FICHA TÉCNICA



Título obra Todos eran mis hijos

Autoría Arthur Miller

Dirección Óscar Morelli

Elenco Óscar Bonfiglio, Narciso Busquets

Espacios teatrales Teatro Julio Prieto

Referencia Bruno Bert, “Miller, 40 años después, Todos eran mis hijos”, en Tiempo Libre, núm. 397, 17 diciembre 1987, p. 45.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Miller, 40 años después Todos eran mis hijos

Bruno Bert

La clásica obra de Arthur Miller Todos eran mis hijos acaba de cumplir cuarenta años de haber sido escrita. Es decir que se estrenó en los tiempos inmediatos a la posguerra, en un país triunfante que ejercía la hegemonía mundial, en ese momento indiscutible, y cuyos valores y poderío económico parecían volverse modelo admirable, sobre todo en la visión de sus propios habitantes.

Dentro de ese clima, obviamente no libre de contradicciones pero de tono exultante, la obra de Miller era una fuerte pedrada en el escaparate iluminado de la autoseguridad social americana. Mostrar que los triunfadores habían lucrado con sus propios muertos; que los ideales eran secundarios al sistema de ganancias, y decir por boca de su protagonista —culpable de la muerte de veintiún aviadores por inescrupulosidad de negociante— que en definitiva si él merecía la prisión por eso, al menos la mitad del país también debiera haber ido a la cárcel por igual o similares motivos, era indudablemente atrevido.

Sin embargo, Miller supo manejarse con habilidad suficiente como para que el mensaje expresado no sufriera el rechazo y, al contrario, se constituyera en un formidable éxito capaz de lanzarlo a la fama y los premios. Para esto se sirvió de una confrontación generacional en donde los nuevos americanos, los que habían peleado como soldados en la guerra, estaban exentos de culpa, enfrentaban hasta el límite la desilusión e intentaban una verdadera reconstrucción sobre bases moralmente más sólidas. Esto, que cuestionaba una ética y no al sistema que le daba vida, era socialmente tolerable. Utilizó un tono de realismo psicológico, muy de acuerdo con el momento, con una estructura teatral fundamentalmente basada en la palabra, en la discusión, en la controversia conceptual, como reflejo de un mundo que viene del exceso de acción y necesita ahora reflexionar, pensar, tomar posiciones.

En Todos eran mis hijos casi no hay acciones, sólo un largo debatir sobre acciones que ya sucedieron y el estallido final como nexo entre un mundo que debe terminar y otro que ahora comienza su propia línea de vida aún trabada por el temor y la herencia que recibe. Todo esto es lo que hace a la obra de Miller un interesante exponente del teatro de aquellos años.

La puesta, a cargo de Óscar Morelli, se ciñe al estilo de entonces, lo mismo que la escenografía de Humberto Figueroa y el trabajo de los actores, con un elenco de conocidos profesionales del teatro.

Pero han pasado los años, y si aún puede interesarnos la postura del autor, la distancia nos hace ver determinadas fisuras que son tolerables para la obra pero ya no para la estructura de puesta. Figueroa nos construye un espacio de visión naturalista pero profundamente falso, tal vez para acentuar la falsedad en, que se apoya ese mundo, también prefabricado y "teatral", en el peor sentido del término, ya que todo es fachada y apariencia por la que se escapa la mentira y la incredulidad. Sin embargo, a pesar que tal vez desde este ángulo la idea es correcta, la realización de la misma adolece de ingenuidad artística, de literalidad, provocando la duda, la pregunta, sobre si no existen caminos más fértiles para lograr la misma intención.

La puesta de Morelli poco agrega a lo que el mismo Miller aporta, y apenas si es algo más que un trazo de movimientos escénicos, de disposición de actores en el espacio para crear un equilibrio básico en los desplazamientos. En cuanto a los actores mismos, desarrollan una labor que pareciera ignorar lo que se ha agregado al lenguaje teatral en los cuarenta años transcurridos desde el estreno del drama, manejando un naturalismo correcto pero que se quiebra hacia lo convencional en los momentos culminantes, que no son pocos, sobre todo en el segundo acto. Su desgarramiento es formal y salvo momentos excepcionales, no logran convencernos para que veamos carnalidad y dolor debajo del gesto y del grito. Todo queda en una representación más o menos hábil de los sentimientos, hecho largamente superado por la misma escuela americana de los cincuenta y sesenta.

Entonces, Todos eran mis hijos, en esta ,versión que podemos ver en el teatro Julio Prieto, puede servirnos como imagen de un camino recorrido o aún por recorrer de cierto tipo de teatro que no ha muerto a condición que aportemos a él los elementos más válidos que se han desarrollado desde entonces para mantener el género.

Óscar Bonfiglio y Narciso Busquets en Todos eran mis hijos, de Arthur Miller, dirección Óscar Morelli, Teatro Julio Prieto (Xola y Nicolás San. Juan, Col Del Valle, 543-3478), martes a jueves (20:30), viernes y sábado (19:00 y 21:30) y domingo (17:00 y 19:30 horas). (Fotografías de Luis Fernando Moguel).