FICHA TÉCNICA



Título obra Orquesta de señoritas

Autoría Jean Anohuil

Dirección Ariel Blanco

Elenco Miguel Pizarro, Sergio Klainer, Roberto D'Amico, Abraham Stavans

Escenografía Ariel Blanco

Espacios teatrales Teatro Polyforum Cultural Siqueiros

Referencia Bruno Bert, “Señoritas afinadas”, en Tiempo Libre, 20 diciembre 1990, p. 31.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Señoritas afinadas

Bruno Bert

Jean Anouhil fue un autor contradictorio, ya que podemos encontrar dentro de su extensa producción tanto materiales de verdadero interés y profundidad, como otros superficiales y de un valor más circunstancial, imbricados en los estilos y gustos de su época. Sin embargo, es indudable que este escritor francés que comenzó su auge por los treinta, es un maestro en la elaboración de cuidadas estructuras y alguien que maneja con segura habilidad tramas, personajes y climas. Orquesta de señoritas data de 1947, pero recién fue estrenada en París en 1962, y a partir de entonces recorrió el mundo con mucho éxito en innumerables versiones, en las que generalmente son hombres los que toman el papel de las "señoritas" de la orquesta.

La obra se desarrolla en las postrimerías de la década de los cuarenta, en la inmediata posguerra, y si por un lado evoca realmente a las viejas orquestas constituidas por mujeres de un dudoso profesionalismo musical, por el otro hay un cociente evitar temas sociales directos (aunque se mencione la resistencia y se interprete un número patriótico) en un cierre hacia las pequeñas menudencias de lo cotidiano que dejan una sensación de derrota y frustración, llegando a lo social a través del símbolo mismo de esa orquesta y su público, decadente, trivial y al borde de la desaparición por suicidio o inconsistencia; panorama vigente y en contraste con el triunfalismo contradictorio de su momento histórico.

El hecho que pueda recurrirse a actores acentúa aún más el tono fársico y la acidez de la propuesta, permitiendo que el patetismo de esas figuras escape al melodrama, invite a la sonrisa y aún a la risa abierta, y nos distancie hacia construcciones que en algunos casos casi preanuncian el teatro del absurdo, como el papel de Hermelinda, por ejemplo, enraizada en un eterno monólogo con una pareja muda que jamás dice ni hace nada mientras ella deambula al borde del suicidio o el asesinato.

Pero justamente por todas estas características Orquesta de señoritas exige una mano muy afinada en la dirección y un asentado plantel de actores capaces de jugar los matices más sabrosos de la propuesta. Y esta acertada selección ha sido hallada en la puesta que ahora podemos gustar en el Poliforum bajo la dirección de Ariel Blanco con una muy interesante escenografía que transforma el espacio circular de esa sala en un Café Concert, con un pequeño escenario frontal precedido por mesas donde se distribuye parte del público.

El trabajo del director resulta excelente, pudiendo sólo criticársele un par de escenas que salen de contexto y provocan una cierta caída de ritmo que llega incluso a desorientar al espectador (como la previa al suicidio de Susana Delicia). Esos momentos de corte se producen posiblemente porque en ellos coinciden los puntos más débiles de la construcción de Anouhil con los elementos actorales de menor consistencia en el concierto del trabajo. Pero superados los mismos todo el resto es plenamente disfrutable, tanto en el sentido inmediato, provocador de una hilaridad a flor de piel, como en su aspecto más profundo, que el director y el elenco nos entregan con una gran habilidad, enmascarado dentro de la broma.

En el plano de las actuaciones, destaca la elaboración de Hortensia, la descomunal directora de la orquesta, interpretada por Sergio Klainer con una solidez admirable en una figura casi sin fisuras que uno puede gozar del principio al fin porque constantemente el actor es capaz de recrear detalles de la "recatada" y sensual matrona. En esto también contribuye el vestuario y la peluquería que aquí cubren una función muy importante y se vuelve una verdadera recreación, siempre al borde del exceso, pero sin caer nunca en lo grotesco. También son destacables las actuaciones de Roberto D'Amico, en la Hermelinda ya mencionada, y Abraham Stavans como Patricia, la que ha dedicado la vida "a su madre y a su arte", en un personaje donde el sadomasoquismo se contrapesa por igual. Sobre estos tres personajes que son los que ha privilegiado el autor en sus tiradas, se apoya el resto que, aunque no alcance el mismo nivel, resulta hábilmente homogeneizado por la dirección.

En definitiva, un trabajo de fin de temporada que seguramente reencontraremos en el 91, porque tiene tanto la gracia como la calidad que la hacen merecedora de una extensa presencia en nuestras carteleras.