FICHA TÉCNICA



Título obra Corona de sangre

Autoría Luis G. Basurto

Dirección Wilebaldo López

Elenco Alejandro Camacho

Escenografía Félida Medina

Espacios teatrales Teatro Hidalgo

Referencia Bruno Bert, “Divina gracia del martirio”, en Tiempo Libre, 18 octubre 1990, p. 33.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Divina gracia del martirio

Bruno Bert

En el teatro Hidalgo, Wilebaldo López ha llevado a escena una de las obras que se hallan entre lo último producido por Luis G. Basurto, dramaturgo que falleciera hace sólo un par de meses. Se trata de Corona de sangre, y narra la vida del padre Pro, controvertida figura correspondiente a la época de la guerra cristera. Por supuesto no es de extrañar este tipo de temática dentro de la obra de Basurto, ya que la preocupación religiosa recorre casi todos sus trabajos; como ese Candidato de Dios, que se mantuviera en cartelera durante tanto tiempo hace apenas unos años atrás.

Esta "Vida, martirio y muerte del Padre Pro", es una especie de pieza didáctica en donde se intenta la exaltación de la figura de este sacerdote, elevado prácticamente a la posición de santo; y a la actitud combativa —pero no por la vía de las armas— de los feligreses católicos por una mayor incidencia política— social en México. Tema por otra parte completamente actual que se ha incentivado a partir de este gobierno y con la reciente visita papal. La obra nos va mostrando el desarrollo no tanto del pensamiento (que lo toma como completamente formado desde el comienzo), como de la actividad de Miguel Agustín Pro, su familia y el grupo social que lo rodeaba, y sus inmediatas contradicciones dentro de la guerra cristera, que él no apoyaba por su extremismo. De todas maneras son llamativas sus posiciones radicales, como esa repetida solicitud de la '"Divina gracia del martirio", que vendría a ser "una miel para los labios de Miguel", en función de los ideales sostenidos, que en la obra se muestran como de un socialismo sin Lenin ni Marx "que no supieron lo que es el amor"; incluyendo asimismo una leve crítica a la posición de ciertos obispos en aquel conflicto que asolara regiones enteras hacia finales de los veinte.

Vista hoy nos resulta como una mezcla de panfleto político (por lo ilustrativo, externo y directo en la propagación de determinados idearios) y relato piadoso como aquellos que en el medioevo tuvieron tanta vigencia a partir de las historias narradas por Santiago de la Vorágine en la Leyenda dorada, plenas de heroísmo, martirio y una cierta ingenuidad propia de la época, que no escondía, por otra parte, la intransigencia de sus posiciones a pesar del mensaje de tolerancia con que se revestía en lo externo. Claro que han pasado unos cuantos siglos y no deja de resultar curioso ver hoy revividos sobre un escenario aquellas comunicaciones directas con la divinidad y aquella llamada a la muerte, el dolor y la humillación como un dilecto regalo para el que las recibe.

La estructura escenográfica, a cargo de Félida Medina, recrea en sus líneas generales las sugerencias de una catedral gótica, a partir de módulos desplazables, que por cierto son muchos y ruidosos en sus repetidos cambios creando los ámbitos en donde se sucede la acción. La dirección no es precisamente muy creativa, sino más bien de ilustración, en donde las escenas culminantes se vuelven como ampulosas imágenes de cromo, y en donde existe una carencia real en el manejo no sólo del espacio sino también de los actores, que se sienten constantemente recitados y grandiolocuentes en los textos. Parte de este efecto se halla como intrínseco al libro, pero la otra posiblemente nace de ese tipo de marcación didáctica de la que hacíamos mención más arriba. Así, el numeroso elenco nos desgrana una letanía de interminables sucesos aleccionadores, con más componentes de transmisión de mensaje que intenciones de encarnar a los personajes. Alejandro Camacho, como el padre Pro, es particularmente proclive a esto de las tiradas heroicas, en donde su voz se vuelve proclama y su figura se hace casi alegórica, mientras que en las actitudes más confidenciales y cotidianas asume proposiciones actorales de mayor fuerza e interés.

Un homenaje, en definitiva, a Luis G. Basurto, que seguramente despertará encontradas opiniones tanto por su calidad artística como por sus planteamientos ideológicos.

Alejandro Camacho en Corona de sangre, de Luis G. Basurto, dirección Wilebaldo López, Teatro Hidalgo (Avenida Hidalgo 23, Centro, 512-0810): martes a jueves (20:00); viernes y sábado (19:00y 21:30); domingo (17:00y 20:00 horas).