FICHA TÉCNICA



Título obra El criminal de Tacuba

Autoría Víctor Hugo Rascón Banda

Dirección Raúl Quintanilla

Elenco Pilar Souza, Juan Carlos Colombo, Carmina Narro, Marco Bacuzzi, Sergio Bustamente, Mel Herrera

Escenografía Gabriel Pascal

Iluminación Gabriel Pascal

Espacios teatrales Teatro Helénico

Referencia Bruno Bert, “El criminal de Tacuba”, en Tiempo Libre, 26 diciembre 1991, p. 27.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

El criminal de Tacuba

Bruno Bert

Víctor Hugo Rascón Banda, autor; Raúl Quintanilla, director; El criminal de Tacuba la obra que los une en una propuesta entregada al público en el teatro Helénico. Vamos por partes en el desglose de este material que tiene como antecedente inmediato —de trabajo conjunto— aquella interesante experiencia que se llamó Playa Azul.

La obra narra, de una peculiar manera, un hecho célebre de la criminología mexicana, que tuvo además insospechadas derivaciones y consecuencias que la volvieron imán de atracción y tema reflexivo para un autor como Rascón Banda, interesado ya anteriormente por fuentes similares (recuérdese La fiera del Ajusco).

La anécdota es simple y el tema sumamente complejo: un hombre (Goyo Cárdenas, una persona que aún vive y ocupa un respetable lugar en nuestra sociedad) en el lapso de una semana asesina a cuatro mujeres con motivaciones relacionadas a la sexualidad. Tres de ellas son prostitutas que él lleva a su casa (en la calle Mar del Norte, en Ta-cuba) y luego de intimar con ellas se deja arrastrar por un acceso de furor y las elimina para posteriormente enterrarlas en el jardín. Acto seguido se refugia en casa de su madre. La última es su novia y es lo que permite la búsqueda de una muchacha y el encuentro de cuatro cadáveres.

Hasta aquí no pareciera haber nada de particular (dentro del panorama habitual de crónica roja, claro). Lo interesante es su comportamiento posterior, ya que en los siguientes cinco años nadie es capaz de determinar si se trata de un loco —presenta un panorama cambiante de distintas patologías— o un hábil e inteligente simulador, ya que en el penal asiste como oyente a las clases de psicología y además aprende jurisprudencia. Llamado un profesional de alta estima a dictaminar —Alfonso Quiroz Cuarón— y luego de un prolongado estudio, éste recomienda la reclusión perpetua. En la cárcel, Cárdenas se vuelve un experto en leyes, colabora en la liberación de un centenar de compañeros y hasta ocupa cargos en los espacios de Lecumberri.

Finalmente, es rehabilitado por decisión presidencial luego de 34 años, con aclamación en el Senado inclusive... Sale y funda una honorable familia según decíamos más arriba. Admito que es un poco largo de sintetizar pero el caso evidentemente vale la pena y es comprensible que este hecho de la cotidianidad haya sido llamado al teatro. Pero aquello que plantea la obra es más bien un cúmulo de dudas en relación con los comportamientos de los distintos implicados, empezando por el mismo Cárdenas, siguiendo por Quiroz que es su antagonista inmediato, hasta la sociedad que contuvo esta singular circunstancia. Esto está bien y debiera ser interesante, pero las dudas no están llevadas a la escena con la suficiente claridad como para abonar las posibles respuestas que el mismo público se daría en cada caso en lugar de soluciones magistrales por parte de los autores. Algunas veces sería bueno leer el libro y cotejarlo con la puesta porque, naturalmente, habrá una tensión entre ambos ya que el director genera un nuevo discurso a partir del soporte original del dramaturgo.

En ciertos casos no es evidente al ver el trabajo, en otros, como en éste, se intuye un cierto quiebre, una cierta fractura que deja el material en una zona indecisa, textual y visualmente. No queda clara —al menos desde mi punto de vista— la proposición que se articula en escena. La sensación que se advierte es como de aciertos puntuales donde podemos reencontrar la calidad de Rascón Banda y la habilidad creadora de Quintanilla. Pero no logran generar un cuerpo orgánico propositivo, se fragmentan incluso en lo que hace al uso del espacio donde se pierden sin resignificar plenamente la estructura —entre ambientación y escenografía— que nos presenta Gabriel Pascal corno una interesante sugerencia de un realismo pleno de puntos posibles de fuga hacia la fantasía, la locura, el absurdo... hacia otras dimensiones en definitiva, que prácticamente no son exploradas, aunque existen en latencia dentro de la propuesta global.

En el área actoral tenemos a Sergio Bustamente y a Mel Herrera en los papeles fundamentales del psicólogo criminalista y el asesino. Al primero le sobra experiencia para componer un papel muy "teatral" por momentos, pero muy acertado dentro de la visión que parece manejar del personaje, del segundo no recuerdo antecedentes, pero aunque su experiencia es evidentemente menor no desluce en absoluto y tiene momentos plenos de interés aunque en otros haya aun necesidad de una cierta afinación. Los acompañan Pilar Souza, Juan Carlos Colombo, Lula, Carmina Narro y Marco Bacuzzi. Un plantel con algunos desniveles pero atractivo y bastante sólido en los puntos culminantes que cada uno maneja a lo largo del espectáculo.

Creo que El criminal de Tacuba no representa el momento creador más intenso en esta relación de autor y director, pero tiene suficientes momentos vitales y artísticamente atractivos corno para satisfacer al público que asista a su llamado.

Escena de El criminal de Tacuba, de Víctor Hugo Rascón Banda, dirección Raúl Quintanilla, Teatro Helénico (Avenida Revolución 1500, Guadalupe Inn, 550-3179); jueves y viernes (20:30); sábado (19:00)y domingo (18:00 horas). Fotografías de Luis Fernando Moguel.