FICHA TÉCNICA



Título obra Yo soy el camino

Notas de Título The passing of the third floor back (título en el idioma original)

Autoría Jerome Klapka Jerome

Notas de autoría José Manuel Ramos y Armando de Maria y Campos / traducción

Dirección Ernesto Vilches

Elenco Aurora Walker, Clara Martínez, Prudencia Grifell, Ernesto Vilches, Rafael López somoza, Patricia Morán, E.C. de Rodríguez, Josefina del Mar, Francisco Llopis, Daniel Arroyo, Alfredo Almanza, Armando Velasco

Escenografía Manuel Fontanals

Grupos y compañías Compañía de Ernesto Vilches

Referencia Armando de Maria y Campos, “Estreno por la compañía de Ernesto Vilches de Yo soy el camino”, en Novedades, 9 noviembre 1948.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Estreno por la compañía de Ernesto Vilches de Yo soy el camino

Armando de Maria y Campos

Jerónimo Klapka Jerome, autor inglés nacido el 2 de mayo de 1859 y fallecido en Northampton el 14 de junio de 1927, fue educado en la escuela filológica de Marylebone, en Londres. Fue sucesivamente dependiente de tiendas, maestro de escuela y actor, antes de que se dedicara definitivamente al mundo de las letras como periodista. Logró andar una reputación como humorista en 1869 con Pensamientos ociosos de un hombre ocioso y Tres hombres en un bote. De 1892 a 1897 fue coeditor de El Ocioso, periódico humorista, en compañía de Robert Barr. Al mismo tiempo fue editor del magazine Ahora. Una comedia suya en un acto, Bárbara, fue representada en el teatro El Globo, en 1886, seguida por varias otras, entre las cuales podemos citar: Sunset (Puesta de sol), el año 1888; Wood Barrow Farm, en 1891; The passing of the third floor back (El inquilino del tercer piso) en 1907. Entre sus últimos libros están Cartas a Clorinda; Los segundos pensamientos de un hombre ocioso, publicado en 1898; Tres hombres en Brumell, en 1900; Tommy and company, en 1904 y They and I, en 1909.

Se ha comparado la obra de Jerome con la del humorista norteamericano Mark Twain, y es evidente que poseía, como el formidable autor de Huckleberry Finn, la cualidad de hallar el lado ridículo de las cosas ahí donde los demás hombres no ven más que la normalidad. Sin embargo, esta cualidad no es en Jerome tan amarga como en Mark Twain, cuyo humorismo posee más causticidad y agudeza. Su obra póstuma fue My life and times (Mi vida y mis tiempos), una autobiografía.

El público de México recordará el éxito que alcanzó en el Fábregas, en 1935, la pieza en tres actos de Jerome The soul of Nichols Snyder (El alma de Nicolás Snyder), interpretada por Virginia Fábregas y Fernando Soler, cuando estos grandes artistas se encontraban en el apogeo de su carrera, a través de una versión de José Manuel Ramos y Armando de Maria y Campos. En mi libro Presencias del teatro (Botas, 1937), dedico un amplio capítulo a este significado suceso teatral e invito al público a interesarse en la producción teatral de este singular autor, señalando el éxito que en París acababa de alcanzar The passing of the third floor back, titulado en francés Le divine locataire. Por cierto que, interesado Soler en esa obra, pidió que se le tradujera, y los mismos traductores de El alma de Nicolás Snyder le hicieron la versión con el título de El inquilino del tercero, versión que no llegó a representar Soler por no recuerdo qué causas, creo que la primera y más importante fue la de que concluyó la temporada antes de lo previsto. Años más tarde se interesó en ella Ricardo Mondragón; la leyó; pero al comprobar que no estaba en tipo físico y que no había en la obra papel de envergadura del temperamento de María Tereza Montoya, desistió representarla, y la traducción cayó al fondo del cajón en que se olvidan los actos fallidos.

Hace dos años, Vilches me habló de que había representado en Sudamérica, como base de temporada, una obra extraordinaria, titulada Yo soy el camino, y que se proponía tomar teatro y formar compañía para representarla en México. Tropezó con dificultades, pero hace año y pico, cuando actuaba en el Fábregas la bella actriz filipina María España Vidal, estuvo a punto de realizar sus sueños; entonces, y atendiendo a mi amistad con la bella actriz y a que a veces atendió mi consejo, me refirió parte del argumento, y caí en la cuenta de que se trataba de The passing of the third floor back, que ahora, es decir, anoche, viernes 5, ha logrado por fin representar en México (y que, estoy recordando, no es la primera vez que sucede aquí en México, pues hace varios años alguna de esas compañías organizadas rápidamente y que para su desgracia realizan temporadas de dos o tres días, la puso en el Ideal ante escasísimo auditorio, dos o tres noches. En realidad, la obra de Jerome era desconocida del público de México hasta su actual representación por la compañía de Ernesto Vilches).

