FICHA TÉCNICA



Título obra Noches blancas

Autoría Fiódor Dostoyevski

Notas de autoría Vicente Leñero / adaptación

Dirección Manuel Montoro

Elenco Emoé de la Parra, Arturo Beristáin

Escenografía Guillermo Barclay

Espacios teatrales Teatro Helénico

Referencia Bruno Bert, “Moral, según la nobleza prerevolucionar. Noches Blancas”, en Tiempo Libre, 9 junio 1988, p. 41.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Moral, según la nobleza prerevolucionar
Las relaciones peligrosas

Bruno Bert

La obra de Dostoievski en la que se basa el presente espectáculo fue escrita en su juventud, a apenas dos años de sus primeras publicaciones, en 1848; es decir en pleno apogeo del romanticismo, estilo al que sin embargo nunca fue demasiado afecto el gran autor ruso que prefería un realismo, muchas veces teñido de elementos fantásticos, con una gran componente de introspección psicológica y elementos metafísicos que le permitiera la dualidad de una pintura personalísima y al mismo tiempo con fuertes tintes sociales.

En Noches blancas se dan los gérmenes de algunos elementos que desarrollará en su narrativa mayor, al regreso de esa experiencia terrible de una condena a muerte conmutada minutos antes de la ejecución y de un largo destierro a las prisiones siberianas. El clima geográfico y psicológico de San Petesburgo, la pequeñez de los personajes, la frustración de las mínimas aspiraciones, la herida de los sentimientos, la soledad imponiéndose en esas vidas miserables, la fantasía como una evasión insatisfactoria hacia mundos interiores... todo un facetado de artistas caras a Dostoievski que reencontraremos una y otra vez en su narrativa.

Vicente Leñero lo adapta para el teatro conservando las características fundamentales de la obra que, aunque alejada de los espacios habituales del dramaturgo mexicano, maneja los temas que siempre le han interesado. Y de entre ellos, en primer lugar, la marginación de los protagonistas, acentuando tal vez un poco el sesgo romántico sin menoscabo de la visión social que emerge del diálogo y de la situación de los personajes. De todas maneras, como es característico en Dostoievski, la linealidad descriptiva es sustituida por núcleos que son tempos psicológicos en donde la discusión entre los personajes o los monólogos de introspección sustituyen la tradicional estructura narrativa de su época. Esto, que en la literatura constituyó una innovación, en teatro estatiza a los actores a los que sólo les queda el deshilvanar de estos matices del pensamiento y las sensaciones, desprovistos casi de acciones de sostén.

Estos "frescos del alma" se integran justamente a un clima pictórico a partir de la escenografía de Guillermo Barclay, que monta un puente de San Petesburgo cuidando que a la verosimilitud realista se le sume una texturación ambiental apropiada a la propuesta de Dostoievski-Leñero. La realización del escenógrafo—totalmente concordante con la línea de dirección de Manuel Montoro —es particularmente bella porque logra conjuntar los opuestos en la pesadez del metal y la ligereza de ese eterno atardecer en un rincón de la ciudad. Zona de sombras y luces tamizadas que corresponde al interior de Nástenka y el desconocido. Espacio público pero personal, porque y sin embargo rico en matices, sobre un agua pesada que tanto puede encarnar el nacimiento como la muerte.

Hablando de valores estrictamente dramáticos, no resulta fácil para el espectador seguir el breve desarrollo de esas cuatro noches que se nos presentan sin un cierto distanciamiento que provoca tal vez un lenguaje y una visión del mundo un tanto alejada de la nuestra y que debe soportarse exclusivamente por el diálogo y la capacidad de encarnación de los actores, siempre en un tono medio y asordinado. Emoe de la Parra y Arturo Beristáin intentan permanentemente hacernos tímidamente cómplices de ese devenir sin sucesos, de ese ser sin acciones pero, más allá de su capacidad para lograrlo, ciertamente cuentan con un material difícil (tal vez por su extrema simplicidad exterior) que en más de un momento llega a producirnos monotonía y un tanto de aburrimiento. Puede que más bien se trate de un problema nuestro, como pobladores de una época que nos ha acostumbrado a colores más estridentes que esos grises y pardos constantes, aún para definir la mediocridad; y a incursiones donde el sentimiento posee mayor poder en los cuerpos, aquí tan alejados y enconchados en sus trajes como corazas contra el dolor.

En definitiva, un "cadáver exquisito" (resignificando la frase surrealista) para gustar desde puntos muy extremos de la sensibilidad.

Blanca Guerra, Tina Romero y Enrique Álvarez Félix en Las relaciones peligrosas, de Christopher Hampton, dirección José Luis Ibáñez, Teatro Helénico (Av. Revolución 1500, San Ángel, 5483375), martes y viernes (20:30), sábado (18:00 y 21:00) y domingo (18: 00 horas).