FICHA TÉCNICA



Título obra Santísima

Autoría Sergio Magaña

Dirección Marta Luna

Elenco Alma Muriel, Ernesto Laguardia, Claudia Guzmán, Alfredo Sevilla, Óscar Narváez

Espacios teatrales Teatro Sergio Magaña

Referencia Bruno Bert, “Tristísima”, en Tiempo Libre, 22 agosto 1991, p. 31.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Tristísima

Bruno Bert

Nos hallamos frente a un estreno por partida doble: de teatro y de obra. En lo que hace al primero, se trata de una capilla transformada en Casa del Agrarista allá por 1935, que en los ochenta fuera conocida como auditorio Roberto Amorós, y que ahora Socicultur ha transformado en un pequeño pero al parecer bien provisto teatro, bajo el nombre de Sergio Magaña. Y para que el homenaje al recientemente desaparecido dramaturgo fuera completo, junto con la imposición de su nombre a la sala, se realiza su apertura con el estreno de una obra suya: Santísima, en obvia referencia al personaje y la novela de Federico Gamboa.

No sé la fecha en que fue escrito este trabajo y desgraciadamente ni el programa de mano ni la enciclopedia mexicana aclaran el dato, pero se tiende naturalmente a preguntarse qué es lo que atrae tanto de este personaje que se viene recreando una y otra vez desde su nacimiento, hace ya casi noventa años. Tal vez fundamentalmente el juego de, opuestos complementarios hasta la obviedad que comienza en el hecho que una prostituta se llame Santa, y de allí en más con todas las deducciones y lugares comunes que puedan ocurrírsenos para propiciar un consumo digamos que masivo y un interés genuino pero irónico de intelectuales como en el caso de Sergio Magaña. El la transforma en una comedia musical, la extiende hasta la Revolución, la enriquece con una sátira que hoy puede pecar de ingenua, casi como la novela misma, y la salpica de chistes sobre el machismo, las clases, la mujer y muchos otros tópicos no sólo apropiados para el género elegido, sino también acordes a la personalidad y chispa del escritor. Sin embargo, al menos a mi gusto, todo está bastante envejecido y me pregunto si Martha Luna la hubiera realmente elegido de no mediar la circunstancia de inauguración de este teatro con el nombre de Magaña. Sabemos que como directora es una verdadera maestra de transformismo para con los materiales, muchas veces mediocres, que le han sido encargados. Aunque oficio no hace milagros y más bien se puede maquillar medianamente cuando no se arremete directa y descaradamente con una cirugía de obra. De todas maneras vuelvo a decir que no he leído el original y por ende no estoy en condiciones de apreciar el grado de intervención que ha tenido la maestra Luna en la puesta de esta Santísima.

El montaje intenta el dinamismo: se recurre a distintos planos, se ingresa incluso a algunos personajes desde platea y abundan las escenas con canciones, despliegues coreográficos, alusiones y bromas que abarcan hasta las referencias mismas del propio teatro en tanto edificio casi histórico, como las espantosas pinturas del antiguo testero del templo, por ejemplo, con su heroísmo ramplón de indios con músculos en escorzos de historieta. Se agrega también la abundancia y el colorido del vestuario, el nutrido plantel de actores (sobre todo de actrices, ya que las pupilas del burdel son el coro natural y vistoso de la historia) e incluso la elección de algunos nombres reconocidos cuya presencia se advierte seguramente por el número de público que muy posiblemente asiste a un teatro todavía desconocido, en una zona no muy cómoda y en el estreno de una obra que ya seguramente tiene sus buenos años sobre todo para ver a sus actores gustados. Me estoy refiriendo a Alma Muriel, Ernesto Laguardia y Claudia Guzmán que forman la tercia central del espectáculo, aunque la actuación más interesante no esté en ellos sino en Alfredo Sevilla y Oscar Narváez, en dos papeles opuestos pero gustosamente representativos de un melodrama finisecular en esta evocación de una Santa que seguramente se basa en su más antigua y prestigiosa referente como lo fue la Naná de Zola.

Así, la niña seducida y pura se acerca al burdel fatal y realiza su consabida síntesis social pasando de la noche a la mañana (como es natural) de ingenua a puta, de pura a corrupta, de insignificante a diosa del placer, ávida de dinero y halagos que consume por igual a hombres, fortunas y champaña pero carece de amor hasta que, de traición en traición, termina en el fango del arroyo y en brazos de la muerte, mientras —con revolución o sin ella— los hombres continúan igualmente su loca y desenfrenada carrera de poder y corrupción, en donde Santa apenas ha sido una pequeña pieza del juego. ¿Qué tal? No me diga que esto no puede ser materia de algo sumamente interesante, sobre todo puesto como comedia musical. Pero la verdad es que no llega. Como obra hablan demasiado y como musical bailan y cantan muy poco con un vestuario vistoso, sí, pero que no está a la altura de un argumento como el narrado, que es la desmesura del lugar común. Es como para montarla al estilo Silvia Pinal y más, o callar para siempre (salvo que decidamos remedar a otros directores y puestas con más de una década en su haber). Y Socicultur no cuenta ni con esos fondos (menos después del festival) ni con esa grandeza de imaginación. Y esto, aunque haya sido encomendado a las manos de una directora como Martha Luna.

Muriel en Santísima, de Sergio Magaña, dirección Martha Luna, Teatro Sergio Magaña del Auditorio Roberto Amorós (Sor Juana Inés de la Cruz 114, Santa Ma. La Ribera); jueves y viernes (19:30); sábado (19:00) y domingo (18:00 horas).