FICHA TÉCNICA



Título obra Muerte súbita

Autoría Sabina Berman

Dirección Héctor Mendoza

Elenco Miguel Ángel Ferriz, Alejandro Camacho, Patricia Bernal

Espacios teatrales Teatro El Granero

Referencia Bruno Bert, “Muerte súbita”, en Tiempo Libre, 1 diciembre 1988, p. 39.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Muerte súbita

Bruno Bert

Una pareja de amantes vive en un edificio abandonado que debe ser demolido a causa de los daños que en él provocó el temblor del 85. Ella es rica, modelo de publicidad y un tanto estúpida. Él es un escritor de cuarta categoría, acomplejado y que no quiere salir de ese departamento hasta no terminar la novela que allí comenzó. A ese dúo se le suma un tercero, relación del pasado del escritor, que destruye la unión y avanza un conflicto de identidad por el clásico camino de la masacre.

Sobre estas bases se apoya Muerte súbita, la obra de Sabina Berman que montará Héctor Mendoza y que se está presentando en el teatro El Granero.

Los temas que se desarrollan son los típicos de la pieza: los conflictos emocionales, la incomunicación, la dependencia, la frustración sexual, etcétera, dentro del marco restringido del dos-tres en cuanto a personajes, y las cuatro paredes del departamento como situación espacial. Colándose naturalmente en esto, aparece la incapacidad creativa y el marco social, simbolizado por los productores de ella, la cárcel, el edificio en ruinas y las diapositivas del mar. Como vemos, nada nuevo en los materiales empleados. Pero como en arte lo que importa menos son los materiales y lo que más la combinación que de ellos se realiza, vamos a esa parte.

En los contenidos vuelve a sentirse aquello que podría encontrarse, por ejemplo, en obras corno La mudanza, de Vicente Leñero, en el caso de la pareja; o en Dulces compañías, de Oscar Liera, cuando hay ausencia de ella. Es decir, un mundo cercano por la soledad y lo precario que sólo necesita de la irrupción violenta del externo para su destrucción. Esa irrupción puede ser fantasmagórica como en el caso de la primera de las obras mencionadas; incorporada voluntaria aunque inconscientemente como en la segunda, o de entrada súbita, volando puertas como en ésta. El hecho es que el externo y el pasado son los agentes disolventes utilizados por los autores para señalizar el fenómeno de una clase en exterminio que se niega a mirar sobre sí misma hasta que es demasiado tarde para cualquier reacción de cambio. Y aquí hay una variante, porque Sabina Berman termina su obra con una imagen que tanto puede decirnos de reincidencias inveteradas y a pesar de todo o, por el contrario, de una posibilidad de emerger sobre la situación límite. Pareciera más probable lo primero si nos basamos en el programa de mano, y entonces las similitudes serían mayores, pero siempre queda el margen de la segunda lectura si se quiere optar por un optimismo que en realidad no tiene muchos asideros.

A niveles formales, el mismo programa señala la intención de un homenaje a Julio Castillo, cuya última puesta fue, justamente, Dulces compañías. El hecho se hace explícito aún en el texto cuando el que entra advierte a la víctima de lo peligroso que puede ser la presencia de un extraño en la casa. Texto que, con variantes, es casi leit motiv en la obra de Liera montada por Castillo.

También los personajes fungen como detonantes en ambas, tienen un cierto parentesco entre sí: una especie de lumpen drogadicto que ha estado preso. Claro que en este caso su origen en el de un intelectual, que hay conciencia y premeditación más que patología (ésta existe, pero es de otra índole) y que la prisión se vuelve como elemento simbólico por variados motivos, pero la relación de imagen existe. Y por ser pieza también el estilo se vuelve similar, aunque en Castillo hubiera un cierto corrimiento de matices expresionistas como a él frecuentemente le gustaba para sus montajes. Los climas, sin embargo, a pesar de la doble violencia que contienen (la del texto y la de las acciones, es decir la del autor y la de los actores manejados por el director), no llega a los estadios de la obra que nos está sirviendo como referente. Lo cual no deja de ser un inconveniente, porque sólo un fuerte doble asedio al espectador (clase media también él) le permite internalizar el discurso a partir del impacto emocional, que no inhibe sino sensibiliza la lectura intelectual que conlleva el trabajo. Cuando podemos distanciar las imágenes de neutralizar los efectos emotivos logramos dejar fuera justamente a ese irruptor desestabilizante que nos proponen los distintos autores de estas piezas, y queda el discurso para el cual los clase medieros —y sobre todo los intelectuales— tienen excelentes elementos de defensa y de sordera, a partir sobre todo de los inocuos meas culpas que revisten forma de aplauso y aceptación epidérmica.

Tal vez en esto tenga que ver un realismo que no encuentra alternativas y en varios momentos se nos hace falso. Como por ejemplo en las manidas relaciones sexuales: si se pone a dos personas desnudas y manoseándose el sexo, para luego cubrirlas de alguna manera y mantener en gemidos y sonidos la ilusión de lo que realmente no este pasando, a uno se le ocurre preguntarse si la imaginación no debiera esforzarse por encontrar mejores caminos que éstos. O se tiene la valentía de recorrer la realidad y mostrar un acto sexual en vivo o se halla una analogía que nos dé el impacto de la situación. A lo primero posiblemente se lo llame pornografía y a lo último arte, pero hay definiciones, y se alejarla del híbrido. Se trata sólo de un ejemplo para graficar las limitaciones en el manejo del género que hacen de Muerte súbita, en sus aspectos formales y de puesta una reiteración bien hecha, pero reiteración al fin, de temas e imágenes ya recorridos en múltiples ocasiones.

Naturalmente los actores: Miguel Ángel Ferriz, Alejandro Camacho y Patricia Bernal, no pueden escapar a esto y su desempeño — correcto y profesional— no llega a donde el espectáculo tampoco lo hace: a crear un espacio nuevo en la sensibilidad y la inteligencia del espectador.

Patricia Bernal y Miguel Angel Ferriz en Muerte súbita, de Sabina Berman, dirección Héctor Mendoza, Teatro El Granero, (Unidad Artística y Cultural del Bosque, 520-4331), martes a jueves (20:30 horas), viernes y sábado (19:30 y 21:00), domingo (18:00 y 20:00 horas). Fotografías Luis Fernando Moguel.