FICHA TÉCNICA



Elenco Chela Jacobo

Notas Comentarios sobre las danzas colombianas con motivo del espectáculo privado que ofreció la bailarina Chela Jacobo en un club nocturno

Referencia Armando de Maria y Campos, “Las danzas colombianas de Chela Jacobo”, en Novedades, 1 febrero 1949.




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Novedades

Columna El Teatro

Las danzas colombianas de Chela Jacobo

Armando de Maria y Campos

En Chela Jacobo tiene Colombia una de las bailarinas características. El dominio del gesto, el alto sentido plástico; la exquisitez de la forma en que interpreta los aires de la tierra colombiana, hacen de esta joven bailarina –que se encuentra en México, aún sin actuar– una artista difícilmente superable, si se tiene en cuenta su esplendorosa juventud y la riqueza de su simpatía. La he visto actuar en una exhibición privada, para un club nocturno. No sé si se presentará en ese o en otro, o en algún escenario teatral, pero por lo que le vi hacer puedo asegurar que Chela Jacobo es la única danzarina colombiana auténtica de que tengo noticia. Le vi bailar los tres bailes típicos colombianos más característicos: la guabina, la cumbia y el bambuco.

La guabina es una danza peculiar de la zona fría de la cordillera colombiana, muy popular entre los habitantes de Boyacá y Cundinamarca, que bailan los "promeseros" que visitan los santuarios religiosos.

En la venta caminera, en las posadas de las veredas, se improvisa el baile y así puede notarse que el atavío de la danza es de peregrinos en viaje. La guabina tiene muchas veces acompañamiento de cantos, y por lo general, estos cantos son coplas improvisadas a las circunstancias locales o relatos de sucesos fantásticos.

El atavismo de la sangre negra que trajo con los esclavos de las minerías coloniales su mezcla al mestizaje colombiano, dejó en cambio de esta calamidad un aporte rítmico que a pesar de lo simple y primitivo posee gran fuerza emocional. El son selvático africano trasplantado a América se adaptó a las zonas litorales y allí arraigó en varias formas ritmoplásticas que todavía perduran, ligeramente modificadas por el uso.

En la cumbia, síntesis del grupo de bailes negroides, está latente el alma elemental del negro desterrado nostálgica y desadaptada, refugiada en su mundo instintivo sensual, que traslada por la magia del ritmo toda la jungla que resuena en el eco del tambor. El poeta negro describe:

"En el silencio de la selva
bate el tambor sacramental
y el negro baila poseído
por la gran bestia original".

Ahora es el vaivén marino que gobierna el aire de la danza, que mece la canción en las caderas de la hembra mulata y arrebata con su yodo y sus sales al perseguidor.

En el ambiente nocturno la antorcha evoca el fuego ritual de totem selvático y en el baile simboliza la pasión ardiente que mueve a los danzantes. Sensualidad, juego libre del instinto, la mujer es movida por la urgencia del deseo tan espontáneo y naturalmente como la palmera por la brisa marina. De la sombra surge como la voz ancestral de la raza la copla zalamera:

"Desamárrate Gabriela
tranca la pájara blanca,
muerde la cáscara verde
pero no apagues la vela".

En lo que más nos gustó Chela Jacobo fue en el bambuco. No existe para el campesino colombiano un poder evocador de su terruño más elocuente y entrañable que el aire de la tonada popular llamada bambuco.

La nostalgia casi visceral, la concreción íntegra del mundo efectivo que construye en el alma del hombre de la cordillera, del montañero colombiano el son cadencioso de este aire típico no puede ser comparado ni a la tierra "soidade" gallega ni al "Mal del país", formas elementales del sentimiento de ausencia que produce la patria lejana.

El bambuco es la esencia de lo popular colombiano. De todo su tipismo nacional: ninguna expresión más exacta del alma mestiza que estos acentos musicales, ingenuos, sencillos y castos. Porque la castidad es la virtud máxima del bambuco; el recato tímido de la muchacha campesina cantada por Eustasio Rivera:

"La gentil calentana vibradora y sumira,
de cabellos que huelen a florido arrayán,
cuando danza bambucos estridece la risa
y se alegra el murmullo de sus faldas de holán".

Los amores inocentes de las cogedoras de café, de los "chapoleras", como llaman en Colombia a las mozas recolectadoras del grano, las querellas del arriero de mulas, toda la vida sentimental de estas gentes sencillas está condensada en el bambuco, en el juego vivaz de sus pasos, en los alegres trajes, en la blanca alpargata que ciñe el pie agilísimo, en el brillo fugaz de los ojos que halagan y burlan simultáneamente, mientras parece insinuar la copla volandera:

"La caña quiere trapiche
y el trapiche quiere caña;
todos queremos amor
y el amor quiere su maña".