FICHA TÉCNICA



Título obra El retablo de El Dorado

Autoría José Sanchis Sinisterra

Dirección José Sanchis Sinisterra

Elenco Alejandro Aura, Ana Ofelia Murguía, Claudio Obregón

Escenografía Chac

Vestuario Chac

Espacios teatrales Teatro Juan Ruiz de Alarcón

Referencia Bruno Bert, “La conquista según chanfalla y chirinos”, en Tiempo Libre, 4 octubre 1990, p. 37.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

La conquista según Chanfalla y Chirinos

Bruno Bert

José Sanchís Sinisterra es un prolífico autor español cuya obra permaneció desconocida durante largo tiempo. Posiblemente el espectáculo que lo puso claramente en la atención pública fue ¡Ay Carmela! que estuvo a punto de ser presentado el año pasado entre nosotros dentro de la programación del Festival Cervantino. Sin embargo, eso no sucedió, y arribamos ahora a él mediante un montaje (también es director) de otra obra suya que acaba de realizar para la UNAM, en el Juan Ruiz de Alarcón. Se trata de El retablo de El Dorado, un interesante material sobre la Conquista, puesto en clave de comediante y con recuerdo directo de Cervantes.

Sinisterra toma el hecho teatral (en ¡Ay, Carmela! hace lo mismo, dentro de otra tónica, para referirse a la Guerra Civil Española) como eje conductor y narrativo; aquellas compañías itinerantes del Siglo de Oro que recorrían con sus carromatos las plazas de los pueblos cantando hazañas similares a las narradas en los viejos libros de caballería. Y el ensamble es directo, ya que los protagonistas son justamente dos personajes de los entremeses de Cervantes: aquel Chanfalla y aquella Chirinos que desenfadadamente estafaran a la gente a partir de sus propios prejuicios en El retablo de las maravillas. Tenemos entonces como narradores a dos seres acaballados entre la realidad y la fantasía; a dos personajes nacidos de una obra de teatro que van a hacer teatro para nosotros dentro de la mejor línea de la picaresca española. Y por otro lado y junto con ellos, tenemos a un viejo conquistador (bueno, apenas a un oscuro soldado de la Conquista, prendido a las mil quimeras de América y tullido de medio cuerpo), que vivió las aventuras que ahora se nos narran en su vejez y que resulta pariente directo de Don Quijote, en su atuendo, en sus achaques y en esa mezcla de ficción, miseria y heroísmo que fue la conquista de América, acompañado a su vez por una indígena -Doña Sombra- de nombre y figura claramente simbólicos.

El escenario es una plaza donde se detiene el carromato de esos cuatro seres, en medio de los ecos fantasmales de un auto de fe que está por realizarse. Sólo ellos se nos presentan visiblemente, pero todo el juego de tiempos y clases sociales que evocan, multiplican las sugerencias e incluyen a la sala y a los mismos espectadores. La obra transcurre en alguna región de España, de aquella España de los Austria, con el sabroso y a veces alambicado e incomprensible lenguaje popular de entonces; y la visión que de las hazañas americanas se da es una imagen naturalmente española, pero crítica y posiblemente irritativa para el público peninsular que no reencuentra en ella nada de lo que se compromete en la visión oficial de la historia.

También para nosotros, americanos, la construcción es bastante desafiante, porque tampoco se embandera con la visión contraria a la hispana, sino que intenta -eso sí, con una clara simpatía por los que fueron vencidos- equilibrar sombras y luces y, por sobre todo, subrayar aquello que aconteció hace ya mucho tiempo. Y es allí donde la influencia cervantina es más fuerte, porque también el Quijote se mostraba como una visión anacrónica del mundo en tiempos de su primera publicación. El caballero andante era una imagen viva de un tiempo que ya había pasado, y de una sociedad que debía superar los traumas de un tiempo ido para sintetizar una nueva realidad. Esa misma que Sinisterra propone para las relaciones entre España y América en el umbral del siglo XXI.

El recurso escénico de la narración es sumamente interesante, como también la labor de los actores. Tal vez hay una cierta desmesura en el texto –muy propio Sinisterra- que nos pediría un recorte en el libreto original, ya que tres horas son muchas en un escenario, en épocas como las actuales. Una intención excesivamente amplia de la que el mismo autor es consciente, ya que en la obra dentro de la obra el viejo guerrero se la pasa podando escenas y quitando situaciones, lo que no logra, sin embargo, en lo global del trabajo, aligerar el producto final. Fuera de esto, lo restante está lleno de hallazgos y es particularmente atractiva la participación de Chanfalla y Chirinos, es decir, Alejandro Aura y Ana Ofelia Murguía, con una capacidad histriónica y un sentido del ritmo verdaderamente ágil. Claudio Obregón, como el conquistador, se muestra sólido en su desempeño, aunque secundando a la pareja de comediantes. Merece por último un punto de elogio el ingenio de Chac en lo que hace a escenografía y vestuario, por las múltiples utilidades de esa carreta multifacética, mezcla de ingenuidad e ironía.

En definitiva, un producto un poco extenso, sí, pero que vale la pena compartir.

Alejandro Aura y Ana Ofelia Murguía en El retablo de El Dorado, autor y director José Sanchís, Teatro Juan Ruiz de Alarcón (Insurgentes Sur 3000, Centro Cultural Universitario, 665-1344); jueves y viernes (20:30); sábado (19:00) y domingo (18:00 horas). Fotografías de Luis Fernando MogueL.