FICHA TÉCNICA



Título obra Mi costa anhelada

Referencia Bruno Bert, “Teatro en el Festival”, en Tiempo Libre, 27 octubre 1988.




Título obra Los sueños de cuerpo

Grupos y compañías Grupo Cuerdas

Referencia Bruno Bert, “Teatro en el Festival”, en Tiempo Libre, 27 octubre 1988.




Título obra El caballero de Olmedo

Dirección Óscar Liera

Referencia Bruno Bert, “Teatro en el Festival”, en Tiempo Libre, 27 octubre 1988.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Teatro en el Festival

Bruno Bert

Guanajuato, Gto. — Llegar a la mitad de un festival es como entrar a un baile cuando éste se encuentra en su clímax: la música a todo volumen y cada cual como en su casa.

El clima participativo del turismo guanajuatense se muestra este año especialmente sonoro y multitudinario. Apenas desembarcado y cruzando la marea humana de las callejas centrales, me toca como primer espectáculo Mi costa anhelada, una especie de zaga que representa a una de las etnias de la Unión Soviética: el Teatro de Yakutia, una región de su territorio asiático, interpretado naturalmente en su lengua original.

Debe tratarse de un espacio cercano al Círculo Polar Ártico, ya que la temática es la iniciación de un cazador del mar (es decir, de lobos marinos) que ritualmente se aleja en las aguas con otros tres acompañantes que son su padre, su tío y el hombre más anciano de la tribu, quien le transmitirá los secretos de la caza. Puede que el parentesco sea real o simplemente ceremonial, pero todos los hechos relacionados al viaje, tanto antes como durante la travesía, nos hablan de un rico material antropológico vertido en este caso en una bella y contundente forma teatral. Si visualmente, para aquellos que desconocemos particularidades de esta región, sus trajes y atavías nos evocan a los Japoneses, en lo que concierne a la vinculación tribal las asociaciones de circunstancia y ceremonia nos llevan al pensamiento lo que relatara Malinowski en los Argonautas del Pacifico Occidental, obviamente encadenados a otros horizontes y climas, pero igualmente ricos en asociaciones míticas con el mar.

Del espectáculo — de casi dos horas y media — son especialmente llamativas algunas circunstancias que le otorgan una particular emoción y profundidad. La primera es su estructura escenográfica: sobre el espacio desnudo del escenario, se han ubicado una serie de telones que están plegados sobre el piso con todas sus sogas de sostén a la vista. En medio se encuentra un bote, también él suspendido desde la altura, aunque al principio apoyado al suelo e invertido. Con la resignificación de solo estos elementos, se va dando todo el clima de la obra. Una breve oscilación de subida y bajada del telón delantero, a una altura de no más de un metro, nos va dando la ilusión del mar; y la canoa que se alza sobre sus sostenes y es enviada de proa hacia la platea nos simboliza con inusitada eficacia su adentrarse en el mar. La aldea lejana, la zona de caza y la masa de bruma que pronto rodeará a la embarcación, están sugeridas de igual forma. Y así con apenas lo esencial, en un claro lenguaje de teatralidad nos es contada una historia que tiene que ver con la dignidad humana, con la lucha de hombre con la naturaleza, con el sentido de II solidaridad y el deber.

La estructura de zaga permite algunos monólogos que acompañan la labor del narrador con sus frases rítmicas y repetidas, algunas de las cuales nos son traducidas. El tono heroico nos vuelve a producir asociaciones dentro de nuestra cultura y nos parece ver por momentos los bardos celtas entonando también su lucha con el mar y su vinculación propiciatoria con lo seres míticos que pueblan las aguas oscuras. Aquí, la mujer-pez y el fabuloso pájaro aguguk. El joven retorna hombre luego de haber pagado su tributo para la consecución de la vida tribal todos danzan en honor al nuevo cazador y en recuerdo perene de sus muertos, porque la cadena de la vida grupa) debe continuar.

El sentido profundamente poético del lenguaje, la vinculación estrecha entre el hombre individual y su marco social y geográfico y el orden mítico que sustenta al clan, relacionan estrechamente a esta obra con muchas zagas que en otros continentes y épocas narraron el elemento similares e igualmente efectivos, eslabonándose entre sí y formando el sostén común de mucha civilizaciones. Es la memoria individual de un pueblo que se espejea en el pasado cultural de otras lenguas y latitudes, hallando encuentros por encima de las diferencias. Un gran espectáculo, en definitiva.

A la salida de este trabajo pude ver los clásicos entremeses cervantinos en la plazuela de San Roque. Dejando de lado lo que hace a la labor de autoría, la diferencia entre ambos trabajos consiste entre lo culturalmente esencial y la intrascendencia turística y folclórica, entre lo fundamental y lo pintoresco, entre lo expresivo y lo que el tiempo y algún director dejó sólo en costumbrista y para el consumo.

