FICHA TÉCNICA



Título obra El gran teatro del mundo

Autoría Pedro Calderón de la Barca

Dirección Salvador Garcini

Escenografía Manuel Colunga

Espacios teatrales Teatro Juan Ruiz de Alarcón

Referencia Bruno Bert, “Un teatro fuera de época”, en Tiempo Libre, 5 abril 1989, p. 7.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Un teatro fuera de época

Bruno Bert

Uno de los elementos primordiales del autosacramental — que tuvo su apogeo en el siglo XVII— en su carácter alegórico. Nació haciendo parte de las fiestas del Corpus, en España y tuvo un interesante desarrollo hasta que terminó siendo prohibido (en 1765) por las derivaciones hacia la bufonería e irreverencia que había llegado a tomar. Se trataba esencialmente de una herramienta didáctica que se usó mucho en la contrarreforma para la propagación de la fe y contra la herejía. Así, los personajes tanto podían ser reales como simbólicos, y se hallaban en escena "El mundo", "La fe", "La caridad", etc, abstracciones que compensaban la necesaria importancia teórica de sus textos (con la consecuente relajación del entramado de acciones), con un fuerte aparato escénico y vistosísimos trajes.

Esto, que por momentos llegó a ser lo que en la época se llamó un "teatro de máquinas", tomó de la Italia barroca las grandilocuentes escenografías y artilugios mecánicos llegando a impresionar en España a tal grado que existe una interesante descripción de cierta función donde el cronista, tan fascinado estuvo por los efectos, que hasta olvidó dejarnos constancia del nombre de la obra de la que se estaba hablando.

A Calderón de la Barca (1600-1681) se le suele indicar como uno de los máximos cultores del autosacramental, que llega con él al apogeo tanto en cuanto perfección formal como una profundidad temática. De entre sus varios autos El gran teatro del mundo es uno de los más conocidos, y es el que eligió Salvador Garcini, y nos lo presenta en el teatro Juan Ruiz de Alarcón. La obra utiliza al teatro mismo como una alegoría de la vida, donde el autor es Dios, la escena el mundo y los hombres los actores que recitan el papel dado a cada uno por la divinidad. Iguales por esencia, nos dice, los hombres son distintos según los roles que le hayan sido deparados, y jugar bien su papel es su principal finalidad, ya que luego que la representación termine y todos queden nuevamente igualados por la mortaja de la muerte, el autor premiará o castigará según el desempeño que se haya tenido. El discurso, muy dentro del dogma, hoy nos suena un tanto ajeno, ya que por supuesto pone su acento en la inmovilidad social, con la consiguiente obediencia a las jerarquías que Dios ha tenido a bien establecer. Al final "el pobre", que ha sufrido toda su vida, se alegra de morir, y agradece al creador por su miseria, que le hace desear el tránsito que los demás personajes temen. Actitud por supuesto elogiada por quien encarna las virtudes de la religión.

El programa de mano nos habla de una variación de estas intenciones, pero en la puesta esto no resulta demasiado visible y más bien recibimos el mensaje originario, tal vez coherente dentro de su contexto histórico, pero bastante irritativo para nuestra sensibilidad contemporánea muy poco deseosa de aceptar tales ortodoxias ni en lo religioso ni en lo político. Las intenciones del director de resignificar lo planteado por Calderón sólo queda como una posibilidad a partir de un distanciamiento, en donde lo representado tenga una validez esencialmente artística. Cosa que resulta difícil en este caso por la puesta al día y estilización de los elementos usados en origen. El lenguaje escénico empleado nos resulta contemporáneo, incluso por la clara reminiscencia de las "máquinas" a las que se echa mano, lo mismo que el comportamiento de los personajes, vestuario, etc., cuando el entorno se actualiza es justamente para permitir también un Aggiornamento del texto que debiera cobrar pertinencia en nuestra contemporaneidad. Así pasa por Shakespeare, por ejemplo. Y, en efecto, él maneja ciertos conceptos que bien valen para nuestro hoy por debajo de los estilos y las formas. Sin embargo, los contenidos conceptuales de un autosacramental —al menos desde mi punto de vista— han perdido totalmente vigencia aun dentro de una amplia capa de creyentes que, naturalmente, ya no viven la religión desde la óptica un tanto oscura de los Felipes españoles, sino desde una posición posconciliar.

Tal vez un camino para gustar de aquellos autos sería el asombro que también hoy nos produciría aquella ingeniosa y un tanto ingenua forma de transmisión escénica que por entonces tenían allí, imagen y contenido hallarían una unidad de justificación histórica. Pero no es el camino elegido. Tanto Garcini como los actores y el escenógrafo —Manuel Colunga— desarrollan bien su trabajo desde el ángulo que eligieron. En éste, en todo caso, que me merece una cierta crítica, porque desde allí, el espectáculo en sí se vuelve pesado —las alegorías suelen serlo para nuestro gusto— mientras que su mensaje, a pesar de las aclaraciones, se nos hace completamente fuera de época.

Escena de El gran teatro del , de Pedro Calderón de la Barca, dirección Salvador Garcini, Teatro Juan Ruiz de Alarcón (Insurgentes Sur 3000, Centro Cultural Universitario, 655-1344); miércoles a viernes (20:30); sábado (19:00) y domingo (18:00 horas). Fotografías-de Luís Fernando Moguel.