FICHA TÉCNICA



Notas Semblanza de Óscar Liera con motivo de su fallecimiento

Referencia Bruno Bert, “Óscar Liera, jinete de los caminos solos”, en Tiempo Libre, 18 enero 1990, p. 41.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Óscar Liera, jinete de los caminos solos

Bruno Bert

Las últimas semanas —fines y principios de año— nos han traído, dentro del panorama teatral, desagradables noticias en relación a la muerte de importantes figuras en el panorama tanto internacional, con la pérdida de Samuel Beckett, como nacional en el caso de Óscar Liera, claro que el escritor irlandés superaba los ochenta años y podía hablarse de un ciclo cumplido, mientras que Liera había nacido en Culiacán, Sinaloa, en 1946 y se encontraba en pleno desarrollo, por lo que la pérdida que supone para nuestro teatro es considerablemente más injusta.

Como dice Simone de Beauvoir en una de sus obras: "Todos los hombres son mortales: pero para todos los hombres la muerte es un accidente y, aún si se la conoce y acepta, es una violencia indebida". Óscar Liera conoció y aceptó esa realidad en los últimos meses de su vida y respondió a ella con una entereza y una continuidad en su labor que hace que ese sabor de "violencia indebida" sea aún más acentuado. De todas maneras lo que importa en un individuo, a la hora de los balances finales, es el saldo positivo que socialmente pueda dejar, ese margen de vida que ya nadie puede quitarle porque será asumido por sus contemporáneos y quedará entrelazado con la historia de su hacer, en este caso del teatro, tanto a niveles regionales como nacionales.

Formado en la escuela teatral del INBA, en la UNAM y luego en Francia, posiblemente su labor más conocida es la de dramaturgo, ya que forma parte de la corriente que habitualmente se conoce como "nueva dramaturgia", en la que se hayan inscritos nombres como Óscar Villegas, Carlos Olmos, Wilebaldo López, Víctor Hugo Rascón Banda y otra decena de escritores que se dieron a conocer en forma más o menos simultánea, aunque sus edades oscilaran entre puntos bastante distintos del calendario. Se pueden contar —según una investigación que Fernando de Ita hiciera sobre este escritor— unas catorce obras por él reconocidas como propias, aunque parece que son unas cuantas más las que le pertenecen, algunas de ellas aún sin estrenar. La primera es Las Ubarry, de 1975, y la última, que estuvo en cartelera el año pasado, Los caminos solos, que data justamente de 1989. Entre ambas hay títulos como Las juramentaciones, La noña, El jinete de la divina providencia, El camino rojo a Sabaiba, Cúcara y mácara, Dulces compañías, etcétera. Algunas de las cuales marcan señales sensibles de su desarrollo y elementos conflictivos en el momento de su puesta. Como en el caso de Cúcara mácara que el 28 de julio de 1982 fuera interrumpida en su representación por un grupo de extrema derecha que al grito de "¡Guadalupanos!" subiera al escenario y la emprendiera a golpes con todo el elenco mandando a varios actores gravemente heridos al hospital. Nunca se supo, a pesar de las supuestas investigaciones que se realizaron, la identidad de los agresores. En contrapartida alguno de sus trabajos —como El camino rojo a Sabaiba, fueron premiados por la crítica como la mejor obra del año (87), o El jinete de la divina providencia, que recorrió el país y también salió al extranjero apoyada por una crítica de unánime elogio.

Óscar Liera, que trabajó también como actor con directores como Héctor Mendoza por ejemplo, fue un importante maestro habiendo fundado y dirigido el TATUAS, es decir, el Taller de Teatro de la Universidad Autónoma de Sinaloa en los primeros años de la década del ochenta, y su labor en este estado fue tan importante que es generalizada la opinión de que allí el teatro tiene un antes y un después de Óscar Liera, por la fuerza con que desarrolló esta actividad en provincia. Coincidiendo en esto con lo que declarara hace un par de años en relación a su idea sobre el hecho que las vanguardias y el verdadero teatro de experimentación se encontraba fuera del Distrito Federal en donde, según su opinión, prevalecía el teatro comercial. Su interés permanente en las temáticas de origen regional, en la historia de los personajes que constituyen el acervo de la provincia, en la lucha de los mismos por ideales de libertad, dan a su teatro un particular enfoque con una vena poética siempre presente en el tratamiento y que se resuelve a través del uso de los más diversos géneros, desde la farsa hasta el realismo más crudo e impactante, como el que desarrollara en Dulces compañías, visión esta vez de la sociedad defeña, que fuera el último montaje de otro gran maestro fallecido recientemente. Me refiero, por supuesto, a Julio Castillo.

Como director de sus propias obras puso en práctica sus particulares ideas de montaje y manejo de actores. Muchos, Alcaraz, entre otros, consideraban que era aún más importante como director que como autor, idea que en lo personal no comparto ya que me parecen mucho más ricas en sugerencias sus obras que sus puestas, aunque, naturalmente, respeto su tarea como director, sobre todo por su sentido del juego escénico y la movilidad que imprimía a la escenografía, eliminando todo tipo de estatismo decorativo.

Individuo esencialmente polémico, en frecuente conflicto con las instituciones y el Estado, creador constante y transformador crítico de la realidad a través de la multiplicidad de sus acciones, Oscar Liera es una presencia absolutamente viva que impregna al teatro de esa urgencia y esa honestidad sin noñeras tan necesarias de tener en cuenta por todos los que continuamos de este lado de la historia y del tiempo.

Ramón Barragán y Silvia Mariscal en El camino rojo a Sabaiba.