FICHA TÉCNICA



Título obra El dedo del Señor

Autoría Héctor Ortega

Dirección Héctor Ortega

Elenco Ausencio Cruz, Víctor Trujillo, Lizzeta Romo

Escenografía Carlos Trejo

Iluminación Carlos Trejo

Música Felipe Ardón

Espacios teatrales Teatro de los Insurgentes

Referencia Bruno Bert, “Este dedito te hace reír”, en Tiempo Libre, 29 agosto 1991, p. 33.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Este dedito te hace reír

Bruno Bert

En el teatro de los Insurgentes se está presentando una comedia musical dirigida por Héctor Ortega que tiene como principales intérpretes a Ausencio Cruz y a Víctor Trujillo, liderando un elenco compuesto por una veintena de artistas. Se trata de El dedo del Señor, con un libreto de creación colectiva que, entre otros, comprende los nombres del director y los dos actores protagónicos.

De Ortega recordamos esencialmente dos trabajos, uno como intérprete y otro como director. Me estoy refiriendo, claro, a La muerte accidental de un anarquista y ¡Ay Cuauhtémoc, no te rajes! Ambas tienen ya sus años, pero son materiales coherentes con la línea que ahora nos presenta y que lo ubica entre los artistas comprometidos con el desarrollo de una teatro popular, de raigambre política que conecte nuestra escena con los grandes antecedentes que dentro de este género cuenta la historia del teatro mexicano.

Ubicado en esta propuesta es lógica su presencia en el teatro de los Insurgentes, como lo fue anteriormente en el Fru-Fru, lugares tradicionales del teatro comercial, cada uno con su peculiaridad; y el mismo programa de mano se encarga de recordarnos que el espacio que ahora los alberga fue inaugurado en 1953 por el propio Mario Moreno Cantinflas, al que Rivera inmortalizara en los mosaicos de la entrada. Y a tal espacio tales actores, también provenientes de lo más reconocido de la televisión comercial, asumiendo aquí una dinámica de conducción de un espectáculo muy movido y muy dentro de las reglas del juego que este tipo de materiales sugiere.

El título mismo del trabajo impone una línea que relaciona al hombre medio con el poder político, con El dedo del Señor, capaz de vetar o elevar según el caso y las circunstancias. Así, el espectáculo hace una cómica recorrida en la vida de un mexicano tipo en los tiempos del cambio, la democracia y el tratado de libre comercio, en donde se le trata de imponer una transformación de los valores tradicionales en pro de una moralización que más bien pareciera la consigna que utilizara en su campaña el gobierno anterior, lo que nos da una media agua entre el hoy más inmediato y un ayer muy cercano pero naturalmente mucho más permisivo para la sátira social.

El protagonista es de aquellos que sobreviven a partir de la picardía y los pocos escrúpulos: tiene una funeraria clandestina, alquila el coche fúnebre como hotel de paso, roba a los muertos de sus pertenencias y revende una y otra vez las coronas que dejan sobre las tumbas y a las tumbas mismas. Tiene además una familia duplicada y le encanta la cantina y los amigos de medio pelo, las borracheras, las prostitutas, las trifulcas, las mentiras y todo el rollo que supone la picardía chilanga cargada de albures y contraseñas. El coprotagónico, angélico enviado de una empresa del más allá (que curiosamente surge de las cloacas), es el que intenta el cambio para adecuarlo a la nueva imagen de México, una imagen responsable dentro de un concierto de relaciones internacionales de comercio. Está de más decir que las influencias son mutuas pero que en definitiva cuando se decide cambiar realmente rompiendo con las "sanas tradiciones" que componían su vida anterior para adaptarse a este nuevo tiempo bajo exigencias ajenas, la imagen del mexicano termina burlada, vestido como una miss y sin recibir el premio que, naturalmente, acaba en manos del intermedario angélico por la divina orden del dedo del Señor.

La lectura, crítica por supuesto en cuanto a nuestra realidad política, satírica en lo que hace a la idiosincrasia ciudadana y llena de los gags propios de la cultura mixta que nos caracteriza, no deja sin embargo de tener su lado de complacencia, tal vez para permitir asimilar lo que de ácido contiene, y además de divertir invita a un cierto grado de polémica en relación a cuanto de lo existente merece mantenerse como propio, cuánto de la influencia foránea no es más que una colonización disfrazada de intercambio y cuánto del aparato político es susceptible a un verdadero cambio o sólo a un eterno remaquillaje en sus técnicas de colocación entre los ciudadanos, bajo ropajes y apariencias actualizadas pero profundamente idénticas a lo que siempre manejó el sistema.

La escenografía e iluminación, de Carlos Trejo, aborda el juego como tal, con algunos aciertos en los planteos muy abiertos de teatralidad, aunque se advierte una cierta limitación en el vuelo imaginativo. La música, interpretada en vivo bajo la dirección de Felipe Ardón, es pertinente a la propuesta y sostiene muy bien la comedia sin destacar especialmente. La dirección se muestra muy relacionada con la capacidad creativa de los actores, tanto aquellos que ocupan un rol protagónico como los otros. Pareciera que Ortega tuvo muy en cuenta la capacidad individual y creó organizadamente con ellos un plan de puesta y un ritmo que los contiene sin forzarlos, sino más bien incorporando inteligentemente lo mejor de sus capacidades histriónicas, con todo un sistema de montaje que ya explorara en la puesta anterior que mencionábamos al principio. Naturalmente mucho del peso recae en los intérpretes y éstos, que han colaborado en la redacción o en la elaboración de las ideas y seguramente también, según decíamos recién, en la composición de los gags de la puesta, encuentran como el espacio ideal para expresarse. Son lo que vemos, la mitad misma del trabajo.

En definitiva, un teatro tradicional que trata de actualizar los medios de un humor muy representativo de la comedia político-musical. Un agradable entremés para la tarde de un domingo.