FICHA TÉCNICA



Notas El autor comenta las características de los festivales de teatro en la región latinoamericana

Referencia Bruno Bert, “Pan y circo”, en Tiempo Libre, 18 julio 1991, p. 27.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Pan y circo

Bruno Bert

Estamos ya cerca del tiempo de Festivales. Y escribo la palabra así, con mayúsculas, porque siempre estos eventos se autodefinen de esa manera, como nuestro "gran" festival de la ciudad, por ejemplo. Pensar un festival en minúsculas es casi hacerlo inexistente, quitarle lo revulsivo que, al menos teóricamente, debe ser su eje constitutivo. Latinoamérica ha tenido su auge de festivales en las últimas décadas, sobre todo a partir de los sesenta, con Manizales como un eje representativo de autorreconocimiento continental al que posteriormente se le pudo agregar Caracas, nuestro Cervantino, el Festival Latino de Nueva York y un puñado más que no llegan a tener la relevancia de estos que hemos mencionado pero que sí son importantes regionalmente.

Alguien me preguntaba hace poco, ¿qué opina usted de los Festivales? Resulta difícil y peligroso asumirlos así, en abstracto porque los hay de todos los colores y formas, pero ante el mantenimiento de la pregunta podríamos bordear el tema.

En general, más que un espacio de encuentro es un lugar de visión, de contactos furtivos, de consumo y también de fetichismo. Naturalmente es importante porque destaca quienes son contra los que no son, los que se quedan afuera, los que no participan, los que no han sido invitados, y según el sesgo ideológico del encuentro se verá como capitalizar esta circunstancia. Casi siempre nacen bajo un signo progresista y van siendo carcomidos por los intereses creados a su alrededor a partir de los que económicamente lo hacen posible, hasta transformarse en escaparates selectivos al más puro estilo dedazo, ya que por algo se detenta el poder de seleccionar. Pero ciertamente se los puede ver desde muy distintos puntos de vista. Desde el espectador, por ejemplo.

Es claro que todo tipo de festival contiene a varias clases de espectadores; entre lo más importante está —casi por lógica— el público en general, que si por un lado puede ensanchar su horizonte sensible e intelectual, también muy habitualmente se vuelve consumidor de eventos internacionales, comprador desaforado de boletos de reventa para olvidarse del teatro al día siguiente del magno cierre. Pero también está el público especializado, es decir los mismos artistas locales que pueden de esta manera confrontar lo suyo con lo que viene de otras latitudes, aprender, revalorizarse, cambiar enfoques o inclusive colonizarse, según sea por un lado su idiosincrasia y por el otro el manejo del contexto hecho por los organizadores y la prensa. Pieza nada desdeñable esta última, por la capacidad crítica o la complacencia ideológica que emplee en cada caso, como también su grado de conocimiento o simple información que ayudará a un análisis serio o a sembrar simplemente la confusión. Habiendo festivales privados, estatales y mixtos, son muchas las combinaciones que en ellos podemos hacer niveles de intereses directamente políticos. Porque, obviamente, la función principal de un festival es de tipo político, o político cultural si así queremos llamarlo. Generalmente como forma de destacar una imagen que se desea proyectar en el ámbito nacional e internacional. Aquí entre nosotros resulta al menos llamativo la resolución de tener dos "grandes" festivales con menos de dos meses de diferencia entre uno y otro, con resultados que nos los muestran cada vez menos grandes y con mayores deficiencias, sobre todo en el área de la programación nacional que confrontado con lo externo suele hacer un papel bastante lamentable, preñado de las arbitrariedades que determinan presencias y ausencias por la divina gracia y notoria mediocridad del funcionario encargado.

Pero hablábamos de los festivales en general y no especialmente de los que ahora están cercanos. En lo personal prefiero los encuentros, los coloquios, las muestras, en fin, algo menos relacionado con la posibilidad directa de consumismo y el escaparate, pero es claro que ciertos festivales han tenido una gran importancia aunque prontamente declinaran o fueran altamente discutidos, no sólo en América, sino también en Europa, como los de Nancy o Avignón por ejemplo, que tuvieran directas consecuencias con los que pronto adquirieron notoriedad en nuestro propio continente. El problema es que en ellos, antes, durante y después de su realización, los artistas sean los sujetos del hecho y no los objetos manipulados, como sucede con la mayor de las frecuencias. Indudablemente estas reuniones permiten, al menos potencialmente, evitar los aislamientos, lo provinciano del pensar y las actitudes en una época de planteamientos globales, la posibilidad de conocimiento y alianza entre los mismos hacedores culturales y a partir de sus realidades y necesidades. Pero también puede significar un hecho colonizador aunque se los vista de paños morados, y hoy ni siguiera tanto porque se ha puesto de moda el teñido de los vestidos. En realidad, lo verdaderamente importante es cuanto pertenece el evento a los que en él participan localmente o cuanto les es ajeno en relación a su posibilidad de planeación e injerencia. Frente a esto último basta ubicar al poseedor y medir sus necesidades e intenciones, deseando, en el peor de los casos, que el pan sea al menos de buena harina y el circo suficientemente sangriento como para hacerlo atractivo.

Denise Stoklos presenta María Estuardo, Teatro Julio Jiménez Rueda (Avenida Juárez 154, Tabacalera); sábado 20 (19:00); domingo 21 (18:00); lunes 22y martes 23 de julio (20-00 horas). Fotografía de Isla Jay.