La compañía de Ernesto Vilches –con la sola excepción de doña Prudencia Grifell, a la que se anuncia como "actriz cooperadora"– es Ernesto Vilches. El gran actor español, que trabajó en su juventud en México, años antes del 10, al lado de Virginia Fábregas: que fue figura en España desde que se reveló con El rubio, de La malquerida benaventina, al lado de María Guerrero; que vino luego a México en 1921, alcanzando extraordinario éxito con El amigo Teddy, El eterno don Juan y Wu Li Chang; que ha hecho grandes y fecundas temporadas en otras ocasiones, dando ]rienda] suelta a su manía –generosa, elogiable manía– de hacer actrices y actores, logró presentar su predilecta obra de Jerónimo K. Jerome, como él sólo sabe hacerlo, ¡como Vilches! Buscó Vilches, y tuvo la fortuna de hallar, actrices y actores a la medida de los papeles, particularmente entre ellas. Aurora Walker está excelente en la pintarrajeada "solterona" y Clara Martínez resulta una admirable "Julieta". Dicho está que doña Prudencia logra una actuación excepcional. Su "Patrona" es insuperable. Su escena final del primer acto, con Vilches, es una de las mejores de que puede gloriarse ahora el teatro español desde el seco Manzanares hasta el simbólico Plata bonaerense. La maestría de Vilches, como director e intérprete, permite que todas las escenas que este gran comediante va teniendo, en su turno, con cada uno de los personajes de la obra, resulte admirable. La escena con Rafael López Somoza, hijo del gran actor cómico y de la difunta Blanquita Erbeya, se resolvió en un mutis muy aplaudido para el joven galán, que se conmovió hasta las lágrimas. Lo mismo ocurrió con la escena que Vilches tiene con la joven actriz Patricia Morán, cuyo mutis también fue comentado con aplausos.

La señorita Morán, que en las primeras escenas habla con un acento de "niña aplicada", al final de la obra se mueve ya como actriz de porvenir, gracias a Vilches. La señora E.C. de Rodríguez compuso su breve papel con buen gusto, y la señorita Josefina del Mar, muy bien vestida, se proporcionó la satisfacción de lucir como vedette durante el tercer acto –habida cuenta de que se dice por allí que además de actriz debutante, es coempresaria de este espectáculo–, aunque con no mucha fortuna. Eso sí, luce bellísima. El grupo de actores –Francisco Llopis, Daniel Arroyo, Alfredo Almanza y Armando Velasco, éste muy seguro en su "judío", no desentonó– porque todos supieron disciplinarse a la férrea disciplina de Vilches, que hace lo que le viene en gana con los actores que se someten a su experimentada dirección, y también, un poco, con las obras, porque a ésta de Jerome, estrenada en 1907, le ha dado tan traviesos toques de actualidad, que de acuerdo con ciertas alusiones, parece escrita en estos días del terror de la bomba atómica y del caliente desenfreno de la conga. En el tercer acto, para gusto y ocasión a Josefina del Mar, se simula la presencia de un micrófono con una cucharilla de café, y se permite que la bella y ambiciosa muchacha haga una imitación de Lucienne Boyer. Pero todo está bien, si, como en este caso, se logra un espectáculo amable, digno y entretenido.

La pieza de Jerome, representada por Vilches en la Argentina, en Uruguay, en Chile y en Bolivia, es una fina comedia con tesis evangelista. A una casa de huéspedes, pequeña ciudad de pasiones, llega El, o uno de sus pastores o ministros, y predicando con bondad evangélica logra que cada uno de los personajes se encuentre a sí mismo y rectifique su vida, hallando el camino de la verdad por la bondad. Vilches acentúa con mucha travesura y habilidad, actitudes y acción que recuerdan la figura de Él, produciendo un conmovedor efecto en el público, y como la obra la lleva con un ritmo vivo, luminoso y amable, el auditorio se entretiene, piensa un poco y, satisfecho, aplaude al final.

La escena presentada está con el decoro que es característico en Vilches, y se apoya en un boceto de Fontanals, el pintor y escenógrafo que tan excelente carrera ha hecho en México gracias a su talento y buen gusto.