FICHA TÉCNICA



Título obra El caso de don Juan Manuel Solórzano

Autoría Agustín Lazo

Elenco Beatriz Aguirre, Miguel Maciá, Augusto Benedico, Agustín Sauret, Mario Murataya

Grupos y compañías Los Amigos del Teatro

Notas de grupos y compañías Cipriano Rivas cherif / director

Notas Transcripción de la Historia de lo sucedido a Juan Manuel de Solórzano del historiador José Gómez de la Cortina (conde de la Cortina), que junto con la conseja respectiva, Agustín Lazo adaptó al teatro

Referencia Armando de Maria y Campos, “La versión del conde de la Cortina y de Agustín Lazo en El caso de don Juan Manuel Solórzano”, en Novedades, 2 noviembre 1948.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

La versión del conde de la Cortina y de Agustín Lazo en El caso de don Juan Manuel de Solórzano

Armando de Maria y Campos

El conde de la Cortina y Castro, historiador de México de origen español, escribió el año 1839 la Historia de lo sucedido a don Juan Manuel de Solórzano, que fue recogida en hojas y folletos populares. Es muy poco conocida, aunque en ella se inspiró don Luis González Obregón para trazar su magnífica crónica sobre la calle que llevó el nombre del famoso personaje español, y a otros escritores que han historiado la leyenda de las calles de México, incluso don José María Marroquí en su aún no superado libro sobre La ciudad de México. Por tratarse de una relación escrita con mucho sabor y poco conocida, la transcribo casi íntegra, tomada de una bellísima hoja popular publicada por don Ildefonso T. Orellana, el dos de noviembre de 1886, coincidiendo con la tradicional celebración de Difuntos.

"Por los años 1623 y 1630, vivía en México un caballero Español, natural de Búrgos, llamado D. Juan Manuel de Solórzano, que había venido a esta América con la comitiva que trajo consigo y Virey D. Diego Fernándes de Córdoba, marqués de Guadalcazar, y ya disfrutaba de grandes bienes de fortuna y consideración, cuando entró de Virey D. Lope Diaz de Armendariz, marqués de Cadereita.

La privanza que logró Don Juan Manuel con ese personage fué tanta, que se le hicieron cargos de ella al Virey en la Corte de España.

En 1636 contrajo matrimonio D. Juan Manuel con Doña Mariana Laguna, hija única de un rico minero de Zacatecas, cuyo dote aumentó las riquezas de aquel; y ambos consortes pasaron á habitar una casa contigua al Palacio.

Esta procsimidad de habitación parece que estrechó más las relaciones amistosas entre el marqués y D. Juan Manuel, llegando á tal grado, que pasaban juntos la mayor parte del día, con graves murmuraciones del público, que no estaba acostumbrado a ver á los Vireyes visitar las casas de los particulares. Aumentose el desafecto hacia el marqués cuando se supo que daba a D. Juan la administración general de todos los ramos de real Hacienda, y por consiguiente la intervención de las flotas que venían de la Península; y como en esos ramos siempre había tenido gran parte la Audiencia, pronto empezaron las quejas y representaciones al Rey, pintando al marqués con los colores más odiosos, y amenazándo con una revolución más violenta que la del tiempo del marqués de Gélvez.

Los resortes que el Virey puso en movimiento debieron ser muy poderosos, puesto que inutilizaron los efectos de las cuantiosas sumas de dinero que envió á Madrid la Audiencia, y consiguieron que Felipe IV confirmase á D. Juan Manuel en el goce de sus concesiones.

Por este tiempo llegó a México la noticia de las victorias obtenidas en Francia por el Ejército español, y en el mismo buque que trajo estas nuevas, llegó a Veracruz una señora española llamada Doña Ana Porcel de Velasco, viuda de un oficial superior de marina, á quien un encadenamiento de desgracias había puesto en la necesidad de venir a implorar el amparo del Virey que la había distinguido en la Corte. Luego que el marqués supo su llegada, manifestó a D. Juan Manuel el placer que tendría en alojarla en México de un modo correspondiente a su clase, y el favorito deseando corresponder á esta confianza no solamente le cedió la casa que entónces habitaba, sino que costeó con profusión los gastos que hizo doña Ana en su viage de Veracruz a la Capital.

