FICHA TÉCNICA



Título obra Margarita, sinfonía tropical

Autoría Alejandro Aura

Notas de autoría Basada en textos de Rubén Darío

Dirección Alejandro Aura

Elenco Wolf Ruvinski, Regina Orozco

Escenografía Carlos Aguirre

Iluminación Arturo Nava

Coreografía Cora Flores

Música Mario Kuri Aldana

Espacios teatrales Sala Miguel Covarrubias

Referencia Bruno Bert, “Deshojar la Margarita”, en Tiempo Libre, 27 junio 1991, p. 31.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Deshojar la margarita

Bruno Bert

Basado en textos de Rubén Darío, Alejandro Aura acaba de estrenar como autor y director, un espectáculo musical que recibe por nombre Margarita, sinfonía tropical, en la sala Miguel Covarrubias.

Tengo que confesar que Rubén Darío y el movimiento modernista en general, no hacen parte de mis pasiones aunque, obviamente, reconozca su importancia en las letras latinoamericanas. Y si una de sus características —y no la menores la exploración de las posibilidades rítmicas y musicales de nuestro idioma, no me parece absurdo que se haya utilizado un material de este tipo para transformarlo en espectáculo musical como el que estamos mencionando, al que se adjuntan además ciertas características formales que pueden tener coherencia con las preocupaciones estéticas de esta escuela, aunque se las maneje en forma muy libre y vinculadas a otras preocupaciones de puesta. Pero de todas maneras no vamos al teatro con una intención de tipo pedagógico, sino más bien a recrearnos, sobre todo con este tipo de propuestas, así que veamos qué tal va el trabajo por ese lado.

La escenografía (de Carlos Aguirre) se relaciona estrechamente con la iluminación (de Arturo Nava), ya que muchos de los efectos se logran a través de telones cuyas texturas y transparencias son dadas por la luz. A este nivel, el equipo funciona de forma muy coherente y buena parte de lo visual logra un interesante apoyo en estas áreas, con rescate de elementos populares, ingenuos y emparentados con las decoraciones tradicionales de la comedia musical de otras épocas. Aquí hay aciertos, aunque predomine un tono medio que se vincula eficazmente con la música de Mario Kuri Aldana, formando una unidad que se prolonga en las coreografías de Cora Flores. Todo está correcto, pero nada enciende la imaginación ni prolonga el ritmo hasta la platea. Algo bonito sucede sobre el escenario, pero allí se queda mientras uno pasea la vista y el oído por una superficie sin ripios, pero también sin fuego. Hay que ver que la obra casi no tiene un sostén anecdótico y el devenir de las estrofas cantadas sólo nos propone planos que van transcurriendo como postales encuadernadas con un cierto orden en donde resulta tan bella la primera como la última. Es como si hubiera mucho movimiento, pero en realidad muy pocas acciones. Y esto con el agravante de las voces: el eje fundamental es Wolf Ruvinski, pero al igual que casi todos los que cantan, apenas si se lo escucha, e incluso no parece que tuviera muy buena voz. A decir verdad, la única audible y gozable es Regina Orozco, que ocupa un lugar secundario en relación con la totalidad del espectáculo.

La orquesta (en vivo) sí arremete con brío, y con sólo ver dirigir al conductor (a veces la vista, un poco errátil, busca el foso de los músicos), notamos las ganas que le pone. Y así la voz humana, uno de los puntales, queda bastante secundarizada. Los bailarines, en general, se contagian de la energía que la música posee y también ellos invierten toda su fuerza y es agradable verlos en sus desplazamientos, mientras los demás accionan como imágenes exóticas un tanto estáticas, complementando cada cuadro. La historia es irrelevante, los textos de Darío (perdón, es pura opinión personal) también, las voces son deficientes y los cuadros son correctos pero... nada más. La labor de Alejandro Aura, como director de escena y creador del espectáculo, tiene el mismo nivel de prolijidad, con algunas ideas acertadas, con algunas imágenes atractivas, con cierto tono incluso desafiante (la aparición del Cristo, por ejemplo), pero todo no pasa de un pálido divertimiento no muy divertido por cierto. En realidad de él hemos visto cosas mejores y más llenas de vida, a pesar que esto rebose de una intención vital que termina quedándose entre los perfiles de las palmeras y los bellos atardeceres en un trópico que no nos alcanza.