FICHA TÉCNICA



Título obra Calderón

Autoría Pier Paolo Pasolini

Dirección José Enrique Golero

Elenco Raúl Parrao, Martín Acosta

Escenografía Jorge Ferro

Espacios teatrales Teatro El Granero

Referencia Bruno Bert, “Que la vida es sueño, no bostezos”, en Tiempo Libre, 13 febrero 1992, p. 33.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Que la vida es sueño, no bostezos

Bruno Bert

Paolo Pasolini murió en 1975, en esos momentos se habló de un asesinato relacionado con su homosexualidad. Y así fue efectivamente, ya que cayó en la trampa de un "ragazzo di vita", uno de esos insignificantes prostitutos de suburbio que él solía pagar con cierta complacencia. Pero obviamente las motivaciones de esa muerte eran mucho más extensas y cubrían un compromiso político en donde, una vez más, el escritor quedaba marginal a las derechas y a las izquierdas en una serie de denuncias que también hablaban de la impregnación de pesimismo que tomaba su vida en esos momentos.

Tal vez Saló o las 120 jornadas de , su último filme, aún prohibido en tantos lugares y estrenado apenas unos días antes de su muerte, es el ejemplo más claro de esa sensación terrible de fracaso que abarcaba lo ideológico, lo político, lo artístico y, naturalmente, hasta lo erótico, que en él había sido una de las grandes banderas de demostración de la unidad orgánica de su lucha como hombre y poeta.

Este Calderón es de la misma época y conlleva el mismo desencanto. Desgraciadamente es ese preanuncio del hundimiento de las izquierdas tradicionales y el ascenso paralelo del neofascismo lo que hace de esa obra un material aún pertinente, aunque como objeto literario sea farragoso y por momentos bastante aburrido, atado a fórmulas estéticas obviamente mucho más cercanas a las experiencias de los sesenta que a las posturas de estos noventa que nos tocan vivir. Su vuelo poético es patente por momentos, pero queda generalmente hundido en un limo donde el espesor de la palabra asume contradictoriamente el valor de lo pedagógico, herramienta teórica que pretende invalidar dentro de la misma propuesta.

No podemos hablar de antiteatralidad del texto, porque sería definir un perfil que fue explorado por aquellas mismas épocas. Yo más bien hablaría de la ateatralidad de larguísimos fragmentos, a los que se puede forzar creando una tensión que tal vez haya estado en las intenciones mismas de Pasolini, dado que era un momento en donde todos sus valores conceptuales y estéticos se encontraban en crisis. Es decir que el discurso se interrumpía, y esta era una forma válida de evidenciar esa fragmentación, lanzándolos diseminados en el contexto como grandes escollos de escoria ideológica en medio de la poesía narrativa.

Aquí, José Enrique Gorlero, como director, asume este material y lo trabaja desde una perspectiva totalmente contraria, ya que genera un espesor de acciones y planos donde se definen diversas "teatralidades" en confrontación de estéticas, aunque las ideas puedan mostrarse como complementarias. Para esto "fuerza" el discurso pasoliniano, volviéndolo un mero discurrir teórico que sólo aparenta un primer plano, mientras que los fondos son los que sustancializan la teoría.

El recurso, una forma un tanto más sutil que la ilustración que podría suponer, es posible que el director la extrajera sobre todo de las maneras propuestas por el filme antes mencionado, claro que mediando las diferencias de lenguaje entre cine y teatro. Aquí, se logra un abigarramiento a veces excesivo y una estridencia que no siempre favorece la visión distanciada y crítica del material. Hay, sin embargo, momentos de interesante composición, algunos hallazgos en el montaje y —de contar realmente con actores— varias propuestas que podrían llegar a ser muy efectivas. Es que de 16 ó 17 participantes sólo dos o tres se muestran idóneos para un trabajo de esa envergadura, sobre todo cuando se enfrentan a un texto con las dificultades que este presenta.

Hay imaginación y es clara la profesionalidad de Gorlero para un empeño como este, pero coexiste un cierto "frenesí" en la composición que más hace a la trayectoria del mismo que a las necesidades de Pasolini. De todas maneras se trata de un trabajo no complaciente, a pesar de ciertas recurrencias que pueden ser en realidad marcación "de estilo". El manejo de espacio es correcto correspondiendo la propuesta escenográfica a Jorge Ferro y el clima logrado nos habla de una obra polémica que seguramente despertará el interés del público en esta temporada que recién comienza