FICHA TÉCNICA



Título obra Enemigo de clase

Autoría Nigel Williams

Dirección Benjamín Cann

Elenco Eduardo Palomo, Bruno Bichir, Roberto Sosa, Roberto Sosa, Darío Pie, Simón Guevara, Esteban Soberanis, Emilio Ebergenyi

Escenografía Enrique Montoya

Espacios teatrales Teatro Santa Catarina

Referencia Bruno Bert, “Al maestro ‘con cariño’”, en Tiempo Libre, 14 marzo 1991, p. 29.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Al maestro "con cariño"

Bruno Bert

Cuando hace tres años viéramos en la gruta una puesta de esta misma obra bajo la dirección de Francisco Escobedo, decíamos que necesariamente el plantel de actores debían ser elementos muy fogueados para que pudieran alcanzar los niveles de tensión o abandono que el texto propone. Benjamín Cann, responsable de este nuevo montaje, convoca a Eduardo Palomo, Bruno Bichir y Roberto Sosa como tres de los seis intérpretes, y es claro que con ellos no existe el inconveniente de la inexperiencia escénica.

Pero comencemos desde el principio. Nos estamos refiriendo a un espectáculo que acaba de estrenarse en el Teatro Santa Catarina de la UNAM, y que lleva por nombre Enemigo de clase, del inglés Nigel Williams. Fue estrenado en 1978, y causó conmoción bajo la puesta de Peter Stein cuando estuviera por aquí hace ya casi diez años. La anécdota es una especie de "espera a Godot", por parte de un grupo de seis alumnos de quinto año de secundaria (un equivalente al último año de la preparatoria) que se han atrincherado en su aula en un estilo de comportamiento (y posiblemente de vestuario), que en el 78 rememoraba inmediatamente a la corriente Punk.

La obra, por temática y tratamiento, se inscribe dentro de la corriente de los llamados "escritores iracundos", que mostrara su auge durante la década de los sesenta. El lenguaje resulta fundamental porque incluye la paradoja del intentar un camino de corrosión a sus propias estructuras tradicionales, y desciende hacia un argot mezclado de farfulleos, autoabarcándose en el cuestionamiento generalizado que estos seres hacen de todo su entorno. Esa cotidianidad de la palabra puede producir una imagen tramposa de fácil aferramiento para el actor, pero lo que en realidad solicita es una implantación muy firme de los textos y sonidos no en la estructura de la inteligencia, sino en la musculatura emocional de cada uno: palabra y gesto como una unidad en un estado de acosamiento. Ese rastrear sobre la superficie dolida del cuerpo hace aflorar todos los elementos culturales de base, adquiridos no ya en la escuela sino en el barrio y el grupo familiar, por lo que los clichés convencionales se indiferencian con los valores y comportamientos de esos jóvenes que parecen rechazar justamente cualquier elemento de este tipo: el alejamiento del concepto consciente y limitado de cultura no los salva de aquel bagaje —ciertamente cultural— que los ha formado y destilan a cada momento.

Cuanto más se quieren alejar del comportamiento ambiente, más claramente lo reflejan. Y éste es uno de los niveles más interesantes de lectura que tiene la obra; el reclamo del conocimiento como elemento liberador de las estructuras tradicionales de la cultura misma. ¿Cuál conocimiento? y ¿de quién?

La riqueza del material se halla también en esa mezcla de acidez e ingenuidad que permite extender la lectura mucho más allá de la anécdota sin anularla sin embargo, porque es claro que una de las líneas fundamentales de cuestionamiento es a las instituciones de educación. Pero el "conocimiento" que los muchachos buscan es de un orden mucho más radical y superior. La necesidad de un "maestro" (padre-profesor-gurú-mesías...). Es la urgencia por un camino que no visualizan, que les permita emigrar de esa tierra de nadie, donde todo es dolor y soledad en el marco de la familia, la escuela y los mismos compañeros, agrupados por la marginación y un sentido brutal de la solidaridad.

A nivel de puesta, Benjamín Cann maneja con habilidad el tiempo de violencia permanente que supone el trabajo dosificándolo y creándole canales de descarga a partir de focos secundarios; liberando la atención central que luego recupera con juegos de miradas o momentos de silencio, e incorpora incluso una semi vinculación con el público, que no pasa de ser un elemento de provocación que complementa el montaje, aunque resulta un tanto complaciente como recurso al que no se agota. Otro acierto es recurrir en la escenografía —de Enrique Montoya— al juego del adentro afuera (se invierte el valor de los espacios de un acto al otro) que resulta un correlato de la propuesta textual.

En el campo actoral destaca la labor de Eduardo Palomo en el rol del líder, con rasgos que posiblemente haya tomado de otro papel anterior (proveniente de Dulces compañías), refundiéndolos con algunos agregados. Pero lo que realmente importa en su trabajo es el uso de la energía con que maneja su cuerpo, y la forma en que ésta es dosificada. También la proposición de Bruno Bichir resulta atractiva, ya que como contra líder construye un opuesto complementario al trabajo de Palomo, con una interesante efectividad. Los demás actores —Roberto Sosa, Darío Pie, Simón Guevara, Esteban Soberanis y Emilio Ebergenyi—, ensamblan correctamente, aunque su desempeño no llega al nivel de los primeros.

Enemigo de clase, en esta adaptación del director, dura tres horas, lo que no es poco en el juego de tensiones con el público, pero nos brinda uno de los materiales más interesantes de lo que en estos momentos podemos encontrar en nuestras carteleras.

Eduardo Palomo en Enemigo de clase, de Nigel Williams, dirección Benjamín Cann, Teatro Santa Catarina (Plaza Santa Catarina 10, Coyoacán, 658-0560); miércoles a sábado (20:00); domingo (17:00 horas) Fotografías de Luis Fernando Moguel.