FICHA TÉCNICA



Título obra El verdadero Oeste

Autoría Sam Shepard

Dirección Angeles Castro Gurría

Elenco Juan Carlos Colombo

Espacios teatrales Teatro Casa de la Paz

Referencia Bruno Bert, “Tirso de Mendoza / Ángeles Shepard”, en Tiempo Libre, 5 julio 1990, p. 37.




Título obra La desconfianza

Autoría Tirso de Molina

Dirección Héctor Mendoza

Elenco Hernán Mendoza, Dora Cordero

Escenografía Tolita Figueroa

Espacios teatrales Teatro Helénico

Referencia Bruno Bert, “Tirso de Mendoza / Ángeles Shepard”, en Tiempo Libre, 5 julio 1990, p. 37.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Tirso de Mendoza / Ángeles Shepard

Bruno Bert

Con algunos espectáculos, uno se sienta frente a la máquina y se pregunta sobre qué escribir. Ante La desconfianza, la obra de Héctor Mendoza dirigida por si mismo, que acaba de estrenarse en el Teatro Helénico, más bien habría que preguntar por dónde empezar. Tal es la riqueza de propuestas y provocaciones que contiene. Tanto en el plano formal como en el conceptual, en la obra escrita como en el montaje, Mendoza desborda ideas que se hacen como muy atractivas y que, afortunadamente, encuentran un buen correlato entre sí. Forma y contenido, elementos no disociables, hallan aquí una interesante unidad estructural.

Lo narrado tiene reminiscencias medievales que se ramifican entre los apólogos tan al gusto de la época; las construcciones ingenuas creadas por Santiago de la Vorágine en su Leyenda dorada, conteniendo la vida de los santos; en los cuentos circulares del oriente medio y en las formas que a veces se presentan en Las mil y una noches. Todo este conjunto hilado temáticamente luego por Tirso y reprismado modernamente por Mendoza con un sentido del humor que no excluye la profundidad de pensamiento ni los toques "Borgeanos", pero que se aleja inteligentemente de cualquier engolamiento. Y con la presencia constante del teatro como arma narrativa abierta, con unos recursos que gratifican al público por lo que de lúdico contienen.

La historia, por supuesto, permite diversas lecturas, pero una de ellas podría ser el recorrido entre la infancia y la madurez del hombre. La obra se abre sobre una imagen de la Torre de Babel, construcción que desintegra la unidad originaria y que dispersa a los seres por los caminos del mundo, después de la soberbia de haber querido escalar los cielos. La infancia de su pensamiento es la búsqueda directa de ese Dios dispersante y ajeno, capaz de premiar y condenar; la apetencia de absoluto que contiene el hombre en ideas que lo enajenan fuera de nosotros mismos, encarnado en la imagen de la divinidad. Un mundo multicultural poblado de santos y demonios, de vírgenes y milagros, donde los monjes levitan hasta quedar pegados a los techos y los tesoros se encuentran en el fondo de las grutas, a partir de mapas y piratas.

Luego viene la adolescencia, la etapa de transgresión, de amor apasionado, donde la desconfianza en sí y en el otro conduce a todos los excesos y a un deseo infinito de posesión. Y finalmente, sobre la crisis de todos estos valores, sobreviene la síntesis, en que se descubre que los opuestos se anulan entre sí, como partículas de materia y antimateria, y el hombre puede asumir la libertad, y también la soledad, en una nueva etapa de búsqueda, que recoge la fertilidad de los orígenes, pero ahora desde otra perspectiva. Claro que todo esto se sustenta en una situación anecdótica, que tiene como básicos protagonistas a tres concepciones distintas de la "santidad", y entrecomillo la palabra para darle un sentido más amplio que el únicamente cristiano o incluso religioso. Estas concepciones encarnan en personajes que entrecruzan sus vidas, tejiendo ese camino de unidad a partir de uno -Pafnuncio- que es el-que recorre la totalidad del camino y tendrá un "después" que trasciende el momento escénico.

A esta riqueza de lectura conceptual le corresponde, decíamos al principio, un análogo despliegue de recursos expresivos, prismados todos ellos desde la clara aceptación del teatro como vehiculizador de historias. Por momentos podemos sentirnos en un plaza medieval donde un conjunto de juglares narran los milagros acontecidos a un santo, utilizando cartelas iluminadas con las distintas escenas aleccionadoras. Pero todo el lenguaje escénico, aunque hace distintas referencias a momentos y técnicas de la historia del teatro, tiene permanentemente un sabor contemporáneo y un humor que es propio de Héctor Mendoza. Indudablemente las escenas de Santa Oria, con sus tres vírgenes aparecidas, son las que se llevan las palmas en cuanto a efectividad, tanto en lo visual como en el manejo de los textos, siempre desacralizantes y ambiguos.

Tal vez el trabajo de los actores, en general, esté por debajo de la creatividad del autor y director, e incluso de la imaginación de Tolita Figueroa que ha fungido como escenógrafa, pero de todas maneras resulta suficiente para transmitirnos estos "cuentos" destinados a aleccionarnos mientras nos hacen reír.

Posiblemente si tomamos a La desconfianza desde un resultado global podemos encontrar fisuras que debilitan el trabajo, pero es tan sabroso en brotes imaginativos que se perdona todo lo demás.

La acción transcurre en un pueblo, posiblemente de tipo residencial, que suponemos al borde de un desierto, en algún lugar de Estados Unidos. Los protagonistas son dos hermanos e incidentalmente, la madre y un productor de cine. Tres elementos interesantes que se reiteran dentro de la producción de Shepard y que volvemos a encontrar aquí, en El verdadero oeste, que acaba de montar Ángeles Castro Gurría en el Teatro Casa de la Paz. Estos elementos de- los que hablamos son la familia, como núcleo de añoranza y conflicto; la tierra o el pueblo originario, en contraposición con la ciudad despersonalizadora, y el sentido de personaje (en este caso introducido por el productor y el hecho que uno de los hermanos sea guionista) como un juego especular en confrontación con la "persona", en un debate de identidades que encastra con los otros dos puntos que acabamos de mencionar.

A una estética y narrativa esencialmente naturalista que corresponde a toda una corriente del teatro norteamericano, Sam Shepard (al que incluso se le ha llamado "heredero de Tenesse Williams") responde asumiendo esa tendencia pero haciéndola estallar en su interior con un sistema que para el espectador puede incluso resultar irritativo.

Hernán Mendoza y Dora Cordero en La desconfianza, espectáculo de Héctor Mendoza, basado en la obra de Tirso de Molina, Teatro Helénico (Avenida Revolución 1500, San Angel, 550-2722); jueves y viernes (20:30); sábado (19:00) y domingo (18:00 horas).

Juan Carlos Colombo en El verdadero Oeste, de Sam Shepard, dirección Angeles Castro, Teatro Casa de la Paz (Cozumel 33, Roma, 286-5315); jueves y viernes (20:30); sábado y domingo (19:00 horas) Fotografías de Luis Fernando Moguel