FICHA TÉCNICA



Título obra El trino del diablo

Autoría Alberto Miralles

Dirección Eduardo Ruiz Saviñón

Elenco Mauricio Davison, José Ángel García, Elena de Haro

Espacios teatrales Foro Sor Juana Inés de la Cruz

Referencia Bruno Bert, “Por una Margarita así, meto la mano al fuego. El trino del diablo”, en Tiempo Libre, 24 marzo 1988, p. 43.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Por una Margarita así, meto la mano al fuego
El trino del diablo

Bruno Bert

El mito de Fausto viene interesando al hombre desde hace siglos y periódicamente, desde Marlowe a nuestros días, aparecen reinterpretaciones acordes con el espíritu cambiante de cada época pero que conservan en esencia a la transgresión, el conocimiento, la sensualidad y la trascendencia o salvación como nudos básicos. Alberto Miralles vuelve sobre él en El trino del diablo, la obra que bajo la dirección de Eduardo Ruiz Saviñón se está presentando en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz, en el Centro Cultural Universitario.

Fausto, en este caso, es un actor contemporáneo en la cima de su fama, que se maneja esencialmente con dos arquetipos que ha dado el teatro, como justamente el mismo Fausto, Edipo, Don Juan, etc. y Margarita, una actriz mediocre en su elenco pero de una gran belleza y esencialmente capaz de amar. En cuanto a Mefistófeles, conserva su carácter de tal, en busca del pacto y la firma, con la versatilidad que le da el tippo y los recursos que su cliente exige.

La obra de Miralles es un interesante instrumento literario que, un poco vagamente me recuerda la construcción que hace Michel de Ghelderode con las suyas. Es decir, que lanza un texto extenso e ininterrumpido, con frondosos momentos reflexivos y un jugoso lenguaje y sin embargo, presupone no una escena quieta con actores parlamentando, sino un fárrago escénico con todos los recursos de la magia y del aparato ilusionista funcionando descaradamente a la vista del público.

El grotesco y el naturalismo se mezclan, disocian y comentan mutuamente, mientras la escena estalla en pirotecnia, se cometen asesinatos, se resucita a los muertos y seres diabólicos y humanos conviven mezclando actos que pretenden lo obsceno en una desesperada necesidad de transgresión, de divinidad o trascendencia.

Preguntas metafísicas y cuerpos desnudos; discursos filosóficos y la inutilidad del hablar y del hacer en medio del caos que dura sólo el momento de una noche o el filo de un amanecer, que nunca llega. Claro que en el caso de Ghelderode se recurre a grupos extensos de actores y la parafernalia desplegada excede todo lo imaginable; mientras que en Miralles sólo tres resumen a todos, aunque el espacio intente la misma confluencia de lo divino y humano, de lo teatral que se muestra a sí mismo, como reflejo de una plenitud por el sentimiento y la entrega que queda sippre un poco más allá de lo conseguible.

No significa, sin embargo, que tengamos que tomar demasiado literalmente las analogías, pero éstas claramente existen como sugerencias.

Eduardo Ruiz Saviñón parece amar ese clima de máscaras y cadáveres fingidos en medio de un mar de palabras y efectos. Lo último que recordamos de él, la puesta de Juegos profanos, también se desarrollaba sobre la misma frecuencia, aunque la tpática y los objetivos fueran distintos. En este caso, sin embargo, existe una fractura entre los desenfrenos formales que el director prodiga y los que el autor propone. Un pequeño paso en falso que quiebra la unidad, falseando los resultados que se traban entre poleas, gasas, paredes móviles, chisporroteos y camas volantes. El aparato se sobrecarga y, como el caso de Frankenstein de la novela, se vuelve contra el mismo autor intentando aplastarlo con el peso de sus engranajes. Los actores, muñecos escénicos al fin, cargan con una pesada responsabilidad de la que sólo Elena de Haro sale airosa, conjugando una gran energía, una interesante capacidad vocal y un lanzamiento para sus personajes que la hace presente todo el tippo. Mauricio Davison construye un interesante Fausto y obviamente no carece ni de recursos ni de capacidad, pero se vuelve plano en el transcurrir de la obra, repitiéndose hasta desgastar la originalidad de la imagen inicial. En cuanto a José Ángel García, se le ve entregado a la cansadora exigencia de u Mefistófeles, pero se queda por debajo de lo que semejante personaje exige de un actor.

En definitiva, un conjunto de elementos interesantes que no logran integrarse plenamente en una unidad creativa.

Mauricio Davison, José Ángel García y Elena de Haro en El trino del diablo, de Alberto Miralles, dirección Eduardo Ruiz Saviñón, Foro Sor Juana Inés de la Cruz, Centro Cultural Universitario (Insurgentes Sur 3000), miércoles a viernes 20:30; sábados 19:œ y domingos 18:00 horas.