FICHA TÉCNICA



Título obra Irremediablemente vivos

Autoría Jack Richardson

Dirección Abraham Stavans

Elenco Abraham Stevans, Bárbara Córcega, Leandro Martínez

Escenografía Jarmila Maserova

Espacios teatrales Foro La Gruta

Referencia Bruno Bert, “Mero simbolismo. Irremediablemente vivos”, en Tiempo Libre, 27 abril 1989, p. 40.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Mero simbolismo
Irremediablemente vivos

Bruno Bert

Tres actores en el espacio de La Gruta, con una obra americana de los sesenta: Irremediablemente vivos. Aunque parece que el nombre original viene a ser algo así como Humor al pie de la horca, que tal vez incluso hubiera sido más pertinente por el tipo de trabajo del que se trata.

La obra, de Jack Richardson, nos plantea dos escenas (que abarcan un acto cada una), contrarias pero complementarias. La primera transcurre en una celda para condenados a muerte y nos muestra las últimas horas de un individuo —abogado de profesión— que ha transgredido asesinando a su esposa en busca que la ley aplicada como castigo sobre él, pudiera regresarlo al carril de las seguridades que una serie de circunstancias simbólicas y risibles había deshecho, volcándolo a un mundo pleno de matices donde los blancos y negros — los colores plenos y dogmáticos del aprendizaje social— habían dejado lugar a una amplia gama de deseos y necesidades a la vista, que lo obligaba a asumir el verdadero sentido de la vida, cosa que le resultó absolutamente insoportable. La prostituta que le designan para "divertirlo" en sus últimos momentos es la que en definitiva intenta reconciliarlo con aquello de lo cual ha intentado escapar. Ella encarna los sentidos y sentimientos, con todo lo que de miserable y maravilloso tienen.

La segunda parte —en manos de los mismos actores para hacer más clara la analogía de contrarios— nos mostrará el verdugo que esa mañana se encargará del primero de los personajes, y a su esposa, en el ámbito seguro y frustrante del hogar, hecho a la medida de lo que aquel condenado destruyó a golpes. Este es el que sueña con salir de esa rutina, que a la vez funciona como su propio verdugo, pero no tiene las fuerzas ni el talento para lograr la transgresión frente a la imagen también simbólica de la esposa-hogar-costumbre, a la que inútilmente intentará matar. El lógico fracaso es porque sólo puede ajusticiar a los que transgreden; es decir, es un asesino justificado de su propia capacidad de transgresión, de su propia vitalidad, por lo que siempre recaerá en la misma impotencia-casa-prisión.

Como vemos, tanto planteo como personajes transparentan muy claramente su carácter simbólico, aun en el contenerse unos a otros, y en su proyección como figuras sociales. La idea, como lo expresa el mismo programa de mano, no es novedosa, pero sí efectiva, y si a nivel de obra hay algo que lamentar podría ser tal vez un poco el regodeo verborréico a que se presta el autor y que hubiera admitido una buena podada (que me perdonen los autores y directores puristas), para librar de hojarasca el tronco fundamental que contiene elementos de verdadero interés.

La dirección, en manos de Abraham Stavans —que además interpreta el doble papel de víctima y verdugo— es correcta, aunque no pone en ella demasiado vuelo creativo y se atiene más bien a un decoroso desplazamiento escénico, aceptando un estilo que tal vez no sea el más oportuno. Lo mismo ocurre con la visión escenográfica, de la que es responsable Jarmila Masserova, con una celda y un departamento clasemediero de un naturalismo plano que, al igual que la dirección, podría tal vez haber sido superado en alas de un texto que permanentemente intenta excederlo.

En lo que hace a la actuación, además del mismo Stavans, podemos ver a Bárbara Córcega en su doble rol de prostituta y ama de casa, y a Leandro Martínez, como custodio de la prisión, sirviendo de nexo entre ambas escenas. El trabajo de éste último es limitado porque queda acaballado entre un naturalismo que no logra y un personaje de representación que no termina de perfilarse. En relación a la pareja principal, su actuación es interesante y con recursos, pero pienso que la elección de línea hecha por Stavans, tanto para sí, como para su compañera, no es tal vez la que se deja intuir como propuesta del autor, quedando demasiado acercados a la estructura naturalista y cotidiana cuando todo indica que el personaje-símbolo —que aleja de características psicológicas individuales— estaría más próximo del humor negro que incluye el titulo original y del carácter simbólico que asumen los personajes en forma bastante abierta, como ya mencionábamos un poco más arriba.

Así, este Irremediablemente vivos se nos presenta como un espectáculo con ciertos componentes de valor conjuntados con elementos, a nuestro entender, fallidos. Algo intermedio que podría haber sido mejor pero que conserva interés como para ser visto, en apoyo, además, de un foro alternativo que frecuentemente cobija grupos en sus etapas de perfeccionamiento.

Abraham Stevens y Bárbara Córcega en Irremediablemente vivos, de Jack Richardson, dirección Abraham Stevens, Teatro La Gruta (Avenida Revolución 15010, San Ángel, 548-33754 jueves (20:30), viernes y sábado (19:00 y 21:15), domingo (18:00 horas). Fotografías de Luis Fernando Moguel.