FICHA TÉCNICA



Título obra La gota de miel

Autoría Shelag Delaney

Dirección Raúl Quintanilla

Elenco Esther Orozco, Juan Ibarra

Espacios teatrales Centro Universitario de Teatro

Referencia Bruno Bert, “La gota de miel. Incomunicación y opacidad”, en Tiempo Libre, 30 octubre 1986, p. 36




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

La gota de miel
Incomunicación y opacidad

Bruno Bert

La obra que nos presenta Raúl Quintanilla en el teatro del CUT, La gota de miel (A taste of honey, 1958) queda encuadrada dentro de la generación de renovadores del teatro inglés que encabezara Osborne y que durante alrededor de una década entre los cincuenta y los sesenta expresaran a los "angry young men", con la ira y la confusión de los que heredaban la posguerra. Y así como Osborne terminó por alejarse de esta temática y de ese estilo que le dio fama para dedicarse a partir de los setenta a las comedias de costumbres, así también Shelag Delaney, la autora de la obra que nos ocupa (que fue un éxito resonante al ser estrenada bajo la dirección de Joan Litterwood en el Theatre Workshop) acabó, luego de un segundo estreno, por alejarse del teatro dedicándose a la narrativa y al cine.

Es decir que La gota de miel va a intentar expresarnos un espacio donde la incomunicación y la opacidad frustrarán cualquier intento de encontrar un sentido a la vida, sea a través de los afectos, siempre abortados y destructivos, o de los proyectos, que no logran ni siquiera fraguarse al interior de los personajes más que como leves brotes destinados a secarse sin florecer.

El lugar de su transcurso es una sórdida habitación en un barrio miserable donde simbólicamente se hallan ubicadas las fábricas más contaminantes, el matadero y el cementerio; especie de círculo dantesco de la cotidianidad. Allí recalan, como último refugio en medio de un constante y mísero traslado que más bien parece fuga, una mujer de mediana edad, histérica, alcoholizada y semiprostituta, con su hija adolescente; la misma que se constituirá en protagonista de la pieza, quedando como encerrada en ese espacio mientras su madre se casa transitoriamente con una especie de padrote, también él sumergido en la bebida. Allí se entregará gratuitamente a un marino negro que dice amarla, sabiendo de antemano que será abandonada, y allí también esperará la maldición del nacimiento del hijo que ese acto produjo en compañía de un homosexual, ejemplo de una ternura sumisa y cobarde que sólo fraguará en el abandono y en la soledad final de la que pondrá al mundo un nuevo ser no deseado, no querido y símbolo de la generación que ha heredado un panorama físico-moral como el que describe la obra.

En un comentario del programa de mano se nos habla de la autenticidad de la protagonista y de su encuentro con el deber de no claudicar, pero creo que esa es una visión no concordante con lo que la obra nos muestra: no hay de qué tomarse para encontrar un sentido a una lucha que Josephine, la muchacha, intuye que debiera entablar pero de la que no llega ni a encontrar las armas y mucho menos cómo aplicarlas contra esa realidad monolítica de desencanto que la rodea.

La deseada gota de miel, aquel pequeño sabor de la vida, nunca es encontrada por nadie en el transcurso del espectáculo que se cierra sobre una imagen de desesperanza sin límites.

La obra, planteada dentro de una estructura realista, no llega tal vez a alcanzar el nivel dramático que la autora pediría para sus personajes, quedando a nivel de puesta y actuación levemente por debajo de lo que la estructura supone. Sin embargo, se apoya más fuertemente en el clima mezquino y gris de los aconteceres diarios y es allí donde están sus mejores momentos, por una saturación progresiva en un mismo tono.

La puesta de Quintanilla necesitaría más brío e imaginación y más inflexibilidad en el manejo de sus actores para que la mediocridad de sus personajes chocara más fuertemente con ese espacio de reclusión física y mental, mientras que en el montaje que vemos la pérdida de esa colisión provoca que el gris del personaje se trasvase al soporte de los actores menoscabando su efectividad escénica.

No significa esto que no haya interés para la visión de la obra, que logra darnos finalmente el sabor amargo de esas existencias, sino simplemente que se podría esperar más a partir de la propuesta dramática de la autora inglesa.

Esther Orozco y Juan Ibarra en La gota de miel, de Shelag Delaney, dirección Raúl Quintanilla, Centro Universitario de Teatro del Centro Cultural Universitario (insurgentes Sur 3000), jueves y viernes 20:30; sábados 19:010 y domingos 18:00 horas. (Fotografía Luis Fernando Moguel)