FICHA TÉCNICA



Título obra El coronel no tiene quien le escriba

Dirección Carlos Giménez

Grupos y compañías Grupo Rajatabla

Referencia Bruno Bert, “Resonancias teatrales. Primer Festival Ciudad de México”, en Tiempo Libre, 17 agosto 1989, pp. 35-36.




Título obra Dancing

Autoría Helder Costa

Dirección Helder Costa

Grupos y compañías Teatro Condal

Espacios teatrales Teatro Julio Castillo

Referencia Bruno Bert, “Resonancias teatrales. Primer Festival Ciudad de México”, en Tiempo Libre, 17 agosto 1989, pp. 35-36.




Título obra Sacco

Autoría Claudio Remondi y Riccardo Caporossi

Dirección Claudio Remondi y Riccardo Caporossi

Elenco Claudio Remondi, Riccardo Caporossi

Grupos y compañías Club Teatro de Roma

Referencia Bruno Bert, “Resonancias teatrales. Primer Festival Ciudad de México”, en Tiempo Libre, 17 agosto 1989, pp. 35-36.




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Referencia Electrónica


Teatro

Resonancias teatrales
Primer Festival Ciudad de México

Bruno Bert

En el transcurso de una accidentada segunda semana del Festival (hubo atrasos en dos grupos por cuestiones técnicas) son nuevamente tres los trabajos internacionales que nos ha tocado presenciar. Esta vez corresponde a Italia, España y Venezuela. Vamos directamente a ellos.

Club Teatro de Roma - Sacco

La compañía está compuesta por sólo dos artistas: Claudio Remondi y Riccardo Caporossi, que son a la vez autores, directores y actores de todos sus espectáculos.

El mayor de ellos, Claudio Remondi, proviene del teatro tradicional y a pesar que hace muchos años que se alejó de él conserva en sus gestos todo un acervo de la cómica italiana que lo emparenta a los viejos nombres (Toto, por ejemplo) que incluso hemos visto trabajar en cine hace décadas. Desde 1972 son responsables de la dirección del Club Teatro de Roma, con el que han participado en numerosos festivales europeos y en el que cuentan con un repertorio de más de veinte montajes. El que nos han traído es uno de los primeros, ya que fue estrenado en 1973, con lo que se da un caso no muy usual de permanencia en cartel de un trabajo durante tantos años. Se trata de Sacco, que podríamos traducir por Costal. Un factor importante a mencionar es que tanto este como sus demás espectáculos carecen de palabras... o casi.

Sacco nos plantea la relación entre torturador y torturado, entre victimario y víctima, para sacar la conclusión de una secreta y tal vez inconsciente alianza entre ambos para poder mutuamente realizarse en sus roles.

En un espacio carente de escenografía se distribuyen una serie de elementos de todos los tamaños, que constituyen las herramientas de una sala de torturas. Pero si bien algunos son convencionales (garrotes, látigos o puñales, por ejemplo) los otros parecen más bien fragmentos de algún no muy bien identificado taller, alejado de cualquier horror convencional. Es un lugar ordenado que pueblan una serie de "cosas" no presignificadas por su forma. A él arriba el torturador arrastrando un costal que contiene a su víctima. Pero ninguno de los dos se desliza por los carriles naturalistas. El torturador es algo así corno un invento franquesteniano, con sus dos pies en un yeso inverosímil, su torso encorsetado y su boca cerrada por un seguro. Pero sin vertientes hacia el terror ni al expresionismo, ya que hay una clara exclusión de elementos contrastadores en la iluminación que es plana y constante. Más bien durante todo el trabajo se muestra como un operario afanoso que desgrana todos sus recursos en forma pausada y sistemática, con un mucho de absurdo y otro tanto de inútil. La víctima durante la primera parte del espectáculo es invisible e informe, casi inmóvil a la oleada de agresiones. Luego va emergiendo como un viejo aniñado y en pañales, juguetón, que se fascina en un intento de regreso permanente a su propio destino de torturado o no nato, ya que la bolsa también puede ser placentaria.

El trabajo intenta ser semi participativo o de provocación (muy principios de los setentas) y el torturador manipula varias veces al público en una reafirmación tácita de su tesis de que la víctima es aliada del victimario en forma inconsciente. Y esto con resultados positivos para la misma, ya que los espectadores, riendo, se dejan manipular, subir y bajar arbitrariamente del escenario, le ayudan y se comen el "cerebro" de la víctima, que este les ofrece en forma de nuez. Todo concluye como comenzó y ambos se retiran de la misma forma que entraron, aunque ahora el costal sea otro.

El trabajo es frío, distanciado, reflexivo y a veces hasta reidero, para poder acercarse a un discurso que al menos en América Latina puede ser bastante discutible a pesar de las pruebas aportadas, ya que la lucha de muchos países contra sus torturadores y contra la cultura que hace posible ese sistema es un hecho innegable. Una estética que tiene sus años y una conceptualización interesante aunque polémica para este lado del mar.

