FICHA TÉCNICA



Título obra Rojo amanecer

Autoría Xavier Robles y Guadalupe Ortega

Dirección Adam Guevara

Elenco Irma Lozano, Eduardo López Rojas

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Teatro San Jerónimo

Referencia Bruno Bert, “23 años después”, en Tiempo Libre, 24 octubre 1991, p. 47.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

23 años después

Bruno Bert

El teatro San Jerónimo, Adam Guevara acaba de estrenar, en la ciudad de México, la versión teatral de la conocida y polémica película Rojo amanecer, que trata sobre la matanza de Tlatelolco en el 68. Abarca, anecdóticamente, las veinticuatro horas que van desde los preparativos hasta el remate de los sangrientos sucesos de aquella jornada de octubre desde la perspectiva de una familia que vive en uno de los departamentos que dan justamente al lugar de los hechos y forma con las actitudes y opiniones de sus componentes un espectro de oposición, neutralidad y decidida adhesión a la política de cambio y a la acción cuestionadora de los estudiantes que ese día se reunían en la plaza de las Tres Culturas.

Ideológica y narrativamente no aporta elementos nuevos de conocimiento en relación con los sucesos, manteniéndose dentro de una fuerte línea crítica hacia el gobierno y la política represiva que propició y condujo a los resultados que son de público dominio. Por lo tanto, más que una revisión de los hechos para encontrar nuevos enfoques o nuevas perspectivas de análisis, se trata más bien de la intención de generar un acicate para que la memoria, ese frágil atributo en algunos pueblos, mantenga viva la llama de la indignación y la necesidad de la continuidad en ciertos procesos de lucha hacia ideales más justos y democráticos. Algo así como la celebración ritual y simbólica de un viejo sacrificio.

Hasta aquí, por supuesto, resulta importante y conmovedor, ya que los sucesos narrados hacen parte del dolor colectivo de todo el pueblo mexicano. Además, este tipo de lenguaje (un estricto realismo) y temática, se ensambla con obras anteriores que compusiera y dirigiera el mismo Guevara en las temporadas inmediatas anteriores en el pequeño espacio universitario del Santa Catarina. Sólo que allí había un margen mayor para los juegos de tiempos y significaciones. Aquí, tanto la amplitud del teatro San Jerónimo como el cumplimiento estricto de las unidades aristotélicas de tiempo y espacio dan al trabajo una linealidad un poco árida y de alguna manera se vuelven como un ejemplo de las virtudes y defectos (o más que defectos, limitaciones) que éste estilo seguido al pie de la letra puede tener para el teatro, ya que obviamente no contiene los mismos sofisticados y específicos recursos que el cine. Este, por el mero manejo de alteración de planos y el sistema de montaje, puede atenerse a un sólo espacio, como es un departamento, y sin embargo guiar efectivamente nuestra mirada, generar macros y micro climas muy particularizados y alterar ritmos por decisión del director a partir de estos juegos de cámara y edición.

Esto y muchos otros elementos, como puede ser la contundencia de los efectos especiales por ejemplo, permite que el realismo en cine sea el sistema de lenguaje ampliamente prioritario en todos los países del mundo, mientras que el teatro se ha valido de otras posibilidades altamente compensadoras para generar discursos alternativos donde el realismo se mantiene con una incidencia mucho menor y sobre todo frecuentemente relacionado con los productos más cercanos al área comercial. Esto, claro, sin desmerecer a importantes cultores de este estilo (se podrían nombrar algunos directores internacionales de primera línea) que, como Adam Guevara, lo prefieren habitualmente para sus puestas, aunque de forma más matizada.

David Antón realiza una escenografía acorde con estas necesidades, demarcando prolijamente cada espacio del departamento, los pasillos externos tanto laterales como superiores, e incluso la minuciosa pintura de los edificios e iglesia aledaños, que pueden verse a través de los muy amplios ventanales. Aquí llueve con verdadera agua que cae frente a los vidrios (aunque no en las vidrieras de la derecha) los tiros repiquetean en todas las intensidades, tratando de abarcar sonoramente incluso los espacios que corresponden a las espaldas de los espectadores, y el helicóptero evoluciona, al menos auditivamente, una y otra vez mientras se suceden los efectos que van marcando las cambiantes horas del día y de la noche. Y uno de los problemas que este tipo de enfoques es que, como todo está dado, la imaginación queda a la zaga del intelecto que se informa y de la emoción que actúa según claros parámetros preestablecidos por el autor. Claro que podría argumentar casi como obviedad que no estamos viendo lo que sucede en la plaza, que es justamente lo que importa en la evocación de los hechos históricos; ni tampoco en los distintos departamentos y pasillos de ése y los otros edificios, que es donde la acción queda relegada al terminar el grueso de la represión en el externo. Incluso que la imaginación se potencia a través de todos los gritos, golpes, gemidos y disparos que vamos escuchando, sin ver realmente en su circunstancia. Pero esto es sólo apariencia, ya que se nos narra prolijamente cada paso a partir de observadores directos y se nos ilustra in situ cada alternativa (golpizas, asesinatos, persecuciones. disparos, etcétera) que previamente se había narrado.

De todas maneras, la construcción es sólida, clara en su propuesta y también en cada uno de los pasos de su realización, con la participación de un importante elenco encabezado por Irma Lozano y Eduardo López Rojas, que aporta profesionalidad y buen desempeño en la tarea, aunque sin destacar especialmente en este rubro. Un material en definitiva que va a encontrar decididas adhesiones más allá de cualquier tipo de apreciación estética.

Patricia Pereyra en Rojo amanecer, de Xavier Robles y G. Ortega, dirección Adam Guevara, Teatro San Jerónimo (Periférico Sur y Avenida San Jerónimo, 595-2117); viernes y sábado (19:00 y 21:00); domingo (18:00 horas). Fotografías de Luis Fernando Moguel.