FICHA TÉCNICA



Título obra Juegos fatuos

Autoría Carlos Olmos

Dirección Carlos Téllez

Elenco María Rubio, Diana Bracho

Escenografía Cristina Martínez de Velasco

Vestuario Cecilia Garcia Molinero

Espacios teatrales Teatro del Polyforum Cultural Siqueiros

Referencia Bruno Bert, “Juegos fatuos. De mujer a mujer: Un lugar sin tiempo”, en Tiempo Libre, núm. 376, 23 julio 1987, p. 45.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Juegos fatuos
De mujer a mujer: un lugar sin tiempo

Bruno Bert

El juego, el recuerdo y el sueño se encuentran entrelazados, ya que el recuerdo evoca, el entresueño modifica lo que fue para acercarlo a "lo que debió ser", y el juego conjuga ambas vertientes transformando en "real" lo que antes sólo era posible o deseable. En sus extremos es la forma patológica de negar lo que duele y transcurre para anclarse en un mundo indiferenciado e infantil donde lo externo se vuelve una prolongación de ml y se pliega dócilmente a mis deseos.

Esto, tanto en lo personal como en lo histórico, y es frecuente que las formas artísticas reflejen este proceso o incluso lo constituyan en sí mismas.

En la dramaturgia mexicana son varias las obras que, sin investigación alguna, vienen de inmediato a la memoria con elementos similares. Y entre ellas por supuesto la trilogía de juegos de Carlos Olmos, de los cuales podemos apreciar dos en cartelera ya que acaban de reestrenarse los Juegos profanos, del que hiciéramos crítica en su oportunidad, a los que ahora se suman estos Juegos fatuos que en el Poliforum nos ofrecen Diana Bracho y María Rubio bajo la dirección de Carlos Téllez.

De nuevo son dos mujeres, ama y criada (como en Voces en el umbral, de Rascón Banda, o Ruinas, de Edna Ochoa), que se encierran en el lugar sin tiempo de su locura para no crecer, y perdurar en la angustia pero también en la esperanza de modificar al mundo a partir del mero deseo y la convocación mágica del juego repetido y ceremonial. Sin embargo, a diferencia de las otras dos, no es el odio lo que las vincula, sino, como en el caso de los hermanos de Juegos profanos, la otra obra de Olmos, es el amor, aunque éste sea extraño y obviamente contradictorio.

De nuevo aparece la revolución como fantasmal elemento de "barbarie" que destruye un mundo de privilegios no razonados, sembrando muertos y terror, cambiando todo en definitiva pero dejando sin embargo desapercibidos sobrevivientes de las clases y valores derrotados. Muertos-vivos enquistados en la realidad histórica de México que aparecen periódicamente como ramalazos reiterados en su literatura y en su teatro. Dramatúrgicamente, la obra de Olmos mantiene una interesante dinámica en su desarrollo, con un manejo de climas y situaciones que al no excluir la ambivalencia del humor y los sentimientos permiten gozar una anécdota previsible pero sin obviedades, sin perder de vista las otras posibles lecturas en cuanto a las ideologías que contiene. Tal vez se vuelva demasiado enfática y un tanto didáctica en el monólogo casi final de la criada cuando aclara sobre el sentimiento que las une (en la formulación actual de puesta recuerda un giro similar en la intención épica del monólogo final de Las criadas, de Genet), pero en todo caso es un pecado menor dentro de la estructura.

El trabajo de la dirección, entretejido en las acciones, casi no se advierte, lo cual resulta claramente un elogio siendo que los resultados finales de obra son buenos y producto indudable de su pericia. Junto, claro, con la de las actrices, que se muestran convincentes y seguras dentro de la frágil estructura de sus personajes. El trabajo de ambas es parejo y más allá de los gustos que puedan inclinar a cada espectador hacia una u otra, indudablemente forman un excelente dúo, sobre todo en las alternancias de sentimientos cotidianos y en los matices del juego y la complicidad.

Y ya que estamos, con justicia, elogiando a uno y a otras, no dejemos fuera de la ponderación a la propuesta escenográfica de Cristina Martínez de Velasco, creadora de un espacio incorporado a la multiplicidad de sugerencias que conlleva la obra de Olmos, y al vestuario a cargo de Cecilia García Molinero que aporta la belleza de lo cuidado en el detalle y lo verosímil sin menoscabo de lo teatral.

María Rubio y Diana Bracho en Juegos fatuos, de Carlos Olmos, dirección Carlos Téllez, Poliforum Cultural Siqueiros (Insurgentes Sur y Filadelfia, Col. Nápoles, 536-4520024), jueves y viernes (20:30), sábado (19:00 y 21:30) y domingo (17:00 y 20:00 horas). (Fotografía de Luis Fernando Moguel).