Se ignoran los acontecimientos que mediaron desde esta época hasta que se supo en México el levantamiento de Cataluña; pero sirvió este suceso de pretesto á las autoridades para ejercer terribles venganzas. La Audiencia que desde la revolución contra el marqués de Gélvez era contraria á los Vireyes, se aprovechó de aquella circunstancia, y á fuerza de buscar la ocasión de humillar al Virey y de perjudicar a D. Juan Manuel, debió de hallarla, puesto que a fines del año de 1640 permanecía éste preso en la cárcel pública, en virtud de mandamiento del Alcalde del crimen DON FRANCISCO VELEZ DE PEREIRA.

Don Juan Manuel sufria tranquilamente su prisión, esperando un cambio de fortuna, cuando supo que el mismo Alcalde visitaba a su Esposa con más frecuencia de la que ecsigía la urbanidad ó el deseo de ser útil. Hallábase igualmente preso en la cárcel un caballero muy rico, llamado D. Prudencio de Armendia, que fué traido a México desde Orizava, en donde el rigor de que había usado al desempeñar varios cargos públicos, le hubo de proporcionar la enemistad de los que aspiraban a vivir sin freno. Ese sujeto, que era corresponsal de D. Juan, halló el modo de facilitar á su amigo el medio de salir de la cárcel y de poder ecsaminar por sí mismo la conducta de su muger. D. Juan Manuel salió varias noches, y en una de ellas dió muerte al citado Alcalde D. Francisco Velez de Pereira, casi en los brazos de la adúltera Esposa.

Fácilmente pueden inferirse las consecuencias que debió tener este acontecimiento. El Virey dobló sus esfuerzos por salvar a don Juan: la audiencia por su parte no se atrevía á manifestar al público los pormenores del suceso; y ya empezaba a creerse que D. Juan Manuel saldría victorioso, cuando repentinamente amaneció su cadáver suspendido en la horca pública, un día del mes de Octubre de 1641. Los Oidores le mandaron dar garrote, en la cárcel, la noche anterior, para vengarse y humillar al Virey. No se sabe lo que éste hizo.

La horca estaba frente a la puerta del Palacio, inmediata a Flamencos. La calle en que acaeció la muerte del Alcalde, es la misma que hoy se llama de "D. Juan Manuel", tanto porque vivió éste en ella, como por haber construído la mayor parte de las casas que la conforman. Tenía el nombre de "Calle Nueva" y era una de las estremidades de la Ciudad, pues concluía el caserío de ese lado poco más allá del hospital de Jesús.

Aunque se ha dicho que la casa de D. Juan se derribó de órden de la Audiencia, parece lo más probable que estuvo sin arrendarse mucho tiempo, y que la compró y unió á su edificio el Convento de S. Bernardo. Quedaba en el tramo que se destruyó para abrir la calle de Ocampo, todos desaparecidos".

Agustín Lazo tomó de la leyenda y de la historia el personaje de don Juan Manuel, y su frase cabalística: –"Dichoso Usarcé que sabe la hora en que va a morir..." pero los móviles que en su pieza dramática inducen a don Juan Manuel a hundir su puñal en carne inocente son más complejos que los que arruinaron la vida del personaje colonial. Mueve su mano nada menos que el complejo de Edipo que tiene antecedente ilustre y aún insuperado en el Hamlet shakesperiano que siglos después Freud había de explicar y justificar ampliamente. Un bello drama moderno, con personaje antiguos, ha realizado el pulcro Agustín Lazo, gran comediógrafo ya, y que ha tenido la suerte de hallar excelente interpretación en Miguel Maciá y Augusto Benedico, discípulos de Rivas Cherif y menos segura en Beatriz Aguirre, Agustín Sauret y Mario Murataya, procedentes con otros intérpretes de menos relieve de la Escuela Dramática del Estado. La escena presentada con gran decoro y mucho solera colonial.