FICHA TÉCNICA



Título obra Muertos de la risa soplando velas en el infierno o Por qué no te arreglas ese diente

Autoría Christopher Durang

Notas de autoría Benjamín Cann y Anna Silvetti / adaptación

Dirección Benjamín Cann

Elenco Anna Silvetti, Gerardo González

Escenografía Laura Rode

Referencia Bruno Bert, “Morir de risa con el diente flojo... Ah y sople velas”, en Tiempo Libre, 5 marzo 1992, p. 33.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Morir de risa con el diente flojo… Ah y sople velas

Bruno Bert

Voy a hablar de un espectáculo que se estrenara a fines del año pasado en los teatros de la Anda y que acaba de ser repuesto en el Foro Shakespeare.

Me refiero a Muertos de risa soplando velas en el infierno o ¿Por qué no te arreglas ese diente?, de Christopher Durang, dirigida por Benjamín Cann. Siendo este último responsable también —junto con Anna Silvetti— de un fuerte proceso de adaptación del texto al lenguaje y ambiente local que tiende a incorporar el eclipse famoso, al Santo Niño de Atocha y hasta Verónica Castro y Paco Stanley. Elementos todos que posiblemente no se hallen en el original y que tal vez sean, por momentos, uno de los pocos puntos débiles que podemos encontrarle.

Pero de todas maneras lo que importa no es tanto esto sino la interesante captación de los síntomas neuróticos de la clase media urbana, que van siendo cada vez más "universales" en tanto tiende a homogenizarse el espacio laboral y cultural donde se produce, sin tomar demasiado en cuenta fronteras ni países. Naturalmente que el tema no es nuevo y podrían buscarse antecedentes dentro de distintos géneros y manejando los estilos más variados; pero aquí lo que interesa no es tanto la originalidad temática, sino el cómo está tratada la cuestión. Y eso es lo que se muestra especialmente atractivo en esta puesta a pesar de alguna que otra caída en los momentos que intenta mostrarse más brillante.

¿De qué trata? pues, simplemente (?) de lo difícil que resulta vivir y de lo casi utópico que es el planteo de la felicidad en el espacio de una ciudad; siempre hablando de nuestras clases medias. Esto se realiza por medio de largos monólogos que tienen al público como interlocutor directo, lo que genera (habiendo siempre unidad sin desdoblamiento entre los roles de actor y personaje) un doble juego, pues no sólo cuestiona la estructura general de la cultura sino esencialmente las formas que adquieren los medios de comunicación, incluyendo por supuesto al teatro y sus recursos de manipulación emocional e ideológica. Elemento este último que sin embargo está llevado con cierta tibieza por parte de la dirección, posiblemente porque es un terreno bastante resbaladizo que puede provocar rechazo por parte del público al tomar conciencia de su propia debilidad frente a los recursos del actor, apoyado por todo el aparato social que esto supone.

Es curioso advertir la red de complicidades que puede formar personaje y espectador a partir de referencias que pueden resultar compartidas por un amplio espectro de la clase media, sobre todo aquella con una cierta "preparación" cultural ("Después de todo yo hice la preparatoria" comenta el personaje femenino) en un juego entre agresivo y complaciente.

Y en esta línea se teje casi todo el trabajo: sembrar información, recoger alianzas, determinar valores, producir rechazos... y vuelta a lo mismo en un bombardeo permanente, sólo atenuado por unos breves velos de pudor. Como por ejemplo "yo estoy loca", lo que permite que el espectador complete con un "ustedes no, por supuesto" y atenúe así la violencia que significa asimilar como propio de una clase, en este momento histórico, tanta neurosis, tanta agresividad y tanto displacer juntos. Y esto con todo la confrontación de lugares comunes tomados como posibles salidas, desde el sicoanálisis hasta la magia de revista semanal, pasando por los consejos de Neuróticos Anónimos o instituciones parecidas. Esa enorme necesidad de entender, y la absoluta ausencia de soluciones a la vista.

Hay que remarcar que la eficacia de este espectáculo se da también por la hábil amalgama de las partes: una excelente propuesta escenográfica de Laura Rode que de no ser por la brevedad de este espacio merecería unas líneas aparte, con su aportación a ese surrealismo onírico al que contribuyen, claro, las imágenes reminiscentes de De Chirico; la sólida y creativa labor de los dos únicos actores Ana Silvetti y Gerardo González— soportando a través de largas tiradas, que hace del trabajo prácticamente una suma de monólogos, toda la tensión y el ritmo de este juego de provocaciones con el público, mostrándose excelentes en más de un momento, con picos que destacan la habilidad y el desempeño de Ana Silvetti.

Y por último el trabajo del director y adaptador que por un lado muestra algunos puntos de debilidad, y por el otro, orquesta el montaje con una admirable eficacia. En definitiva, un espectáculo que posiblemente desoriente a algunos y rechace a otros, pero cuya validez es innegable. Es de esperar que encuentre a su propio público.