FICHA TÉCNICA



Título obra La séptima morada

Autoría Luis de Tavira

Dirección Luis de Tavira

Elenco Arcelia Ramírez

Espacios teatrales Foro Sor Juana Inés de la Cruz

Referencia Bruno Bert, “Esta es la séptima, ¿habrá octava?”, en Tiempo Libre, 19 septiembre 1991, p. 35.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Esta es la séptima, ¿Habrá octava?

Bruno Bert

Luis de Tavira es un creador talentoso al que puede identificársele tanto un estilo como una línea de preocupaciones éticas a lo largo de su ya extensa carrera. Ahora, volviendo sobre la estructura de creación de espectáculos (en contraposición con el montaje de textos dramáticos más o menos convencionales) acaba de estrenar en el foro Sor Juana Inés de la Cruz de la UNAM La séptima morada, en donde, naturalmente, podemos reencontrar tanto los elementos formales que le son gratos como las puntas emergentes de aquellos temas tantas veces propuestos por él.

El título, como es obvio, hace referencia al Castillo interior o libro de las siete moradas, de Santa Teresa de Jesús; y la obra va en busca de ese centro, de esa séptima morada, la más rica y secreta en dónde habita Dios y se produce la unión con el amado. Según la misma santa, lo que nos impulsa en ese sendero es el amor y el camino es el conocimiento de sí mismo. Sobre estos principios se maneja Tavira para la construcción del trabajo junto con su equipo, pero claro que no se trata de ilustrar libros de mística, sino de reevocarlos como elementos cercanos a su sensibilidad, hacerlos confluir con sus paralelos de lenguaje en nuestro siglo y jugar el dolor de sus contradicciones. Así es claro que si en metafísica hablamos del alma, en psicoanálisis podríamos mencionar las estructuras del yo y convocar en la misma obra a la imagen y los textos de Santa Teresa, el consultorio del analista y el puente hacia las imágenes que brinda el arte, profesión de los que construyen este trabajo y sobre todo del mismo Tavira, convocando como intermediadores, entre otros, a Calderón y a Passolini como un juego de espejos reflexivos a la vista del director.

Como vemos, tratar de describir así sea someramente la estructura lógica de este "sueño escénico" es prácticamente imposible para alguien que esté fuera del equipo que le dio vida, salvo que enfriemos el producto para someterlo a una vivisección de la que no estoy muy seguro que pudiera sobrevivir como unidad, corriendo el riesgo de quedarnos con algunos interesantes despieses en las manos. Lo siento como un producto particular que se vincula con el externo, con la sensibilidad del espectador, a partir de la posibilidad del mismo de involucrarse emocionalmente con los climas y de reconocer o no un cierto número de referentes intelectuales lanzados a lo largo del trabajo, tanto en forma explícita como en las estructuras mismas de lenguaje que se emplean. Compartimos, como siempre, con mayor intensidad cuanto más cerca estemos (de alguna manera) a los climas generados en la obra y a la comprensión de su mecánica.

Esta inmersión parece haber producido en los actores y en el director como un estado de sobresaturación. Uno quisiera decir que se trata de las formas del éxtasis o la locura, dos maneras de llamar a estados de "alteración del alma" que se hallan explícitamente lanzados al ruedo (y podríamos ver, tal vez con más tiempo y espacio, si esta última palabra relacionada con la circularidad, el riesgo, la sangre y la muerte no tiene toda una posibilidad de desarrollo en cuanto análisis en este trabajo), pero sinceramente creo que si bien por ahí estaban las intenciones, sin embargo no se llegó a esto sino sólo a esa sobresaturación que estoy mencionando.

Los referentes se vuelven frondosos, las claves cargadas de un cierto hermetismo y, por momentos, aparece convocado el Bergman de las más densas angustias metafísicas, al cobijo de las obsesiones de Tavira, con la pata de sota deslizada aquí y allá, brindada tal vez por Passolini, tal vez por las reflexiones políticas del mismo director.

El círculo, la cama (las mil imposibilidades de la unión con el amado), la muerte, el sueño y la sublimación en medio de lo que parece una crisis fenomenal, que congrega los recursos como el humo, los disparos, las bruscas salidas que se congelan, las maletas y media docena más de tópicos habituales en Tavira pero lanzados al extremo de una reiteración obsesiva que de tan densa termina por alejarnos de esta borrachera (otra "alteración del alma") mística que dura más de tres horas.

La culpa puede conducir al cielo (con algunos trámites de por medio), al manicomio o a la cárcel (real o simbólica, claro), pero también a tal exceso de llanto que no haya quien lo tolere por más que se le comprenda. Aquí los actores intentan la catarsis purificadora con algunos puntos para la ironía, pero tres horas de lágrimas se vuelven de un irritativo extra teatral francamente impresionante. Es una pena. Los trabajos masculinos no son muy interesantes, pero algunas actrices sí logran buenos climas e imágenes, pero terminan saturando al espectador, incitándole a un rechazo que no es en obra sino de la obra misma, lo cual no la ayuda demasiado a pesar de las virtudes que contiene esta Séptima morada.

Decíamos al principio que Luis de Tavira es un creador de talento, y esto también aquí se ve, pero como cercano a un momento de transformaciones profundas. Una obra que es como un concentrado capaz de corroer las estructuras y los temas mismos que le dan vida. Como larguísima síntesis de una etapa que se acerca peligrosamente a un particular academismo en el que el mismo autor ha instalado una bomba de tiempo en su corazón completando las contradicciones. ¿Y después?

Arcelia Ramírez en La séptima morada, autor y director Luis de Tavira, Foro Sor Juana Inés de la Cruz (Insurgentes Sur 3000, Centro Cultural Universitario, 665-1344/7056) jueves y viernes (20:30), sábado (19:00) y domingo (18:00 horas). Fotografías de Luis Fernando Moguel.