FICHA TÉCNICA



Título obra Sueño de una noche de verano

Autoría William Shakespeare

Dirección Nada Kokotovich

Elenco Rafael Cortez, Luisa Huertas

Espacios teatrales Espacio Escultórico del Centro Cultural Universitario

Referencia Bruno Bert, “Insomnio en el páramo. Sueño de una noche de verano”, en Tiempo Libre, 15 junio 1989, p. 41.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Insomnio en el páramo
Sueño de una noche de verano

Bruno Bert

El Espacio Escultórico que se encuentra en los terrenos universitarios, a unos cientos de metros del Centro Cultural, tiene características tan atractivas que es lógico que hasta Richard Schechner haya alguna vez pensado en utilizarlo para una experiencia teatral. Ahora, la directora yugoslava Nada Nokotovic ha desplazado hasta él a unas cuarenta personas, entre actores, músicos y bailarines, para una personal versión de Sueño de una noche de verano, la conocida obra de W. Shakespeare.

Naturalmente que las particulares características del espacio elegido hace que nos ocupemos de él en primera instancia al tratar de esta puesta.

Al público se lo reúne aproximadamente una cuadra antes, al borde de la calle, desde donde parte un sendero en medio de la vegetación y las rocas hacia el espacio propiamente dicho. Lo primero que llama la atención es que todo este tránsito, esta iniciación al espacio, no haya sido utilizada con intención teatral. Pero la extrañeza aumenta cuando al llegar al gran círculo dentado (creo que muy acertadamente se le llama "boca del diablo" o "del infierno") advertimos que tampoco allí hay tal propósito, y si bien unos grandes amplificadores dejan escuchar música, ésta no pasa de ser un fondo inocuo mientras la gente se forma en colas para ir entrando.

El tercer momento, la entrada entre los desniveles volcánicos hasta su centro, sigue con la misma tesitura, por lo que al ubicarnos allí advertimos que han sido perdidas tres grandes oportunidades de comunicación teatral con el ámbito y nos estamos comportando o como en un espacio convencional o como turistas en un circuito no muy bien organizado.

Una vez sentados (obviamente en forma muy incómoda si calculamos que el espectáculo dura más de dos horas largas) en un sitio que deja a nuestras espaldas a más de la mitad del lugar, de frente a la parte más plana del Espacio Escultórico, finalmente el trabajo comienza y notamos que todo él se desarrollará allí, con sólo algunas referencias en los bordes externos (sobre todo una pareja a caballo que lo recorre varias veces), es decir que prácticamente podría haberse elegido cualquier otro lugar volcánico suponiendo que lo buscado fuera la característica del suelo, ya que lo demás queda no sólo desaprovechado sino incluso agredido por su forma de uso.

Pero aún respecto a esto existen dudas y muy serias ya que, salvo en las ocultaciones y apariciones de los duendes o nahuales (la versión está mexicanizada) entre las hendiduras de las rocas, en lo demás no existe una verdadera incorporación de la textura espacial sobre la que se está trabajando ni justificación alguna de la misma, sino más bien se la tiende a ignorar, como en las frecuentes acostadas de los personajes a los que —por su misma actitud — debemos suponer sobre la gruesa hierba de un prado o las mullidas hojas del bosque, sitio justamente en donde Shakespeare ubica la obra. Esto se advierte además muy particularmente en los bailarines, que obligados a no dar punto de vista del accidentadísimo suelo durante sus coreografías tienden a trastabillar, forman figuras a destiempo o simplemente se golpean como me pasó de ver con uno a pocos metros de mí.

¿Por qué el bosque ha sido transformado en páramo? ¿Por qué este no es incorporado a fondo en la concepción del trabajo? No lo sabemos y preferimos no suponer que sea simplemente porque es muy bello y la directora lo encontró "típico" o "mexicano".

He decidido casi todo el espacio que disponemos en esta página a un solo problema pero creo que valía la pena. Sin embargo el tema de las luces no es menos grave ya que el concepto pasa más por alumbrar que por iluminar, con el agravante que desde donde yo me encontraba (junto con otras muchas personas) todo un arco de reflectores estaban justo enfrente, por lo que estábamos casi permanentemente encandilados y a la espera de que el cuerpo de algún actor interceptara uno de los haces para al menos ver algo en contraluz. Salvo en los casos de algunas veladoras los matices —que el espacio brinda con posibilidades en tan amplia gama— parecen no existir. El cielo —mencionado hasta en obra y allí radiante —jamás es significado, el piso es ignorado y la grandiosidad de los accidentes naturales se transforma en una incomodidad para actores y espectadores... ¿Vale la pena seguir hablando de este Sueño de una noche de verano, aunque nos falte explorar composición, adaptación y actores? El espacio se nos acaba pero hay que admitir que a veces la paciencia también.

Rafael Cortez y Luisa Huertas en Sueño de una noche de verano, de William Shakespeare, dirección Nada Kokotovich. Espacio escultárico del Centro Cultural Universitario (Insurgentes Sur 3000), jueves a sábado (20:30 horas).