FICHA TÉCNICA



Título obra Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín

Autoría Federico García Lorca

Dirección Juan José Barreiro

Grupos y compañías Taller de Teatro y los Artefactos

Espacios teatrales Teatro Casa del Lago

Referencia Bruno Bert, “Amor, amor, entre mis muslos cerrados nada como un pez el sol”, en Tiempo Libre, 21 junio 1990, p. 31.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Amor, amor, entre mis muslos cerrados nada como un pez el sol

Bruno Bert

Se trata de una de las obras de cámara de Federico García Lorca, que él mismo define como un "aleluya erótica en cuatro cuadros y un prólogo". De breve extensión, Lorca volvió sobre ella varias veces, y había pensado llevarla a un trabajo de mayor aliento. Fue escrita, al menos en su versión original, hacia 1921, es decir, cuando el autor contaba con sólo 23 años, y tiene una clara raíz de procedencia guiñolesca. A pesar de ser considerada una obra menor, es interesante el trazo muy limpio con que se diseña a los personajes y está impregnada de un lirismo trágico muy característico del poeta granadino. Va acompañada por tramos musicales que se indican como de Scarlatti, y la canción de Belisa con su "Amor, amor, entre mis muslos cerrados nada como un pez el sol" es particularmente grata.

Ahora ha sido montada con muñecos por el Taller de Teatro y los artefactos, en la sala de música anexa a la Casa del Lago. El grupo maneja en abierto, es decir sin ocultación de los manipuladores, a una serie de muñecos y accesorios indudablemente bellos, justamente porque no caen en la concesión de una estética simplista, sino que elaboran su puesta con diversos materiales a un cierto grado agresivos, que dan densidad y sentido al trabajo. Marcolfa, la mucama, es una escultura en madera, de medio cuerpo, sin brazos, que va acompañada por dos varillas a las que se le acoplan pequeñas manos. Don Perlimplín es un muñeco de guante, de cuerpo entero, de sabor dieciochesco como lo pide Lorca, y Belisa es un títere de varilla, de mayor tamaño y muy sugestiva factura, mientras que su madre es apenas un rostro esbozado en un abanico que se abre y cierra al vaivén del diálogo. Los escenarios, sugerentes, casi abstractos en muchos casos, se ubican y desplazan de la escena a la vista del público, que en todos los casos puede apreciar al muñeco sin dejar de ver el rostro que articula la voz del personaje, ya que los titiriteros no llevan el tradicional ropaje negro que por ejemplo se maneja en el Bunraku japonés.

También aquí la música y el canto acompañan tramos del montaje cargándolo de clima. Tal vez lo único extraño es que esté presentado como para niños (aunque se incluya también a los mayores entre los posibles asistentes) ya que de ninguna manera se trata de un trabajo destinado a ellos, ni por su factura ni por su contenido, y en la función presenciada fue evidente el desconcierto de los más pequeños que no lograban apropiarse desde ninguna perspectiva del material, aunque mantuvieran un respetuoso silencio.

La anécdota es demasiado compleja como para que un niño la capte. Don Perlimplín, un cincuentón que no ha conocido mujer en toda su vida, es casado por su mucama que teme morir y dejarlo solo con la joven Belisa. Él, todo espíritu y ella todo cuerpo, con un insaciable deseo sensual que bien se expresa en la canción antes mencionada. La noche de bodas Belisa recibe a cinco amantes en la alcoba nupcial, que coronan al viejo marido con una vistosa cornamenta dorada. Belisa se enamorará luego de un joven de capa roja al que nunca le ve el rostro, y Don Perlimplín apoyará este romance en contra de las normas y prejuicios de la gente y el llanto mismo de Marcolfa.

Finalmente, en una escena en donde la mujer espera a su amante en el jardín, el marido le anuncia que habrá de matarlo, se marcha y a poco aparece efectivamente el embozado herido de muerte, pero no es más que el mismo Don Perlimplín disfrazado, ya que el competidor ha sido creado por su propia fantasía, logrando el amor de Belisa a pesar que le cueste la vida. Cuerpo y alma se unen en el instante de la muerte. El trato dado por el grupo es directo, sustancioso (a pesar de cierta visible torpeza en la manipulación y manejo del espacio) con el cuerpo desnudo de la mujer y el sexo erecto por el deseo del asombrado Perlimplín. Pero es claro que cuando decimos que no es una obra para niños, no es por consideraciones morales sino porque la narración es demasiado elaborada y toda la elaboración que la rodea tiene un grado de sofisticación que hace necesaria una cierta madurez para poder apreciarla.

Un material propositivamente interesante dentro del área de títeres para adultos.