FICHA TÉCNICA



Título obra Un tranvía llamado Deseo

Notas de Título A street car named Desire (título en el idioma original)

Autoría Tennessee Williams

Notas Comentarios del autor al texto Un tranvía llamado Deseo

Referencia Armando de Maria y Campos, “La ternura brutal o el realismo poético de Un tranvía llamado Deseo de Tennesse Williams. III”, en Novedades, 9 diciembre 1948.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

La ternura brutal o el realismo poético de Un tranvía llamado Deseo de Tennessee Williams. III.

Armando de Maria y Campos

El sentido poético de Williams fluye no sólo en el diálogo sino que emana de la acción misma, de las emociones, de las pausas, de la belleza plástica de algunas escenas. Más adelante señalaré con algunos ejemplos para probar que tan poeta como dramaturgo Tennessee Williams nos da en Un tranvía llamado Deseo una magnífica lección objetiva. Y ella es que la verdadera poesía tiene pleno acceso al teatro sin necesidad de recurrir a la forma convencional del verso.

Dejamos a Blanche que, huyendo del pasado, llega a casa de su hermana. Un tranvía de Nueva Orleans, ostentando el pintoresco nombre de "Desire" le conduce al barrio sórdido donde vive Stella con su poco refinado marido. Entre la enfermiza personalidad de Blanche y la robusta y salvaje de su cuñado se entabla un duelo a muerte. Y agazapado detrás del odio respectivo de ambos protagonistas se oculta el DESEO, que salta al fin en el clímax para reclamar sus derechos.

La acción, desarrollada en el ambiente sórdido de un barrio bajo de Nueva Orleáns adquiere intensidad trágica en los primeros cuadros, para luego caer en el inevitable torbellino melodramático culminando en el cuadro final de gran efectismo dramático y belleza plástica, pero dando una solución demasiado fácil al conflicto. Williams acumula tantas y tan complejas motivaciones en su protagonista; resulta el personaje tan retorcido, que el autor se encuentra al final cogido en sus propias redes y no le queda otro remedio que echar mano de la locura para dar un desenlace verosímil a su drama. Y por ello la reclusión de Blanche en un manicomio resulta una solución obviamente forzada. Blanche du Bois, quien vino en el tranvía "Deseo" debe marcharse en él, tanto literal como simbólicamente. La locura se antoja una decisión arbitraria del autor. Y toda esa serie de innecesarias complicaciones que pesan sobre el personaje son las que restan a la obra en los últimos cuadros la serenidad trágica de los primeros, forzándole a desembocar en el melodrama.

El sereno equilibrio de Glass menagerie no se encuentra en A street car named Desire, pero éste ha ganado intensidad dramática y profundidad psicológica. Y la obra posee una fuerza poética, una tan intensa belleza dramática y un suficiente contenido humano para que constituya uno de los más hermosos aciertos norteamericanos del teatro post-O'Neill.

Tomemos al azar una cita de la obra. En la escena VIII Stella, quien ha preparado un bizcocho de cumpleaños a Blanche, se dispone a encender las pequeñas y simbólicas velas. Blanche pensando en el hijo que ha de traer al mundo su hermana exclama:

–Debieras guardarlo para el cumpleaños del niño. Oh, espero que las velas brillen en su vida y creo que sus ojos serán como velas encendidas en un pastel.

y ante una observación irónica de su cuñado, Blanche añade:

–Su tía sabe que las velas no son seguras, que las velas arden en los ojos de los niños y de las niñas, que los golpes de viento las apagan y después de que eso sucede, las luces eléctricas se prenden y usted puede ver con absoluta claridad.

Detengámonos en la escena III. Después de la vulgar riña conyugal durante la cual Stanley ha golpeado a su mujer, ésta se refugia en la planta alta, en casa de una vecina. Es de noche. La calle está desierta. Se escucha el piano y el clarinete de un cabaret cercano. Stanley, arrepentido de la golpiza, llama a gritos a su mujer. Es el grito primitivo, selvático, del macho reclamando a la hembra. Al final Stella, la esposa ultrajada que lleva en sus entrañas al hijo de aquel que reclama su compañía, aparece en lo alto de la escalera y lentamente inicia el descenso. Su larga bata "de maternidad" da un aire magnífico a su figura bañada en un rayo de luz blanca. El cabello suelto, los ojos llorosos... Stanley y Stella se miran fascinados. El se acerca con gestos felinos. Ella se entrega dócil, derrotada. No es la esposa ultrajada, ni es la futura madre. Es simplemente la hembra que acude al reclamo de su compañero. El clarinete acentúa su ritmo sensual. Stanley toma en brazos a su mujer y entra en la habitación conyugal. Escena simplísima de acción mínima, pero de profunda fuerza dramática, y de intensa significación psicológica.

En la escena IX mientras Blanche confiesa su pasado a Mitch se escucha a intervalos en la calle a una vendedora mexicana pregonando su fúnebre mercancía: "Flores. Flores, para los muertos. Coronas para los muertos. Coronas..." y el pregón resulta un "coro" trágico a las palabras de Blanche.

Williams cuida celosamente de los detalles para aumentar la belleza poética o bien la fuerza dramática de cada escena; la música obsesionante de la "Varsoviana", las proyecciones aterradoras en la pared, la súbita transparencia de las paredes para señalar detalles significativos en la calle, los ruidos selváticos, salvajes, que se escuchan en creciendo cuando el DESEO reclama su primacía en la escena.

Tennessee Williams refiere en Un tranvía llamado Deseo una de esas historias que en Norteamérica no son frecuentes, porque la tragedia de Blanche y Estela va más allá de la simple pintura de tipos "standard" –tan característicos, sin embargo del magnífico teatro de los Estados Unidos– sino que se adentra y profundiza en la creación de un "carácter", el de Blanche, la protagonista, que no es norteamericana propiamente, que no pertenece a un pueblo en formación y que no entiende, como el país que la vio nacer, al mundo que la rodea. Blanche du Bois tiene resonancias ancestrales, maneras de vida y formas de pensamiento que no van de acuerdo y, que a veces, se contraponen con las gentes y con el ambiente en que se mueve. En este personaje de Tennessee Williams, como en tantos de Eugene O'Neill, hay algo que no es nacional, que sobrepasa los estrechos límites espirituales en que se desarrolla la vida en Norteamérica.

Un tranvía llamado Deseo me parece una obra maestra, pero no –como se atreve a afirmar el fino y enterado crítico Efraín Huerta– "la obra teatral más importante jamás puesta en México", y por esto continuaré comentándola hasta llegar al punto en que tenga que referirme al resultado de su representación en México.