FICHA TÉCNICA



Título obra A puerta cerrada

Autoría Jean Paul Sartre

Dirección Rodolfo Alcaraz

Elenco Carmina Martínez, Olga Marta Dávila, Sergio de Alva

Espacios teatrales Foro de La Conchita

Referencia Bruno Bert, “Notable trabajo actoral”, en Tiempo Libre, 26 enero 1989, p. 38.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Notable trabajo actoral

Bruno Bert

Entre las pocas obras teatrales de Sartre posiblemente A puerta cerrada sea una de las más conocidas y representadas, aunque ya hiciera varios años que no se reponía en México. Ahora podemos volver a verla y a partir del montaje que en el Foro de la Conchita nos ofrece Rodolfo Alcaraz.

El escritor francés manejó diversos géneros literarios, como la novela, el cuento y el ensayo, abordando asimismo el teatro. Y aunque este significó una de sus líneas de interés no se destacó especialmente dentro de él, sino que más bien lo utilizó como un arma más en la difusión de sus ideas tanto filosóficas como políticas, por lo que no intentó una ruptura dentro de las estructuras expresivas de este arte sino que más bien se plegó a las fórmulas constructivas anteriores: a la pieza burguesa, para el desarrollo de sus posiciones. Es lo que suele llamarse un "teatro de ideas", de gran densidad psicológica, de buena factura, pero subordinado completamente a la transportación de conceptos a partir de las formas convencionales. Y dentro de esta concepción La puerta cerrada quizá sea su trabajo más representativo. La anécdota —tres personajes en el infierno "sartreano" — maneja entre otros el tema de las identidades, de los juicios de valor sobre las mismas, que siempre están en manos ajenas, haciendo precisamente que el "infierno sean los demás", porque nadie se cumple sino en el otro. El espacio, un espacio de conciencias, necesariamente es cerrado y asfixiante porque los límites los impone una estructura social de la que los personajes son incapaces de desprenderse. Sociedad, clase --todos los personajes son gradaciones de la clase media y la burguesía--, y la mala conciencia los encierra en ese infierno donde los actos se vuelven en un acosamiento en interdependencias que nunca se resuelven.

El director utilizó para el montaje no la pequeña sala del foro, sino la alberca que está en el jardín a la que cubrió con una tienda de lona, ubicando a los espectadores como jueces o mirones en todo su entorno, incorporándolos psicológicamente a la obra a partir de la sensación de los personajes de ser permanentemente observados y a la espera de sus actos para la emisión de un juicio, estando ellos por debajo, en un espacio que bien pudiera ser una morgue, un lugar de disección, o aun la boca del infierno, al que tradicionalmente se lo imagina subterráneo. La idea es atractiva y concuerda perfectamente con la propuesta de Sartre. Al conserje, el que trae a los condenados, se le ha transformado en mujer, y aunque no se comprende bien el motivo no es en absoluto incorrecto habiéndosele impuesto un encuadre de vestuario que cumple también con ese elemento de teatralidad inquietante que subyace en el libro.

En relación a los actores mismos, destaca entre ellos la labor de Carmina Martínez en el papel de Stelle, que cumple perfectamente con la línea que posiblemente le haya impuesto la dirección. Cabría sin embargo, preguntarse al respecto si no hay un cierto corrimiento del espectro del personaje que aquí aparece casi como una ninfómana, privilegiando la sexualidad, cuando en realidad su problema es de identidad: "no puedo verme desde el interior, necesito de los espejos", es decir, necesito manipular a los otros para recibir de ellos la imagen que pretendo proyectar y que es lo único que me aísla del vacío. La seducción y la sexualidad misma es sólo una excusa, una estrategia para este objetivo. Pero aquí la estrategia parece ocupar el lugar mismo del objetivo final, lo que rebajaría el nivel de planteo, mucho más profundo en el otro caso. Claro, vuelvo a repetir, que no parece ser un problema dé la actriz, sino de la concepción impuesta, ya que su manejo es muy atractivo.

Olga Marta Dávila encarna a Inés, y lo hace con corrección y soltura, pero también en ella se halla como un rebajamiento de los objetivos. El problema del personaje es el poder, no la sexualidad: tiene valor lo que se conquista y una vez conquistado se destruye. Tiene valor su vocación de muerte que, paradójicamente, quiere ocultar bajo la apariencia de lo contrario. Se trata de la erotización del poder, y no del poder del erotismo. Y ésta es lo que falta, por lo que el trabajo, aunque bien hecho, no llega al nivel de desgarramiento obsesivo ("ardo, ya estoy ardiendo") que necesita la Inés de Sartre. En lo que hace al tercer personaje — García, el cobarde— Sergio de Alva está mucho más cerca de la representación que de encarnar las complejidades de este individuo, pivote entre las dos mujeres, aunque posiblemente también en esto haya algo de la concepción debida al director.

En definitiva, una obra con todo el peso, los atractivos y las limitaciones de Sartre, con una muy interesante propuesta espacial, un grupo de actores con una disciplinada entrega y algunos elementos de la dirección — en puesta y manejo de actores— que tal vea necesitarían ser revisados. Un conjunto desigual con puntos a favor del elenco en un foro alternativo que merece ser apoyado.