FICHA TÉCNICA



Título obra El pelícano

Autoría August Strindberg

Dirección Alberto Atala

Elenco Mel Herrera, Laly Roffiel, Marta Aura, Hugo Semolini

Escenografía Javier de la Garza

Espacios teatrales Foro del Museo Rufino Tamayo

Referencia Bruno Bert, “Strindberg y los instintos de la muerte. El pelícano”, en Tiempo Libre, 9 marzo 1989, p. 41.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Strindberg y los instintos de la muerte
El pelícano

Bruno Bert

August Strindberg (1849-1912) fue el más importante dramaturgo sueco de su época (también incursionó en la narrativa), y el que introdujo en su país la corriente naturalista. Sin embargo, no se detuvo en ésta, sino que al avatar de su evolución y sus profundas crisis ideológicas y afectivas fue corriéndose hacia el simbolismo y por último hacia el expresionismo, abarcando una amplia gama de temas impregnados por su particular personalidad y sus obsesiones y fobias, que por cierto las tenía. Ahora, en la sede del Museo Rufino Tamayo, se ha estrenado El pelícano, bajo la dirección de Alberto Atala.

Strindberg trabaja esta obra por la inversión de los valores convencionales: la vida es una pesadilla donde todo está invertido como en un espejo. Partiendo de esto toma como eje la imagen que habitualmente se considera como la mayor dadora de vida, alimento y amor, es decir, la madre, y realiza el proceso de metamorfosis que la transforma en un vampiro con los atributos contrarios — de allí la paradoja del nombre, ya que la hembra del pelícano pasa por ser capaz de entregar su propia sangre como alimento de su cría — : ésta los debilita quitándoles el alimento que ella misma devora a escondidas, les roba en sus afectos (casa a su hija con su propio amante para tenerlo cerca) y en sus posiciones materiales (dilapida la fortuna de su primer marido que acaba de morir y pretende agenciarse con los restos de la herencia). En medio de la desesperanza más completa los personajes— y a través de sus voces el autor —consideran que esa situación es la generalizada, dado que cada generación odiará irremediablemente la anterior, culpable real de su desdicha, y que si cotidianamente parece lo contrario es porque la hipocresía logra ocultar lo que verdaderamente sucede al interno de cada casa y de cada núcleo de relación. Y este fingimiento está institucionalizado por las mismas leyes que no son más que instrumentos creados por asesinos para el cumplimiento de sus propios y egoístas designios en donde lo que importa no es la inocencia o la verdad, sino la habilidad para enmascarar los más bajos instintos del hombre.

Una lectura nihilista de la sociedad que casi no deja resquicios. Estamos en los últimos años de Strindberg y todas sus crisis ideológicas parecen condensarse en esta pieza: la injusticia social el canibalismo afectivo, una acendrada misoginia, sus instintos de muerte producen un fin cerrado de la obra en donde nadie escapará de las llamas purificadoras de la locura y la muerte. Estructuralmente contiene el naturalismo que creara para su país, pero es claro su corrimiento hacia las deformaciones del expresionismo que adelanta en unos pocos años. Dejada exclusivamente sobre la línea naturalista se nos volvería un melodrama insoportable por sobrecondensación de conflictos. Corrida hacia lo onírico, hacia el predominio de las sombras de los gruesos caracteres de las pasiones nocturnas, del inconsciente personal y social se nos hace como si ciertos cuadros de Edward Munch (pintor noruego profundamente influido por Strindberg) hubieran tomado vida y los gritos sordos de las pinturas estallaran.

A este nivel la puesta queda tibia, excesivamente cautelosa para un Caligari teatral, para una puesta en marcha de las pinturas mencionadas. Los elementos escenográficos (a cargo de Javier de la Garza) sólo perfilan la posibilidad expresionista, lo mismo que las actuaciones, preanunciadas por el maquillaje. Y así, mientras Marta Aura asume un mayor riesgo dentro de esta línea, los demás conservan fuertes elementos de comportamiento naturalista. Ciertamente la obra misma de Strindberg no llega a definirse en totalidad y ese andar a medias aguas es lo que acompaña el director sin querer forzar el material. Un respeto y un reparo comprensible pero que tal vez queda en timidez en lugar de arrastrar al público en una auténtica recreación artística.

Mel Herrera, Laly Roffiel y Hugo Semolini en El pelícano, de August Strindberg, dirección Alberto Atala, Foro del Museo Rufino Tamayo (Paseo de la Reforma y Gandhi, Chapultepec, 286-65191, miércoles a viernes (20:30), sábado (19:00) y domingo (18:00 horas). Fotografías de Luis Fernando Moguel.