FICHA TÉCNICA



Título obra Zozobra

Autoría Luis de Tavira

Notas de autoría Basada en poemas de Ramón López Velarde

Dirección Luis de Tavira

Elenco Julieta Egurrola, Lucero Trejo

Espacios teatrales Teatro El Galeón

Referencia Bruno Bert, “La religión en la obra de López Velarde. Zozobra”, en Tiempo Libre, 23 febrero 1989, p. 41.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

La religión en la obra de López Velarde
Zozobra

Bruno Bert

Todos recordamos aquella interesante puesta que hiciera Luis de Tavira hace unos años de Novedad de la Patria, en base al poema Suave Patria de López Velarde. Hacia fines del año pasado, para el Festival Internacional Cervantino, el mismo director construyó otro espectáculo en honor al poeta. En su momento no tuvimos oportunidad de verlo, pero ahora acaba de reponerse en El Galeón. Me refiero, claro, a Zozobra.

El lugar común de que "nunca segundas partes son buenas" se ve aquí desdicho, tal vez justamente porque, a pesar que se vuelve sobre elementos similares, De Tavira evita una "segunda parte" para recomenzar toda su visión da capo, refundiendo materiales anteriores desde una nueva angulación: el papel de la religión en esta obra de López Velarde.

Es particularmente interesante observar la construcción porque se da en ella la doble fusión de lo que se adentra en el lenguaje de Velarde y el mundo de imágenes que suele acompañar a De Tavira en sus distintos trabajos. Es decir, que muy lejos de intentar una ilustración, el mundo bipolar del autor y el director cobran unidad en los distintos fragmentos del espectáculo, en su ritmo a veces muy lento y otras vertiginoso, pero siempre vital porque está compuesto de las obsesiones de los individuos, vinculadas y al mismo tiempo confrontadas en la tensión de la escenas.

El espacio elegido para ello es el interior de una iglesia, pero la disposición escénica, en la simetría de su arco central con un fondo de vidrieras, nos remite a aquella estación de ferrocarril que sirviera de ámbito en Novedad de la Patria. Sin embargo, esta reminiscencia, lejos de desagradar, es hondamente pertinente. Ni se niegan ni se copia lo anterior: se resignifica; lo mismo que la idea de un viaje siempre inconcluso, una detención, una reiteración del tiempo que se subjetiviza y espesa en manos de ambos creadores. Así, durante el trabajo, De Tavira revive toda una serie de elementos ya planteados reubicándolos con múltiples momentos nuevos.

En la construcción teatral la búsqueda de imágenes analógicas (aquellas que evitan la ilustración, como la metáfora en poesía) es uno de los pivotes elementales que transforman lo lineal en creatividad, siempre, por supuesto, que logren con su impacto del objetivo que se proponen. La violencia, la sexualidad, la religión, son algunas de las esferas donde este encuentro se hace casi indispensable, sea por la abstracción del tema (como en el último caso) o, por el contrario, por la limitación que impone en la graficación escénica el juego mismo del teatro (como en los dos primeros). El espacio de los símbolos que permite un desborde de la imaginación en lugar de limitarla.

Aquí De Tavira avanza sobre ese camino en forma absolutamente segura sorprendiéndonos en el encuentro de siempre nuevos recursos que permiten plenamente nuestra participación subjetiva. No nos vemos trabados por ninguna linealidad, sino que reconstruimos las significaciones a través de propuestas ricas en sugerencias que completamos según nuestros propios sistemas de valores y sensibilidad aunque podamos comprender la postura de quien las está realizando.

Las líneas del texto se proponen —y es natural tratándose de poesía — como alternativas para la multiplicidad de los subtextos y se encarnan en una profusión de imágenes. Podríamos decir que el texto se realiza en la visión del director y se repropone a nosotros como espectadores. A su vez el teatro — poesía en acto encuentra su mayor espacio de desarrollo a través de este tipo de lenguaje.

Naturalmente, no se trata de un teatro complaciente en ninguno de sus aspectos, y por ende exige una actividad constante de los espectadores para reelaborar lo que ven. De otra manera, en una intención de asimilación pasiva, es casi seguro que el espectador quedará fuera, frente a una avalancha de imágenes que en muchos casos les resultarán incomprensibles, dentro de un ritmo que se le puede imponer como irritante. Pero es absurdo pretender un acto de creatividad en donde el espectador no participe, donde no haya de su parte un esfuerzo para completar en sí mismo el discurso que se vierte frente a él. Se trata de un teatro de madurez que podemos aceptar o no pero que debemos necesariamente compartir para extraer conclusiones.

Esto se ve incrementado porque la zozobra es no sólo el título del libro de Velarde y del espectáculo de De Tavira, sino esencialmente el estado que se busca transmitir: un espacio anímico ambiguo colindante tanto del placer como el dolor y el miedo.

En definitiva, un trabajo que merece ser visto sea cual sea la sensación final que nos depare.

Julieta Egurrola en Zozobra, espectáculo de Luis de Tavira, basado en poemas de Ramón López Velarde, Teatro El Galeón (Unidad Artística y Cultural del Bosque, 520-9060), jueves y viernes (20:30), sábado (19:00) y domingo (18:00 horas).

Lucero Trejo en una escena de Zozobra. (Fotografías de Luis Fernando Moguel.)