FICHA TÉCNICA



Título obra Secretos de familia

Autoría Héctor Mendoza

Dirección Héctor Mendoza

Elenco Delia Casanova, Blanca Guerra

Espacios teatrales Teatro Santa Catarina

Referencia Bruno Bert, “Los secretos de Mendoza”, en Tiempo Libre, 3 octubre 1991, p. 37.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Los secretos de Mendoza

Bruno Bert

No es la primera vez que Héctor Mendoza enfrenta temas y personajes de la literatura clásica. Pareciera que ejercen sobre él una particular fascinación; sobre todo al encontrar paralelismos de comportamiento basados en los impulsos básicos del hombre, como la supervivencia, el deseo, el ansia de poder, el miedo... aunque tengan distintas lecturas según la época en que se den.

Por supuesto todo ésto viene a cuento por el reciente estreno de Secretos de familia que como autor y director hiciera en el teatro Santa Catarina, de la UNAM.

Desde la perspectiva del texto, recoge las leyendas que suelen conocerse como del ciclo de Atreo; centrándolo sobre todo en las figuras de Clitemnestra y Elektra. Es decir en la madre asesina del esposo y la hija vengadora y aliada de su hermano Orestes, que terminarán matando a la primera y a su amante, continuando así la maldición divina que pesa sobre la familia. Es lo que en el teatro griego ha desarrollado sobre todo Esquilo, claro que desde una perspectiva muy distinta a la de Mendoza.

Aquí se juega sobre todo la habilidad narrativa para lograr sorprendernos en una historia sumamente conocida. Esto se logra no sólo actualizando los lenguajes y la forma expresiva de los sentimientos y conflictos; sino también variando la perspectiva de los móviles clásicos e incorporando algunas situaciones y sugerencias que ni la tragedia original ni la leyenda de donde se nutre contienen. Indudablemente Mendoza lo hace con habilidad y logra sustentar únicamente en la palabra y en la capacidad para decirla por parte de los actores, todo el interés del trabajo.

Se revisa, por supuesto, el asesinato ritual de Ifigenia por parte de Agamenón y aunque no se desarrolla su figura, sí se lo hace con la de su esposa, contraponiéndola a la habitual magnificencia del héroe que da por justificado cualquiera de sus actos condenando de antemano a Clitemnestra. Aquí la mujer cobra interés en sus acciones y se la dota no sólo de un grado de justificación lógica de sus actos, sino también de una especial habilidad para el razonamiento político y para la ambición hacia el poder. Aunque tal vez se la sobrecargue de situaciones paralelas un tanto accesorias como son los deseos incestuosos de Orestes o la posible participación de Egisto, su amante, en una iniciación sexual y amorosa de su hija Elektra. Digamos que la tragedia pasa a ser pieza y los grandes móviles quedan un tanto empequeñecidos. Si en los originales los dramas de alcoba tenían la estatura de lo social y la impregnación de lo divino, aquí, dejando de lado a los dioses, hasta lo social se vuelve un poco chisme de alcoba y las acciones quedan reducidas a cuestiones emocionales un tanto minimizantes, a pesar de lo habilidoso del planteo que hace, por ejemplo, que un personaje relativamente secundario como es Egisto, se vuelva en primerísimo plano ejerciendo de posible amante simultáneo de la madre, la hija y del hijo, sin una simbología tipo "Teorema" a la mano. Un verdadero apostador a su sexualidad que por ahí invoca el nombre de Apolo, aunque pareciera que más le convendría la figura de Hermes, tanto por su relación fálica como por su vinculación directa al dinero y al ejercicio del poder.

Sea como sea, lo textual es ameno, y aunque funcione como espejo disminuyente de la grandeza de las propuestas originales, no carece de atractivo, de un lenguaje coloquial cercano al espectador contemporáneo y de la habilidad como para llevarlos con interés durante el desarrollo de la trama, o de la doble trama si tomamos el apéndice moderno que le acompaña. Es netamente un teatro de la palabra que basa su efectividad en estas virtudes mencionadas, junto con la capacidad de los actores en este caso, sobre todo de Delia Casanova como Clitemnestra y Blanca Guerra como Elektra —para transmitir convincentemente sus textos. Claro que podríamos aducir ciertas reminiscencias del drama griego, también semi estático y sobre un fondo de tres puertas, con un coro puesto al revés de los que aquí actúan como tales y con no más de dos o tres actores simultáneos en escena. Pero éso sólo es un juego referencial; como un guiño del autor, ya que todas las estructuras son absolutamente distintas y a tal grado que ni vale la pena mencionarlas.

Y en ese sentido no hay valor en el espacio ni en los cuerpos. Sólo es texto y voz. El actor aquí es un buen narrador del autor (las dos son excelentes actrices), que sobresale y reina en forma absoluta ya que el director (aunque sea él mismo) le ha cedido todos los poderes. Se trata de una determinada concepción del teatro que los últimos treinta años habían prácticamente demolido y que el lustro inmediato ha visto renacer como consecuencia natural a los planteos a veces absolutistas anteriores. Admito su validez, como la de tantas otras opciones del teatro, sobre todo cuando está bien hecha, aunque, por lo pronto, prefiera un teatro más integral, más vinculado al espacio y al cuerpo como una expresión natural de cualquier idea; más expropiado hacia el actor director.

Pero bueno, lo importante, más allá de esta o aquella concepción, es que Secretos de familia resulta gozable al espectador y con un muy digno nivel de trabajo.

Delia Casanova y Blanca Guerra en Secretos de familia, autor y director Héctor Mendoza, Teatro Santa Catarina (Plaza de Santa Catarina 10, Coyoacán, 6M-0560); jueves y viernes (20:30), sábado (19:00) y domingo (18:00 horas). Fotografías de Femando Moguel.