FICHA TÉCNICA



Título obra Atrapado sin salida

Notas de Título Basado en la novela de Ken Kesey

Autoría Dale Wasserman

Dirección Rubén Broido

Elenco Ricardo Cortés, Laura Zapata, Dino García

Escenografía Guillermo Gómez Mayorga

Espacios teatrales Teatro Julio Prieto

Referencia Bruno Bert, “Atrapado en la cinta”, en Tiempo Libre, 19 julio 1990, p. 37.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Atrapado en la cinta

Bruno Bert

Casi todos recordamos el filme protagonizado por Jack Nicholson, porque fue a través de él como esta obra, proveniente de la novela de Ken Kesey, se hizo famosa. Y no resulta fácil llevar al teatro aquello que tiene como referencia inmediata el cine, ya que éste, por las características mismas de su lenguaje, puede apelar a una serie de recursos —como son los primeros planos o una variación constante de ámbitos, por ejemplo— que difícilmente hallan su correlato en el escenario, para mantener las mismas sensaciones de ritmo e impacto.

Ahora, en el teatro Julio Prieto, Rubén Broido nos presenta una versión de Atrapado sin salida con Ricardo Cortés en el papel que ocupaba Nicholson en la pantalla.

El espacio que genera la escenografía de Guillermo Gómez Mayorga conserva lo esencial del planteo de obra: un ámbito intermedio entre el hospital y la cárcel, con líneas severas y ascéticas, sin concesiones melodramáticas. Allí se desarrolla la trama, que en el sentido estricto nos narra el funcionamiento de una casa de salud, que claramente destruye a los que tienen la desgracia de caer entre sus paredes; y que en el sentido más amplio representa un fresco de nuestra propia sociedad, con su autoritarismo disfrazado de democracia, en donde la enfermedad está instalada en la dirección misma del sistema que impone coercitivamente sus reglas. El orden sustituye a la libertad y finalmente no es más que la sumisión a dictados profundamente ajenos a la vida. El estado ideal es el sometimiento y la lobotomía, es decir la extirpación de la capacidad de pensar y reaccionar, es lo que espera a los que se opongan. La droga, la regresión, el sentido de la culpa, la inhibición del deseo, no son más que armas previas usadas constantemente para el mantenimiento del régimen que pretende para sí ser adalid de la salud. El panorama es, por supuesto, desolador, y el espectador reencuentra, tanto en la película como en la obra de teatro, infinidad de lecturas convergentes a lo que sucede en su entorno, tanto dentro como fuera de este tipo de hospitales psiquiátricos. Pero en el plano propiamente teatral nos hallamos con la dificultad de la longitud del material, y la consecuente necesidad de un ritmo que haga soportable todo el arco de la obra. Aquella que el cine lograba con un rápido cambio de planos, aquí se vuelve un tanto monótono y casi pediría por parte de la dirección un ajuste de tiempos o una cierta podada de textos para abreviar, sintetizando, la obra original.

Laura Zapata asume el rol de la enfermera Sotelo, alma mater de esa trituradora de hombres, y es que en realidad se trata de la directora de ese ámbito. Siendo extraño verla en la obra sólo como enfermera, en cuanto que los mismos médicos parecen depender directamente de ella en sus decisiones. Su caracterización es correcta, generando una imagen casi impasible, con una leve sonrisa permanente en los labios, pero la manipulación de los pacientes aparece en forma demasiado obvia, sobre todo a partir de los textos, lo que quita en algo la ambigüedad del personaje, volviéndolo directamente maquiavélico, consciente constante de la trascendencia de sus actos, casi sin cobertura. Esto no beneficia a la obra porque personaliza demasiado, y se corre el riesgo de que el juicio crítico sobre la institución sea relativizado por la responsabilidad de un solo personaje. Lo que disminuirá el valor global de la lectura.

Como su oponente directo. En primer instancia tenemos que intentar distanciarnos de la imagen precursora que viéramos en cine, para poder apreciar con libertad esta nueva vertiente, no radicalmente diferente a la anterior, pero prismada desde otra personalidad actoral. Su trabajo también es convincente, aunque tal vez su personaje pida más agudos contrastes en los diversos momentos de la puesta, contradicciones y crisis reprimidas, pero por eso no menos percibibles por el espectador. Del equipo que los acompaña destaca la labor de Dino García, como Memo Méndez, el joven con tendencias suicidas, aunque sin desmerecimiento para el resto del elenco.

En definitiva, una puesta seria, encarada eficientemente, que recrea un tema de fuerte contenido social.