FICHA TÉCNICA



Título obra Las evidencias de la noche

Notas de Título Basada en La mandrágora de Nicolás Maquiavelo

Dirección Martín Acosta y José Enrique Gorlero

Elenco Fernando Curiel, Irma Plancarte, Sergio López, Carlos Cabral, Carmen Torres, Víctor Belmont, Rosa Marta Pontón

Escenografía Arturo Nava

Espacios teatrales Terraza de la Casa del Lago

Referencia Bruno Bert, “Las evidencias de la noche”, en Tiempo Libre, 29 noviembre 1990, p. 31.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Las evidencias de la noche

Bruno Bert

Con este sugestivo nombre y en el patio externo de la Casa del Lago, Martín Acosta y José Enrique Gorlero acaban de estrenar una particular adaptación de La Mandrágora, de Maquiavelo.

La versión que nos presentan se traslada de Florencia a Haití, en busca de la planta afrodisíaca y Milagrosa, lo que les permite implicar un viaje a partir de la sugestión escenográfica de Arturo Nava, que construye una torre metálica en varios planos, desplazable detrás de la barda que separa el patio de lago propiamente dicho. De esta forma, el público queda ubicado de frente a las aguas, oscuras naturalmente por la noche, viendo la acción desplazarse en tres planos: el de esta maquinaria escénica que tanto funge como barco que como habitaciones de algunos de los personajes; la baranda misma y la parte delantera del patio, en donde suceden la mayoría de los actos. También los tiempos están alterados, ya que los vestuarios corresponden más bien a una imagen finisecular con algunas reminiscencias Visconteanas en personajes como el niño, bastante cercano en intención y figura al Tazio de Muerte en Venecia. Toda la obra conserva de Maquiavelo aquella intención satirizante de las costumbres, pero pierde la aspereza de las cortes refinadas y sin embargo rudas del renacimiento, para insertarse mucho más en un espacio victoriano, claro que desde una visión como la que podría haber tenido Wilde, por ejemplo. Por otra parte, en un contrapunto con el texto, los directores elaboran toda la serie de imágenes que apuntan hacia este fin, como la escena de la orgía final donde Sóstrata, la madre de Lucrecia, da indicaciones y consejos de comportamientos a su hija mientras los cuerpos hilvanan la múltiple complicidad del placer sin culpas.

Este texto e intenciones parecen recordar por momentos al Aretino, contemporáneo y coterráneo por otra parte de Maquiavelo, pero con una traducción extemporánea mucho más cercana por ejemplo A H. Mann. Y tal vez aquí lo que influye es la visión y sensibilidad de los directores, ya que estos climas han sido manejados anteriormente tanto por Gorlero como por Acosta, en alguno de sus montajes. Todo el trazo escénico recurre al humor con alguna que otra pincelada intencional de Comedia del Arte, y aunque esta no sea la línea fundamental de desarrollo, agiliza el trabajo, lo hace plenamente apetecibles y construye aquí y allá imágenes tal vez decadentistas pero de indudable belleza, manteniendo un ritmo sostenido apuntado por oportunos gags durante todo el transcurso del espectáculo.

En el área de actuación se notan desniveles bastante notorios, aunque la dirección logra afinar hacia el objetivo común estas voces tan disímiles entre sí. Fernando Curiel, el Tazio al que hacíamos referencia, tiene todo el encanto que la situación propone, en su pizca de seducción provocativa e intelectual, pero carece de técnica, por lo que su imagen decae sensiblemente cuando debe usar textos; Irma Plancarte, en el papel de Siro, tiene un interesante uso del cuerpo, con una gran expresividad en sus ojos, y es una de las que mayor recuerda a la comedia del arte, sin embargo la dosificación de estos instrumentos actorales no es pareja, lo que vuelve arrítmica su intervención, que posiblemente podría ser mucho más sólida y sostenida; Sergio López, en Calímaco, pone toda la energía de la que es capaz, pero no logra aún, a pesar de ciertos momentos afortunados, dar plenamente la intención que el personaje contiene; Carlos Cabral, como Nicias, es el pilar fundamental del espectáculo en cuanto a trabajo actoral se refiere, y es muy placentero verlo por su dominio del cuerpo y la voz, en este papel que históricamente se basa en algunos personajes de Terencio y la Comedia Latina; Carmen Torres tiene un buen manejo de su papel (es Sóstrata, la madre) y sirve como interesante contraparte a Cabral, aunque debiera tal vez trabajar un poco más los matices de su voz; Víctor Belmont, como el fraile, es ágil y con una fluída proposición, pero posiblemente su cuerpo merezca una preparación suplementaria para una mayor expansión en el espacio. Y por último Rosa Marta Pontón, como Lucrecia, es la que tal vez tenga menos oportunidades de lucimiento, tanto por el papel que lleva como por la necesidad de una mayor profundización de su trabajo actoral, no desentonado sin embargo en el contexto.

Es entonces la conjunción del material autoral y de dirección el que logra hacer de este conjunto disimil un material unitario, con toda una serie de aciertos gratos para la vista y el oído del espectador, que a pesar de lo fresco de la noche evidentemente siente pasar rápidamente el tiempo en un divertimento que no se queda sólo en eso, sino que entrega un interesante plus para el goce y la reflexión.