FICHA TÉCNICA



Título obra Veracruz

Autoría Georges Lauvadant

Grupos y compañías Compañía Teatro Nacional Popular de Francia

Referencia Bruno Bert, “Un francés en Veracruz”, en Tiempo Libre, 8 marzo 1990.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Un francés en Veracruz

Bruno Bert

Son tres los espectáculos que hasta ahora hemos podido apreciar de Georges Lavaudant montados por él en México. El primero fue El Balcón, de Genet, dentro de la programación general del CET hace unos tres o cuatro años. Excelente trabajo que unía un cierto rigor en el tratamiento de ese autor con una fuerte creatividad y personalización en el montaje, mostrando el perfil del director en una puesta exuberante de imágenes. Luego, hará unos dos años, nos tocó Pawana, de Jean-Marie Le Clezio, esta vez sin colas y casi sin público, en el pequeño espacio de Santa Catarina. Una obra austera, casi insólita, y sin embargo con una gran fuerza que dimanaba simultáneamente del texto y la puesta. Ahora, nuevamente en El Galeón, nos ofrece Veracruz, con textos que le pertenecen, que por mantenerse en cartelera apenas una semana, una vez más ha convocado una gran cantidad de público.

Comenzamos a reconocer, a partir de esta frecuencia, algunas imágenes y algunos recursos que son propios de este director francés; pero, una vez más, logra sorprendernos, tanto por el talento con que maneja a su equipo como por la "audacia" de ciertas propuestas que si bien no resultan nuevas en otros ámbitos, al menos aquí no son frecuentes.

Por ejemplo, el primero de los dos momentos en que se encuentra dividido este trabajo: un larguísimo monólogo de alrededor de media hora, en una especie de ambiente de funeraria, a media luz, en donde prácticamente no hay acciones sino apenas alguno que otro desplazamiento por parte de los dos actores presentes, manejando un tono en sordina y desgranando una serie de recuerdos sobre un hermano que ha muerto y cuyo cuerpo oculto intuimos a un lado. Es el aparato de la memoria que revive, inventa, modifica: "un verdadero molino de palabras que tienen que salir... La sensación que si me callo, las palabras aguantadas se pudren en el interior de mi cuerpo y lo gangrenan. Nadie me escucha, me da igual..." Todo un aparato de soporte, por momentos incoherente, por momentos disgregante y reiterativo, que luego habrá de estrellar en la segunda parte a partir de las imágenes. Y no es que éstas sean en absoluto una ilustración de lo escuchado, más bien son el equivalente formal de esa oníria diurna. Una casi oposición total que se entrelaza integrando una unidad que no pretende un significado unívoco, sino que, más allá de lo que inspiraba a Lavaundant, permite un juego de apropiaciones a partir de la sensibilidad y la historia del propio espectador.

El director menciona, en el programa de mano, estas dos polaridades: la que surge a partir del trabajo de mesa y cuya base es la palabra, y la que nace de las improvisaciones de los actores, que está constituida por el espacio, los cuerpos y el movimiento: "colores que se superponen como en un cuadro".

Un creador experimentado con sus materiales, utilizando como aglutinador esos otros dos componentes que son el conocimiento y la pericia técnica, por un lado, y la subjetividad, los elementos profundamente personales que en el arte se vuelven sociales y colectivos, por el otro. En definitiva, el derecho a crear con una clara vertiente de madurez tanto en la combinación y el proceso como en los resultados finales. En este caso, a pesar de lo insólito de ciertos procedimientos, el público comparte y agradece. Tal vez por la cantidad de humor puesta en juego, por la desolemnización que tiende un puente a la posibilidad de compartir. Porque todo lo lúdico presupone a dos, salvo en los juegos solitarios, que generalmente son tristes y aburridos. Y éste no es el caso... en la segunda parte claro, donde jirones de ironía invaden permanentemente el escenario y se hacen cómplices con la sala. Viejas imágenes surrealistas, como aquella bailarina barbuda de Rene Clair, de los años veinte, encuentran aquí su correlato, junto con enanos comediantes o encarnadores de una razón absurda (y enana), o imágenes del vodevil o la comedia, hasta un final disolvente que se enlaza con el principio.

El equipo de actores en este caso no es mexicano, sino que lo compone el Théatre National Populaire (TNP), que se presenta por primera vez en nuestro país. A decir verdad todos tienen un excelente nivel, pero hay dos (que desgraciadamente no puedo identificar por sus nombres) que son simplemente extraordinarios: el que encarna el primer monólogo y el que hace el juego de la pistola. Ambos con una ductilidad verdaderamente magnífica.

No podemos decir, como comúnmente se hace, que la tercera oportunidad sea la vencida, porque las dos anteriores son irreprochables, pero indudablemente este es el mejor de los tres espectáculos que nos ha brindado Lavaudant.

Escenas de Veracruz, espectáculo de Georges Lauvadant, con la Compañía Teatro Nacional Popular de Francia (Fotografías de Luis Fernando Moguel.