FICHA TÉCNICA



Título obra Enemigo de clase

Autoría Nigel Williams

Dirección Luis Francisco Escobedo

Elenco Ramón Figueroa

Espacios teatrales Foro La Gruta

Referencia Bruno Bert, “Enemigo de clase”, en Tiempo Libre, 12 diciembre 1988, p. 7.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Enemigo de clase

Bruno Bert

Si no me equivoco, fue en el 82 cuando Peter Stain presentó en el X Festival Cervantino una extraordinaria versión de Enemigo de clase, de Nigel Williams, que justamente por estar en alemán quedó despojada de todo el valor textual para todos los que no conocían ese idioma, pero conservó la corrosiva capacidad textual y la increíble violencia física que conmocionó a más de un espectador, aun entre los prevenidos. Pareciera que justamente esa ignorancia del idioma le hubiere favorecido, porque sabiendo simplemente la estructura anecdótica básica — un grupo de alumnos adolescentes encerrados en un aula, a la espera de un maestro que nunca llegará — lo demás es una especie de bomba de tiempo que va estallando a la vista sin necesidad de consideraciones intelectuales. Los tonos de la desesperanza, necesidad, frustración y muerte se vuelven apenas ásperos sonidos mezclados con el entrechocar de los cuerpos y las bancas que se estrellan contra las paredes. No entender es equipararse con los mismos protagonistas, que tampoco entienden aunque se esfuercen por alcanzar el "conocimiento", que aquí se vuelve una mera preparación a la masacre por el abandono. Un destilado de violencia pura en el paradójico espacio de un aula.

Ahora se ha montado en nuestro país, naturalmente en español, bajo la dirección de Francisco Escobedo (quien dirigiera recientemente Los caracoles amorosos, de Hugo Argüelles, como su primer trabajo profesional) y se está presentando en el teatro de La Gruta, en el complejo del Helénico.

El autor intenta una convergencia entre lo físico y lo textual. El lenguaje, en este caso un argot mexicano, tiene todo ese poder de disolvencia y transformación que vuelve la palabra en puño, que comunica a partir de la agresión; los cuerpos mantienen el mismo estado de marginalidad que las voces y, por ende, sonido y movimiento plantean una alternancia rítmica con idénticos resultados. Sin embargo, hay momentos de escape, puntos de fuga en la doble presión que se propone, para lograr justamente un retome del aliento y continuar la carrera. Estos están compuestos por aquellos elementos que se destinan no ya al impacto emocional, sino a la capacidad de elaboración intelectual de los hechos, al (llamémoslo así) planteamiento ideológico de las situaciones, que discursivamente nos distancian y nos permiten observar luego de la involucración que conllevaba el estado constante de violencia tanto físico como verbal. Es decir que el autor nos propone dos líneas de movimiento simultáneas que debieran ser expresadas en puesta posiblemente por dos estilos distintos: un realismo exacerbado por un lado y un cierto didactismo, a veces poético, más acercado al simbolismo, por el otro. El acabalgo de ambos nos daría como resultado la pieza como unidad.

Obviamente es todo un complejo material tanto para el director como pare los actores. A nivel de puesta Escobedo trata de rescatar la propuesta autoral comprimiendo el espacio de representación, manejando un estilo realista, intentando una dinámica acorde a los climas propuestos. Sin embargo, esto no alcanza los niveles necesarios que superarían el peligro de volver el material verbal un elemento discursivo, destejido de la trama de acciones no porque se desvincule, sino porque no logra el compactado suficiente como para que el texto, planteado como acción verbal, tenga el mismo impacto que el movimiento. A su vez, éstos, los cuerpos, intentan la exterioridad de la violencia y lo hacen correctamente, pero carecen de la energía interna que los vuelva como acumuladores prontos a descargas que podamos intuir como incontrolables.

Claro que aquí ya caímos en el campo del actor. Tal vez dentro de ellos sea Ramón Figueroa el que se acerque más a lo que necesitarían los personajes (cada uno dentro de sus características, claro) por lo preciso de la elaboración del suyo. Pero, paradójicamente, hay como un exceso "técnico", es decir un exceso de composición o al menos de manejo concierte del mismo, que hace que por momentos la forma prevalezca sobre el valor de los contenidos, es decir sobre la energía que ésta contiene. Cuando no sucede así, cuando la forma ya impuesta "corre" naturalmente, se vuelve inquietante y cercano a lo que tal vez se pide a los demás. Estas dos dificultades, que tienen que ver con la formación de los actores y con la necesidad de una gran destreza por parte de la dirección, pone en peligro la estructura general porque acerca la obra a un discurso ya bastante planteado por la generación de dramaturgos ingleses de los '50 y '60, a la que hoy vemos con un cierto sabor de cosa superada, sino por los contenidos, al menos en cuanto a la manera de sus planteos.

Es claro que Enemigo de clase exige un elenco muy fogueado y muy compacto para no quedarse en la ilustración más o menos hábil de lo que el autor entrega. Ciertamente que a Escobedo, como maestro, le interesan de cerca estos temas, habrá seguramente un tiempo de afinación de su grupo, para llegar a tratarlos con todo el impacto que necesitan.

Escena de Enemigo de clase, de Nigel Williams, dirección Luis Francisco Escobedo, La Gruta (Av. Revolución 1500, San Ángel, 548-3375), jueves y viernes (20:30, sábados (19:30 y 21:30, domingo (18:00 horas).