FICHA TÉCNICA



Título obra De la calle

Autoría Jesús González Dávila

Dirección Julio Castillo

Elenco Roberto Sosa Martínez

Escenografía Gabriel Pascal

Espacios teatrales Teatro del Bosque

Referencia Bruno Bert, “De la calle. Espectáculo excepcional, infierno, pesadilla, ciudad descarnada”, en Tiempo Libre, núm. 380, 20 agosto 1987, p. 43.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

De la calle, espectáculo excepcional
Infierno, pesadilla, ciudad descarnada

Bruno Bert

Ver un promedio de unas cien obras anuales genera un "profesionalismo" de la visión que suele inmunizar contra el impacto. Sin embargo, un par de estos trabajos logran cruzar subrepticiamente esa especie de radar y estallan con inusitada violencia al interior de la sensibilidad del prevenido. Es claramente lo que me sucedió con la obra de Jesús González Dávila De la calle que bajo la dirección de Julio Castillo se está presentando en el Teatro del Bosque.

Es indudable que Julio Castillo es uno de los directores más fértiles y al mismo tiempo con el mayor sentido del riesgo que dispone nuestro medio. Es fascinante ver cómo bordea constantemente el peligro del exceso sin dar jamás ese diminuto traspié que rompa la tensión y destruya la eficacia, dentro de un montaje con elementos del grotesco y del esperpento en contraposición a un realismo que —como marca acertadamente Vicente Leñero en el programa de mano—nos conduce de la conciencia al dolor y de éste el pánico.

Narrativamente, la obra de González Dávila propone la simpleza de un cuento infantil: la búsqueda que un niño casi adolescente emprende en la doble tensión hacia el futuro representado por la niña de rojo (¡Y vaya imagen simbólica en el último diálogo entre ambos!) y el pasado, en la necesidad de saber de sus orígenes y conocer a su padre. Hay un algo de mito Orféico o de prevención bíblica: volverse es perder la posibilidad de emerger, es transformarse en sal, es morir. Y hay condenación porque no existe el futuro ni espacio para la esperanza: origen y fin coinciden apocalípticamente en un fresco sin remisión.

En ese viaje a ninguna parte donde no hay distancias ni tiempo va hallando en los espacios marginales, en las calles de la ciudad, toda la corte barroca de la destrucción, la droga, la prostitución, el robo, el asesinato... las cloacas, lugar simbólico y profundo, subterráneo, donde todas las pesadillas son posibles y cualquier realidad supera la fantasía más desenfrenada a la luz del descarne de todos los valores y todos los sentimientos. Las imágenes de los que rodean a Rufino, el protagonista, cuyo nombre tal vez no sea casual, sufren una constante sobredistorsión que se acentúa por comparación a él que, viviéndolo, no los advierte más que como el único mundo posible, sin otros parámetros ni posibilidades de salida. Rufino es el conductor empático donde los valores del espectador pueden aferrarse para ser desvirtuados en un medio muy similar a los caminos del infierno en donde los roles y nombres tradicionales, como madre, padre, amigo, anciano, pareja, amor, no tienen más sentido que el de su propia subversión como en un desdoblarse pesadillesco. Tal vez como ejemplo de esto—para no tocar los picos finales de la destrucción— se marca antológicamente la escena del adolescente con ese anciano al que no vemos, al que intuimos como una bestia metamórfica en un ámbito que tiene de baño público y laberinto dantesco guardado por este ser mitológico y prohibido que la gente esconde cuando intenta emerger hacía la luz. "Ven —le dice luego de haberle contado su concepción y nacimiento— que el amor de un anciano es puro como el de un niño", mientras su mano comienza a manosearlo frenéticamente.

La ambientación escenográfica de Gabriel Pascal es especialmente limpia y francamente esencial: como la mesa de mármol que soporta los cadáveres en una morgue. Pero tal vez lo que más nos llame la atención es la capacidad del director tanto para la concepción general como en el manejo de los actores, logrando arrancar de muchos que son estudiantes momentos, climas y ritmos de un compromiso más que profesional, mereciendo, por supuesto, un respetuoso silencio admirativo el extraordinario trabajo de Roberto Sossa Martínez en su composición de Rufino.

En fin, un espectáculo absolutamente excepcional que simple y aterradoramente muestra lo que esconde el pesado y prostibulario maquillaje de nuestra ciudad.

Elenco de De la calle, de Jesús González Dávila, dirección Julio Castillo, Teatro del Bosque (atrás del Auditorio Nacional), 520-4332; martes a sábado 20:30; domingos 18:00 horas