FICHA TÉCNICA



Título obra La marquesa de Sade

Autoría Yukio Mishima

Notas de autoría Juan Tovar / versión

Dirección José Caballero

Elenco Montserrat Ontiveros, Margarita Sanz, Angelina Peláez

Escenografía Teresa Uribe

Iluminación Teresa Uribe

Espacios teatrales Teatro Casa de la Paz

Referencia Bruno Bert, “Sobresaliente montaje para obra tal. La marquesa de Sade”, en Tiempo Libre, 22 septiembre 1988, p. 41.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Sobresaliente montaje para obra tal
La Marquesa de Sade

Bruno Bert

Es natural que dentro del pensamiento de Mishima, el Marqués de Sade ocupe un espacio relevante. El sentido de la transgresión, la búsqueda apasionada de la trascendencia, la importancia casi dogmática de la sexualidad, el discurso político, las obsesiones religiosas, las ideas sobre la maternidad... dos circunstancias distintas; épocas diversas y un temperamento que a pesar de las diferencias habla profundos puntos de contacto, no por mera superposición sino por hondas seducciones analógicas.

En La Marquesa de Sade, la obra que José Caballero ha montado en la Casa de la Paz, Mishima desarrolla una búsqueda del pensamiento del "Divino Marqués" a través exclusivamente de mujeres (en ambos el rol de la madre fue de suma importancia, ambos fueron homosexuales y también los dos se casaron creando profundos y conflictivos lazos de afecto de la mujer hacia ellos) que van formando aspectos contrarios pero complementarios en el desarrollo de su vida. Especialmente su esposa y su suegra: Renée y Madame de Montruil. Esta última que jugara un papel nada despreciable —según se advierte en las cartas de Sade— en algunos de los múltiples periodos de encierro en las distintas cárceles francesas. Funciona además como síntesis especular de dos de sus obras más importantes, también con nombres de mujer y rasgos opuestos: "Justine" y "Juliette".

No es tanto el aspecto biográfico lo que importa en este trabajo, sino la presencia del pensamiento de Sade en ausencia de él mismo, que marca su contemporaneidad, la vigencia de alguna de sus búsquedas y la sublimación de su insignificancia personal en el corpus de su obra y en la influencia que ésta pudo haber tenido en la posteridad. El viejo Marqués, gordo, harapiento y desdentado no entrará nunca a escena, porque no son sus miserias físicas ni sus intentos patéticos de conciliación lo que interesan. Ni siquiera sus actos reales, tan por debajo de la libertad y la audacia de su pensamiento. El quedará afuera, marginado como de costumbre y pronto para una nueva prisión, ahora definitiva y en Charenton después de participar activa y contradictoriamente en la sección de Piques durante la revolución. Es su pensamiento, su influencia, es su revolución literaria, es el mundo intelectual por él creado lo que se debate en exclusión de sí mismo.

Mishima logra hacer confluir en su obra sus propias obsesiones a partir de aquellas que pertenecen a Sade, y su propio mundo en transición ha cabalgado a aquel otro que le tocó al Marqués, también desgarrado por una realidad cambiante.

Entonces, en La Marquesa de Sade, no sólo se encuentra el pensamiento de uno sino la amalgama de dos intelectuales que parecen prestarse mutuamente la voz para expresarse. Y si hay momentos en que Mishima traiciona a Sade no es más que para recrearlo dentro de su propio sistema de valores y obsesiones.

José Caballero reinterpreta a su vez creativa-mente el mundo de ambos personajes entregando una puesta de líneas muy limpias y claras. Un mundo ordenado que se asienta sobre el cono de un volcán. Vemos las emanaciones de una fuerza oculta y catastrófica que sólo se manifiesta sin embargo a partir del orden y la belleza jugando una vez más con las polaridades de la contradicción.

En esto colabora activamente Tere Uribe con una excelente escenografía y una iluminación que subraya la teatralidad de todo el juego con reminiscencias a la vez barrocas y orientales. Las actuaciones de Margarita Sanz como Renée y Angelina Peláez en Madame de Montruil destacan dentro de un conjunto de buenos trabajos, con su ambivalencia que tanto permite momentos de verismo como —de nuevo— el destaque de un tratamiento netamente "teatral" en el sentido distanciador que aleje de minimizaciones naturalistas. Un buen montaje, en definitiva, de José Caballero y su equipo.

Monserrat Ontiveros y Margarita Sanz en La marquesa de Sade, de Yukio Mishima, versión de Juan Tovar, dirección José Caballero, Teatro de La casa de La Paz (Cozumel 33,. Roma, 286-5315), miércoles a viernes (20:30), sábado (20:00) y domingo (19:00 horas) Fotografías de Luis Fernando Moguel.