Del teatro nacional también hemos visto entre domingo y lunes, Los sueños de cuerpo, del grupo Cuerdas, de México y El caballero de Olmedo, una producción entre el FIC y Sinaloa, bajo le dirección de Oscar Liera.

En lo que hace al primer trabajo, se trata de un espectáculo constituido por imágenes corporales y música, en donde se utilizan técnicas de la danza, la mímica y el teatro, en breves escenas casi siempre unipersonales. Salvo alguno que otro momento sugestivo, o imagen con cierta capacidad de transmisión, lo demás es excesivamente primario, donde en su concepción estética, como en la serie de contenidos que pretende transmitir. Naturalmente, que lo esencial en arte es doblemente apreciado, pero se entiende por tal la elaboración que llega a un grado en que logra despojarse de cualquier elemento accesorio para entregar el trazo muy puro de la síntesis.

Hacer una simple línea sobre un cuadro en blanco, puede ser extraordinario o intrascendente, según sea el camino recorrido por el autor para llegar a ese esencial despojamiento. Lo mismo es en el teatro; pretender que una escena esté constituida únicamente por el cruce lento de un actor, es una audacia que sólo un gran talento y una enorme experiencia son capaces de rendir y ganar la admiración del público. Lo contrario es simpleza y falta de imaginación que se une en este caso a una cierta pobreza de recursos técnicos y de dominio de los mismos. Sólo cuerpos perfectos, técnicas depuradas y un largo camino andado, permitirían una admiración gozosa de lo que propone el grupo. Por el momento, paradójicamente, no están en condiciones de permitirse expresiones tan elementales.

En lo que hace al Caballero de Olmedo, creo que es uno de los espectáculos más fallidos y desconcertantes que he visto de Liera. Fernando de Ita cita en el programa de mano a Aristóteles, a Diderot y a Brecht en relación a la actualidad de los clásicos y su factibilidad de adecuación a un lenguaje escénico que los signifique dentro de nuestra contemporaneidad. Sin embargo, nunca dice que con un clásico se pueda hacer lo que se quiera. Personalmente opino que sí, aún en ésta expresión de exceso... Siempre que los resultados terminen defendiendo la tesis, porque de lo contrario, puede aparecer como pura irresponsabilidad teatral.

Liera nos propone como espacio una sala de baile de los 40's con un rico decorado y bellos trajes, más una orquesta en vivo. Bienvenido, si esto hallara justificación alguna en el transcurso del trabajo. Pero no ocurre nada de eso, sino que todos hablan en verso, mencionan espacios que nada tienen que ver con lo que nuestros ojos observan y se mueven en ellos como si el decorado existente fuera una mera molestia encontrada allí por casualidad. Con semejante criterio lo mismo hubiera dado ponerlos en cualquier otro lugar y circunstancia, por más que el programa de mano advierta que la sala de baile es un equivalente de las ferias y corridas del siglo XVII, donde las clases se mezclaban. La intención puede ser correcta, pero la realización desmiente la propuesta, yuxtaponiendo arbitrariamente espacios y tiempos en forma que da resultados gratuitos y hasta por momentos, grotescos.

Eso sí, cada tanto los actores se lanzan a cantar y a bailar para luego volver las andadas. Ni siquiera pueden prescindir de ciertos accesorios que pide el original, como el uso circunstancial de mantos y capuchas, o canastas con jabones y cartas de amor que se observan francamente absurdos en ese collage sorprendentemente desafortunado. Para completar el panorama, en la escena inmediatamente anterior al final, se cubre todo con gasas, suena música kyogen o kabuki y una figura supuestamente oriental sale dizque danzando, en representación de la muerte. Llegado a estas alturas, confieso que hubiera preferido una odalisca, porque la música árabe me gusta más que la japonesa y las mujeres se ven más atractivas descalzas y entre velos, que con kimonos y tabis.... Y por qué no, también puedo crear un párrafo justificatorio aunque visualmente uno quede asombrado de tanto sin sentido. Pregunta: ¿No habrá sido una broma de Liera?, tal vez sería lo único capaz de justificarlo, pero en ese caso se quedó corto, porque nadie la entendió como tal. En fin, un desperdicio de orquesta y millones.

Equilibrando todo esto, se presentó La marquesa de Sade, y Lo que cala son los filos, pero de ambos espectáculos hemos ya realizado críticas en sus presentaciones en el Distrito Federal, por lo que no vamos a repetir conceptos. Aún quedan varios días con materiales que se antojan interesantes, tanto en lo nacional como internacional, confiemos en ellos.