FICHA TÉCNICA



Notas El autor destaca las obras más relevantes de entre las comentadas por él en 1988

Referencia Bruno Bert, “Cifras y evaluaciones de un año de teatro / II y último”, en Tiempo Libre, 29 diciembre 1988, p. 37




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Referencia Electrónica


Teatro

Cifras y evaluaciones de un año de teatro / II y último

Bruno Bert

En la nota de la semana anterior recorrimos algunas cifras en relación al material que pudimos apreciar en 1988. Hoy, nos toca ver los niveles de calidad que esas cifras representan.

Generalmente, al menos una obra por año logra deslumbrarme, en el sentido no sólo estético sino de impacto, por lo perfectamente ensambladas que están cada una de sus partes, por la unidad estricta que han logrado y por la fuerza con que ésta se proyecta al público. En el 87 me sucedió con De la calle, aquel extraordinario montaje que Julio Castillo hiciera de la obra de González Dávila; en el 86 con Duele Marat?... P.D. Sade, la creación de Oceranski; y así en más si utilizamos el recuerdo. En este 1988 no me ha sucedido de toparme con algo parangonable. Esto no quiere decir que no hayan sido estrenadas buenas obras, sino que el panorama de nuestra cartelera creció —al menos bajo la subjetiva interpretación de este crítico— de un pico que emergiera claramente de lo restante. Por el contrario, la sensación de monotonía se repitió múltiples veces, lo que indica que el nivel general sufrió un notorio descenso multiplicándose los montajes de mediocres para abajo en la misma medida que desaparecían las alturas. Una realidad teatral que se hunde en el pantanoso terreno social de nuestra crisis. Esta no parece sin embargo haber afectado las cantidades globales de producción, sino sólo la calidad de las mismas. Y dentro del corte que hemos elegido para el análisis parece ser aún más notorio, en la medida en que no hemos tenido en cuenta tanto lo estrictamente comercial, como aquellos sectores teatrales más expuestos a ver vulnerados sus medios de trabajo. Asimismo, las estructuras pedagógicas de formación y mantenimiento se ven debilitadas o disueltas a través de los organismos que le servían de sostén, sean institucionales o privados, de grupos o elencos.

A pesar de esto, la crisis no ha determinado una mayor elección sobre temas abiertamente políticos, o generado un tipo especial de teatro de barricada. El teatro de denuncia sigue manteniéndose dentro de los cauces y con los autores con que habitualmente se han manejado. Tampoco se ha creado algún tipo de propuesta teatral alternativa, cualquiera que fuera su índole, diferente a la de los años anteriores.

Año entonces de crisis y disminución de calidades pero no de radicales transformaciones así sea en ejemplos aislados pero claramente visibles. Cierto que la censura actuó torpemente en el caso de Nadie sabe nada de Leñero/ Tavira, pero esto parece mostrarse como un caso aislado, después de los problemas relacionados con un grupo de extrema derecha que amena zara la continuidad de El concilio del amor, montado por Jesusa a fines del año anterior.

Tal vez lo que más atacó no fue la censura sino la mediocridad y la ineptitud de los funcionarios de ciertos organismos, como la UNAM o el INBA, donde no parece haber llevado al teatro precisamente a un estado de florecimiento con una política cultural de miras más que estrechas. El cambio de sexenio abre un impasse aunque todo nos dice que la tutela del Estado —con todo lo positivo y negativo que esto podía tener — es algo que ya no volverá, y que, por lo tanto, toda la organización cultural deberá cambiar de bases sobre las que lograr nuevas proyecciones, y que en esto las organizaciones independientes y privadas, van necesariamente a tener un papel relevante. Estado de movilidad propicio a la creación de nuevas estrategias que ya pone a prueba a la comunidad teatral redefiniendo fórmulas para la continuidad de un arte que se vuelve necesario, esencialmente para los que lo realizan, que son los que deben luchar para que sólo lo accesorio muera, mientras que lo esencial adquiera, en cuanto a calidad, la contundencia que permita un diálogo desde una posición de fuerza tanto con el Estado como con el público.