Teatro Condal – España

Las imágenes de El baile, el film de Ettore Scola, están en la base e este espectáculo, ya que Helder Costa, su director y creador, se basó en él para hacer una adaptación muy libre al teatro y la historia portuguesa, dado que esa es su nacionalidad.

Esta segunda versión es algo ya mucho más aproximado a lo que hemos visto bajo el nombre de Dancing porque fue el material que reelaboró para España al ser invitado por el grupo catalán Teatro Condal en un trabajo de dirección. Se refundió entonces el guión en función de la historia española, especialmente barcelonesa, tomando desde la exposición internacional de 1929 hasta hoy, e incluso con proyección hacia las olimpíadas del 92.

Este trabajo, al igual que el que acabamos de comentar de los italianos, no hace uso de la palabra, pero en este caso se incorpora la música como un elemento permanente, ya que toda la narración está estructurada en un salón de baile y será a partir de las melodías y canciones, más los vestuarios y acciones, los que van determinando el paso del tiempo y los sucesos más relevantes que marcan esa sociedad durante los últimos sesenta años.

La escenografía avanza hasta la platea e incluso se confunde con ella y los espectadores más cercanos están ubicados en sillas, alrededor de mesas, como los propios actores, dejando libre sólo la pista, la barra del bar y la gran escalera que conduce hacia arriba, ya que se supone que nos encontramos en un sótano.

Habiendo anulado la palabra la complejidad de los elementos técnicos se vuelve fundamental, y así la gran cantidad de cambios de iluminación y la calidad de la partitura sonora [p. 36] que abarca decenas de piezas de todas las épocas son como el eje, siendo de admirar su eje, calidad, más la imaginación que en ellos se puso. Pero evidentemente es en el conjunto de los actores donde recae todo el peso del trabajo, y éstos no solo lo soportan airosos sino que lo recrean con un vigor y una solvencia que hace que las tres horas del espectáculo resulten cortas.

Son quince actores asumiendo un promedio de diez personajes cada uno, con más de doscientos trajes y una velocidad de cambio impresionante y siempre con una precisión que asombra y una frescura que atrapa. Indudablemente el trabajo de dirección es monumental y ha sabido imprimir no solamente un ritmo vertiginoso sino humor, ironía, no poca ternura por la historia que narra, que es la de todo un pueblo, y calidad. Cosa no fácil si pensamos además que no somos españoles y por ende carecemos de muchas pautas de identificación que para ellos resultan propias.

Podríamos tal vez marcar desniveles, por ejemplo entre la primera y segunda parte, en donde la primera resultaría favorecida por la densidad de la narración y lo compacto de las imágenes, frente a una segunda un tanto más complaciente, menos selectiva y un tanto superficial. Pero es indudable que el efecto total es de gran impacto y los resultados tanto artísticos como ideológicos son muy interesantes y de una gran belleza. Quince minutos de aplausos en una sala atiborrada coronan la presentación de este grupo español dentro del Festival de la Ciudad.

El Rajatabla de Venezuela

No sólo se trata del grupo más importante de su país sino también de uno de los más polémicos de nuestro continente. Fundado en 1971 y dirigido desde entonces por Carlos Giménez (un argentino aclimatado a Venezuela y dialogador a través de su grupo con todo el mundo) ha realizado toda una serie de montajes e investigaciones que le permiten estar siempre en un punto de interés –atacado y elogiado con igual intensidad- de la dramaturgia continental.

En esta oportunidad nos han traído una adaptación de la novela de García Márquez El coronel no tiene quien le escriba. El espacio se me acaba y debo ser breve: tres puntos a remarcar. Por un lado, la fluidez de la narración llevada al diálogo y al teatro, cosa realmente difícil con un autor como el mencionado, para no perder todos los elementos climáticos que éste maneja a partir del lenguaje descriptivo. Y aquí el Rajatabla lo logra.

Lo segundo es la estética de la representación, que trabaja esencialmente sobre el valor del espacio, sobre la resignificación simbólica de los personajes y el sentido del tiempo, en un ámbito de frustración y pobreza. Esto, que empieza con un poco de dureza, va fluidizándose con el correr del trabajo hasta ganar con su propuesta al público, en una visión de fuerte interrelación entre la estética y la ideología del trabajo.

Por último, la labor de los actores que sobre líneas tradicionales sin embargo van imponiendo una energía que sobrepasa los puntos de limitación y logran una transmisión muy fluida de ideas y sentimientos, con especial mención para José Tejera en el papel del coronel.

Un exponente muy sólido, contestatario y polémico de nuestro teatro latinoamericano, que también captó una larga ovación de parte del público, en su reconocimiento de identidades. Una semana intensa, con tres exponentes bien diferenciados entre sí, para enriquecimiento de perspectivas por parte de los que pudimos gustarlos.