FICHA TÉCNICA



Título obra Las bodas de Fígaro

Autoría Pierre Agustin Caron de Beaumarchais

Dirección Gonzalo Blanco

Espacios teatrales Anfiteatro Simón Bolívar

Referencia Bruno Bert, “Las bodas de Fígaro”, en Tiempo Libre, 13 diciembre 1990, p. 33.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Las bodas de Fígaro

Bruno Bert

Aventureros existieron en todas las épocas de la humanidad, pero es claro que ciertos momentos históricos son particularmente propicios para dar cabida a este tipo de inquietas personas, y la segunda mitad del siglo XVIII fue uno de ellos. En ese contexto de decadencia, iluminismo, proclamas y miseria nació y vivió Pierre Agustín Caron de Beumarchais (1732-1799), el autor de dos obras tan célebres como El barbero de Sevilla (1775) y Las bodas de Fígaro (1785) que Mozart reafirmara para la inmortalidad a dos años de su estreno como obra de teatro (1786) y que suele verse como preludio de la Revolución a la que precede en muy poco tiempo.

Beumarchais fue sobre todo un empresario de inversiones a veces disparatadas, pero que de todas maneras le permitieron acumular una considerable fortuna. Sus negocios recorrieron un espectro tan amplio como contradictorio y muchas veces estuvieron íntimamente vinculados con la política. Así, fue uno de los promotores de la revolución americana a la que proveyó de armas (que los liberados pagaron sólo después de cuarenta años de la muerte de nuestro polifacético personaje), se vinculó estrechamente al tráfico de esclavos para las colonias, fabricó papel, construyó carreteras y naves y hasta intentó una lotería en la que perdió un millón de francos. Pero también fue músico y perfeccionó el arpa, instrumento del cual fue maestro de las hijas de Luis XV e incluso incursionó en las leyes y fue administrador de justicia de alto rango, impositor de multas y penas de cárcel. En medio de este panorama de vocaciones y oficios tan encontrados, halló tiempo también para escribir, y obviamente no lo hizo mal ya que hoy seguimos recordándolo esencialmente por sus escritos, como estas Bodas de Fígaro que en su tiempo fue considerada como "La más bella comedia del mundo", y que ahora Gonzalo Blanco lleva a escena en el anfiteatro Simón Bolívar.

La obra describe, efectivamente, las relaciones entre señores y siervos, con raigambres de comedia del arte, escuela que en esos momentos veía sus últimos destellos, pronta a la desaparición. Y ciertamente hay algunos ácidos parlamentos en relación a la justicia y sus administradores; a la nobleza y la arbitrariedad de sus privilegios de nacimiento, con un fermento popular muy claro que explica el que haya sufrido prohibiciones en su momento. Sin embargo, no es, ala vista de un contemporáneo acostumbrado a las más diversas obras de barricada, algo tan fuerte como pudiera suponerse. Hay crítica sí, hay un ácido sentido del humor en relación a las clases sociales, pero también existe en ella un "espíritu de época" que si por un lado recoge la esencia de la revuelta cercana, por el otro cae también en las complacencias del lenguaje y relación que son propias del Siglo XVIII.

La puesta recurre a pápeles móviles que, desplazándose en el amplio escenario, nos van dando los "adentro" y "afuera" de cada una de las escenas; junto con las particiones del espacio en los cuartos y salones propuestos, teniendo además la ventaja de un cierto aire de "aparato escénico" (aunque claro que más humilde) muy al gusto del teatro de aquel entonces, muy influido por los recursos de la ópera. Y en ese sentido el director utiliza un movimiento de puesta amplificado y con una constante fársica, que nos dibuja un intermedio estilizado entre los montajes de la época y lo que hoy se acostumbra cuando se recurre a ellos, salpicando de referencias y preconocimientos las puestas modernas.

Respecto a ritmos, construcción de espacios y situación de montaje, estas Bodas de Fígaro resultan —a pesar de su lógica y extensa duración, amén de algunas deficiencias de vestuario— bastante ágiles e interesantes. Aunque no sucede lo mismo en el área actoral, ya que el numeroso elenco es francamente muy disparejo y si bien hay algunas presencias afortunadas, sobre todo en los roles principales, también existen muchos participantes que se acercan más al elemento amateur que a una capacitación profesional para la escena. Y esto tanto en lo que hace al uso de sus cuerpos como a la dicción, ya que ciertamente no resulta sencillo mantener con animoso interés parlamentos tan extensos como los de Beumarchais.

Es importante sin embargo haber traído a nuestros escenarios un trabajo que, como se dice en el programa, es mucho más conocido a través de Mozart que del original teatral que hoy podemos apreciar y a pesar de sus debilidades, el punto de los aciertos hace que (si nos interesa ese tipo de teatro), no nos arrepintamos de acercarnos como espectadores a la intriga de las fiestas.