FICHA TÉCNICA



Título obra Lo que cala son los filos

Autoría Mauricio Jiménez

Dirección Mauricio Jiménez

Elenco Manuel Poncelis

Espacios teatrales Teatro del Museo del Carmen

Referencia Bruno Bert, “Alegre e irónico espíritu vital. Lo que cala son los filos”, en Tiempo Libre, 4 agosto 1988, p. 7.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Alegre e irónico espíritu vital
Lo que cala son los filos

Bruno Bert

Los lugares alternativos suelen ser especialmente interesantes para una propuesta teatral, pero dentro de la amplia gama de éstos nunca me había tocado ver una obra construida para ser representada en el cajón de una escalera. La elegida para esta circunstancia se encuentra en el Museo del Carmen en San Ángel, tiene una anchura de unos dos metros y medio, es de factura obviamente colonial y se encuentra rematada en su rellano superior por una gran pintura posiblemente de los siglos XVII o XVIII, que representa a la Virgen de Guadalupe.

Al público se lo ubica al pie de esta escalera, por lo que necesariamente no pasan de 40 los espectadores que pueden ver en cada función Lo que cala son los filos que es el nombre del espectáculo del que estoy hablando.

Se trata de una narración no convencional de la Conquista, desde el supuesto lógico de su preconocimiento por parte del que asiste, lo que permite limpiar el trabajo de datos y presentaciones obvias, alternar tiempos, jugar con la ironía, romper esquemas clásicos, incorporar el humor y en definitiva dejarnos con un juego de imágenes apoyadas muchas veces por música en vivo.

No sabemos, ya que el programa de mano no lo dice, de quién, es la idea y la construcción, por lo que tenemos que suponer que, o se trata de una creación colectiva del grupo, o la autoría del trabajo corre por cuenta de su director Mauricio Jiménez, quien además interpreta el papel de Hernán Cortés. En cualquiera de los casos se trata de una idea novedosa con interesantes resultados escénicos, y si el espacio elegido condiciona las formas, han tenido la habilidad de transformar ese aparente condicionamiento en un despliegue de posibilidades, jugando en planos lo que suele darse en una misma superficie, con una alternación de ritmos y figuras que hace atractivo todo el tiempo lo que se nos va mostrando.

La violenta contorsión de los cuerpos, el recurso permanente de la acrobacia y la recurrencia a imágenes fijas de sabor hagiográfico y caricatural hace pasar a segundo plano el valor de los textos que, salvo en momentos de interés, en realidad están por debajo de la fuerza de las propuestas corporales, siendo más interesantes cuando se utilizan en cuanto valor de sonido coral, como por ejemplo en la enumeración ávida de las riquezas vistas por primera vez en Tenochtitlan por los conquistadores. Se trata indudablemente de un espectáculo donde la imagen queda prioritarizada, con una factura violenta e imaginativa que parece desprenderse de una novela de caballería o de un fresco de los grandes muralistas mexicanos.

El trabajo de los actores es parejo, y aunque por momentos se individualicen identidades forman siempre una unidad de la que sólo se distancia quien representa a los indígenas, el actor Manuel Poncelis, quien no sólo tiene los rasgos físicos del americano, sino que también se maneja dentro de un esquema de acciones y movimientos claramente diferenciados y de forma muy convincente, en connivencia con el público al que permanentemente se dirige, haciéndolo cómplice de esta visión donde los vencidos asumen su dolor pero son capaces, a la larga, de proponerse como vencedores por su capacidad de sobrevivencia no sólo física, sino sobre todo cultural, en ese mundo de cambios radicales. Es finalmente el mexicano de hoy el que quiere hablar por su boca, desarrollando estrategias de una agresiva capacidad acorde a tantas invasiones como las recibidas, y de las que siempre emerge para continuar sintetizando una raza acostumbrada a convivir con la muerte sin dejar de lado un alegre e irónico espíritu vital.

Se trata en definitiva de un trabajo con un gran espíritu juvenil que se evidencia no únicamente en la edad de sus actores sino en ver la fuerza con que emprenden la tarea y en la forma de sus resoluciones. Y si algunos pecados teatrales se cometen, quedan compensados por esta energía que tan bien haría en provocar contagios en una cartelera languideciente como la que hoy tenemos en nuestra ciudad.

Escena de Lo que cala son los filos, autor y director Mauricio Jiménez, Museo del Ex Convento del Carmen (Av. Revolución y Monasterio, San Angel), sábados (20: 00), domingos (18:00) y lunes (20:30 horas). Fotografías de Luis Fernando Moguel E.