FICHA TÉCNICA



Título obra Son pláticas de familia

Autoría Rafael Solana

Dirección Manuel Montoro

Elenco Elsa Aguirre, José Acosta, Dolores Solana, Jesús Arriaga, Miguel Ángel Alvarado, Jorge Gómez, Guillermo Argüelles, José Roberto Hill

Escenografía Guillermo Barclay

Espacios teatrales Teatro Wilberto Cantón

Referencia Bruno Bert, “Son pláticas de Solana”, en Tiempo Libre, 2 enero 1992, p. 23.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Son pláticas de Solana

Bruno Bert

Dentro del plan de homenajes que el gobierno de Veracruz rinde al maestro don Rafael Solana, se halla el estreno de su obra "Pláticas de familia", que se produjo en el teatro Wilberto Cantón con el apoyo de la Sogem, el DDF y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Se trata de una farsa en dos actos que tiene como tema el problema entre las generaciones; el debatido encuentro y desencuentro entre padres e hijos. Claro que aquí Solana lo ilustra jocosamente a partir nada menos que del personaje de don Juan Tenorio, sujeto literario del que es fácil presumir (de haber existido) una difícil adolescencia y una conflictiva relación con sus progenitores.

Construida en verso, pero con humor y libertad, jugando más bien a los valores sonoros de la comedia clásica y a los climas y circunstancias que ésta puede proponernos —luchas, enredos, disfraces, amorosos asaltos a los conventos; más las caracterizaciones de pícaros criados, enojosos viejos y padres ingenuos y engañados— Solana recurre a la sonrisa y la habilidad constructiva para darnos un juguete escénico al que Manuel Montoro realizó en cuanto al montaje y Guillermo Barklay a los espacios de una ingeniosa y también eficaz escenografía.

La propuesta del dramaturgo es compartir complicidades con el espectador; desde los supuestos culturales a los que frecuentemente echa mano, pasando por los sobreentendidos graciosos que hacen mención velada o aún abierta de nuestra realidad contemporánea en el espacio de la comedia barroca, hasta la discusión de principios que, sin las ataduras de la seriedad, puede permitirle expresar posiciones y limitaciones sobre la juventud, los amigos, las relaciones filiales y variados tópicos que entrecruzan el eje temático central. Es un libreto ingenioso y tal vez su mayor virtud es el conocimiento de sus naturales limitaciones y el aprovechamiento de lo que el terreno realmente da sin pretensiones excesivas.

La propuesta de dirección es asimismo modesta, pero tal vez menos sólida que la posición del dramaturgo, y se encuentra como entre dos ingenios: el de Solana y el de Barklay, aunque indudablemente se hayan trazado las naturales complicidades del caso. Juega un poco a las reminiscencias, a las vagas evocaciones y a un cierto grado de convencionalismo que tal vez podría ser menor incorporando algunas proposiciones extras para los actores. Mantiene sí un ritmo parejo y tiende a homogenizar un elenco con diferencias que quedan así suavizadas en manos de Montoro. Y hablábamos del ingenio del escenógrafo porque tal vez uno de los elementos más llamativos es su capacidad para volcar en un pequeño escenario una gran variedad de combinatorias, con algunos paneles móviles y giratorios. Allí, y a partir de éstos, el espacio se multiplica con un guiño cómplice hacia los recursos que contaran los contemporáneos de Tirso, aunque claro que mucho más sintetizados, ingenuos en un sentido más moderno y con exclusión de las artimañas más vistosas. Telones que bajan, paredes que se desplazan, puertas que aparecen y ventanas súbitamente eclipsadas, todo a una atenuada vista de público, y la taberna se vuelve casa; ésta se transforma en calle, para enseguida resignificarse como locutorio de convento, Y aquí hay unidad de concepción entre el "decorado" y el vestuario —ambos del mismo autor— con esa combinatoria que todo el tiempo nos habla de teatro, de juego y además de contemporaneidad.

El personaje de don Juan está asumido por José Acosta, dinámico en su decir, con presencia escénica y simpático para el público, en el cinismo que le toca por mera situación histórica. Lo acompañan como amigos fieles Jesús Arriaga, Miguel Angel Alvarado y Jorge Gómez, agradables a veces, un poco envarados y perdidos en otras y casi siempre bastante por debajo del principal, con alguno que otro momento de lucimiento. Guillermo Arguelles y José Roberto Hill hacen de padre y suegro, con más prestancia y composición por parte del "benévolo" padre. Dolores Solana asume a una madre superiora de una picaresca suavizada con algo de tanda mexicana y chispa de cupletera. Muy simpática, aunque un tanto heterogénea. Y finalmente Elsa Aguirre toma el rol de Doña Mencia, la madre del futuro arquetipo y modelo (según se autopregona don Juan en la primera escena), presente sí, aunque tal vez no en su mejor interpretación.

En definitiva, que nos encontramos con un trabajo liviano, muy como para despedir el año y las tensiones que nos trajo. Y también, claro, para saludar en la escena la labor múltiple e inteligente de ese dramaturgo y luchador de tantos años que es don Rafael Solana. Vayan los mejores deseos tanto para él como para su obra.