente!, la adaptación de la obra de Ray Cooney que se está dando en el teatro de los Insurgentes, bajo la dirección de Jorge Ortiz de Pinedo, con la actuación de él mismo, a la cabeza de un conocido elenco. Tener prácticamente sala llena en doble función a cuarenta mil pesos la entrada, como ocurrió el día en que vi la obra, resulta muy interesante, tratándose de un teatro del tamaño de este conocidísimo espacio, que por cierto ha albergado cosas mucho más interesantes pero que necesariamente cubre lo que comercialmente puede funcionar frente al gran público.

La anécdota gira alrededor de un asesor presidencial y su posible aunque frustrada aventura amorosa con una secretaria privada de su jefe máximo al que hace referencia el título. Esto dentro de un conocido hotel capitalino, mientras en la Cámara, supuestamente, se discute el celebérrimo Tratado de Libre Comercio, lugar donde teóricamente se encuentra tanto para el presidente como para su propia esposa.

En realidad una puesta de este tipo da más para reflexionar sobre el fenómeno de formación y manejo de aspectos que de la calidad o función artística del teatro. Digo esto porque la obra en sí en cuanto a proposición dramatúrgica es totalmente inconsistente, como por otra parte lo fueron tantísimas obras que la historia del teatro ubica en sus momentos más fértiles y muchas veces con autores que, en otros materiales, claro, resultaron de primera línea.

Y para ello basta pensar en autores y tiempos tan lejanos a nuestro actual consumismo capitalista como el "Fénix de los ingenios", aquel Don Lope de Vega que compuso más de lo que cualquier persona sensata es capaz de leer en su vida entera. De las obras que se salvaron, muchas son francamente tan insustanciales como ésta que hoy podemos ver aquí. "Divertimentos", mezcla de enredos, acotaciones de actualidad, relaciones con el mundillo de la política y el poder, un cadáver, un par de mujeres, un marido burlado y un tanto de erotismo. El orden en que todo esto se pone no tiene importancia alguna, la verosimilitud tampoco y casi ni siquiera la pericia para hacerlo si quien lo trasmite es una figura harto conocida y el espacio está previamente consagrado como si fuera un "Bellas Artes" de la iniciativa privada.

Quiero decir que no se trata de nada nuevo el que el teatro comercial entregue productos predigeridos y ni siquiera que éstos obtengan un relativo gran consenso, ya que así funcionan generalmente las reglas de mercado, antes y ahora, aplicando un buen índice de promoción a lo ofrecido. Simplemente creo que, aun dentro de este rubro, se han hecho progresos en cuanto a intenciones de calidad para acercar más los productos a un hecho que al menos tengan algo que ver con lo artístico, sea que esto se refleje en lo global del montaje, en la calidad de los materiales elegidos, en el cuidado de la puesta o en el manejo de los actores, entendiéndolos como tales y no sólo como nombres con un mayor o menor cartel.

Y es que, después de todo, el comerciar con algo no necesariamente impide otorgarle un cierto valor cultural, al menos cuando de teatro se trata. De lo contrario, así como existen alimentos chatarras —que seguramente deben venderse muy bien a juzgar por el masivo bombardeo publicitario también podemos hablar de teatro chatarra con una homóloga capacidad de desnutrición para los que lo consumen. Aunque brille mucho, cueste más y se entregue en envase de lujo.