FICHA TÉCNICA



Título obra El dandy del Hotel Savoy

Notas de Título Basada en El alma del hombre bajo el socialismo, de Óscar Wilde

Autoría Carlos Olmos

Dirección Carlos Téllez

Elenco Arturo Beristáin, Alejandro Tomassi

Espacios teatrales Foro Sor Juana Inés de la Cruz

Referencia Bruno Bert, “¡...Ah, esos hoteles de cinco estrellas!”, en Tiempo Libre, 27 septiembre 1989, p. 33.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

¡...Ah, esos hoteles de cinco estrellas!

Bruno Bert

El arco de esplendor de Oscar Wilde fue extraordinariamente breve, pero indudablemente intenso. Hace un siglo apenas, comenzaba su serie de éxitos que habría de llevarlo a un lugar destacado de esa sociedad que sólo cinco años después lo lanzaría desde la cúspide y el halago al abismo de la cárcel, acusándolo de perversión sexual, con una condena de dos años a trabajos forzados que habría de desintegrarlo física, económica y espiritualmente.

A su salida, en 1897, deja Inglaterra y muere en Francia tres años más tarde sin haber podido sobreponerse a los hechos. F. Harris describe con detalles esta etapa en una documentada biografía cuyos datos extrae a partir de su amistad personal con el escritor irlandés.

El drama de Wilde ha dado pie a múltiples libros, películas y puestas en escena, a las que se une ahora El Dandy del Savoy, de Carlos Olmos, que bajo la dirección de Carlos Téllez se presenta en el foro Sor Juana de la UNAM.

El material está vertebrado a partir de la prisión, con imágenes retrospectivas de la vida, las relaciones y el juicio. Esto hace que el espacio esté diseñado por Humberto Figueroa sobre la presencia de un enorme montacarga que ocupa todo el foro, elevándose o bajando en los distintos niveles donde también se encuentra el público. La pared frontal, a su vez, se cubre también de paneles metálicos corredizos, que nos permiten escenas de interiores. La concepción e imagen escenográfica que ocupa todo el ámbito e incluso casi integra a los espectadores a la acción, resulta interesante, con mucho de ingenio y bastante de habilidad. Si la consideramos a priori de su uso.

Sin embargo, este absoluto predominio del metal (no recuerdo ningún objeto que no sea de varilla, hierro o alambre), con sus oscilaciones, gran tamaño y una cierta torpeza de movimiento, termina jugando no en favor sino en contra del espectáculo, imponiéndose por encima de las necesidades de la obra misma, que por momentos pide otros espacios y otros climas, menos aplastantes y paquidérmicos. Aquí la escenografía pasa tan a primer plano todo el tiempo que lo restante aparece como subordinado a ella. Y digo escenografía y no clima de cárcel, no sombra premonitoria, porque si bien esa debe ser la intención, lo que se nos impone hasta la molestia es esa enorme estructura metálica y no lo que la misma debe sugerir. Aquí el artificio vence su función hasta llegar a irritar (no a angustiar) por su presencia.

Una buena idea que se perdió en la desmesura.

Los textos creados por Carlos Olmos se dirigen naturalmente hacia el rescate de la imagen de Wilde, por sobre la hipócrita sociedad de su entorno, jugando con las contradicciones de su personalidad literaria y privada. Pero hacia la segunda parte potencia de tal modo los escritos sobre la igualdad y el socialismo que Wilde compusiera, que casi parece que el escritor cobra una posición de luchador político, cuando en realidad su incidencia crítica siempre se basó en el resquicio que las clases altas permitían para la ironía y la burla sobre su propio sistema de vida. Wilde se mofaba de los burgueses con una amoralidad aristocrática y para nada revolucionaria. Su esteticismo preciosista, su decadentismo refinado, nada tenía que ver con la revolución y su ideario de igualdad entre clases, por más que los párrafos mencionados se hallen realmente en El alma del hombre bajo el socialismo. Wilde es la ambigüedad moral de su época llevada a los extremos. No es sólo un intento de libertad sexual, sino también la degradación moral inserta en la prostitución, en donde el rico escritor compraba carne joven proveniendo justamente del proletariado, al que usaba y descartaba luego de costosas cenas con champaña. La sociedad victoriana no lo condena por lo que hace —ya que en su clase más o menos todos hacían lo mismo—, sino por cómo lo hace, queriendo volver casi como virtudes públicas sus vicios privados (y valga la analogía textual con otra famosa película sobre un tema similar). El talento de Wilde es innegable; la ferocidad hipócrita de su medio también, pero sus limitaciones éticas y estéticas tampoco puede ocultarse. Carlos Olmos recorre con prudencia buena parte del camino, pero termina cayendo en la tentación de idealizar la figura del famoso Dandy.

A niveles de puesta, Carlos Téllez maneja con habilidad los espacios, pero en cambio lleva a los actores hacia una interpretación estridente y monocorde que elimina momentos que Olmos posiblemente concibiera en otro tono y circunstancia. Arturo Beristáin, como uno de los Wilde (hay un desdoblamiento de la imagen), es el que más directamente asume esta propuesta, por lo que su trabajo llega a ser tan chirriante como podría serlo el montacarga mencionado. Pero todos los demás siguen en mayor o menor medida esta línea, volviendo al trabajo como una declamación distanciada que casi no permite momento alguno de asimilación de propuestas emocionales, siendo que el drama se entrelaza con la destrucción y el dolor de un individuo.

En definitiva, una propuesta que apunta a muchos elementos de interés pero que realmente fragua pocos en el resultado global del espectáculo.