FICHA TÉCNICA



Título obra Delirio a dúo

Autoría Eugene Ionesco

Dirección Enrique Rentería

Elenco Laura Lee

Escenografía Enrique Rentería

Espacios teatrales Teatro Rosario Castellanos

Referencia Bruno Bert, “El viejo teatro del absurdo.Delirio a dúo”, en Tiempo Libre, 2 febrero 1989, p. 39.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

El viejo teatro del absurdo
Delirio a dúo

Bruno Bert

La década de los 50 y buena parte de los 70 se deleitó (tal vez es sólo una forma de decir) con las obras del teatro del absurdo. Con ese torrente arrevesado de palabras que ponía en evidencia buena parte de la falta de sentido de las acciones cotidianas de los hombres, de su incapacidad para la comunicación, lo ridículo de ciertas normas sociales —sobre todo de las clases medias que son su filón preferido — la cosificación de los individuos y su relación fetichizada con los objetos, la invalidez del lenguaje oral, y una buena gama más de elementos que constituía su visión ciertamente pesimista pero muy impactante y de humor negro sobre el entorno, alcanzando el cuestionamiento al mismo teatro y los sistemas de lenguaje utilizados hasta entonces.

Dentro de la gama de autores que lo manejaron, obviamente Ionesco fue uno de los más importantes, y obras como La lección; Rinocerontes o Las sillas (tal vez su mejor trabajo) ya han quedado como referentes inevitables. Claro que no toda su producción tiene el mismo nivel y además se ha abusado hasta el hartazgo de ese camino vuelto muchas veces trillado por capacidades menores que se sintieron tentados a partir de la fácil apariencia (y eso es sólo apariencia) de este tipo de construcciones dramáticas.

En la Casa del Lago se acaba de estrenar uno de sus trabajos de calidad intermedia: Delirio a duo, en donde Ionesco aborda una vez más a la pareja de clase media, enconchada en su propiedad privada y en su vida vacía y egoísta, que discute eternamente sin más finalidad que remedar una parodia de existencia en donde siempre el pasado o la fantasía serán mejores que la realidad. Afuera hay guerra y constantemente se escuchan metrallas y el estallar de bombas. Ellos dicen ver muertos por las ventanas y la casa entera va siendo tomada y desintegrada por los combatientes. Pero ni aun el miedo es suficientemente fuerte como para sacarlos de sus engranajes sin sentido, y al reflexionar sobre lo que ocurre afuera sienten que tampoco aquello tiene razón alguna (el autor opina lo mismo) y que se esté de un bando o de otro da igual porque al final cualquiera que gane asesinará a todos los demás en nombre del triunfo de la verdad y la razón. Al término todos una ruina (más en el libro que en la obra) y los cadáveres van cayendo en pedazos desde techo mientras la discusión inicial prosigue imperturbable.

No tengo el libro a la mano, pero sí la sensación a partir de recordar su lectura, que la densidad del clima propuesto es notoriamente superior a la asumida por el director.

La puesta, a cargo de Enrique Rentería, es débil, tanto en cuanto al manejo de actores como en los ritmos, que debieran alternarse entre situaciones de una lentitud exasperante a juegos frenéticos en relación o contraposición a los sucesos externos. Los personajes no están insertados en un lineamiento claro de actuación. Ni en un naturalismo a ultranza que provocaría una fricción de absurdo con el texto y las acciones; ni en un distanciamiento de muñecos parlantes que ilustrara su condición de muertos.

Avanzan sobre un desteñido intermedio que vuelve monótono el trabajo (que no es lo mismo que reflejar la monotonía). La escenografía — del mismo director — tampoco ayuda demasiado, porque es absolutamente trivial, sin atreverse a avanzar hacia los extremos: de nuevo una cuidadosa reproducción naturalista que se fuera paulatinamente desintegrando en el proceso o, por el contrario, una imagen simbólica como un rompecabezas que se desarma al trepidar de las situaciones.

Ionesco logra sus resultados por saber extremar los procedimientos, por agrandar con una lente las taras hasta el infinito. Un montaje de Ionesco, para ser efectivo, necesita utilizar de los recursos que el mismo autor propone, pero en el plano de la actuación y la dirección. Jugar con las mismas armas, hacer con el lenguaje visual lo que su estilo conlleva a niveles textuales, absurdizar los manejos convencionales del teatro. Quedarnos en el plano intermedio es caer bajo el anatema del mismo Ionesco encarnando lo que él critica: la mediocridad de los recursos comunicativos, la falta de imaginación etcétera. Un peligro evidente que lleva a traicionar (sin querer, claro) lo mismo que se propone secundar.

Evidentemente no se trata de una puesta muy feliz, que incluso nos hace sentir lo que de viejo tiene hoy el teatro del absurdo. Es una pena, porque confieso que es un autor en que -- a ún reconociendo ciertas evidentes limitaciones -- suelo hallar bastante placer.

Laura Lee en Delirio a Dúo, de Eugene Ionesco, dirección Enrique Rentería, Teatro Rosario Castellanos de la Casa del Lago (Antiguo Bosque de Chapultepec, 553-6362), viernes y sábado (19:00), domingo (18:00 horas).