FICHA TÉCNICA



Título obra El caso de don Juan Manuel Solórzano

Autoría Agustín Lazo

Elenco Beatriz Aguirre, Miguel Maciá, Augusto Benedico, Agustín Sauret, Mario Murataya

Grupos y compañías Los Amigos del Teatro

Notas de grupos y compañías Cipriano Rivas cherif / director

Notas Transcripción del cuento conocido como Conseja del asesino Juan Manuel de Solórzano, que junto con la versión histórica respetiva, Agustín Lazo adaptó al teatro

Referencia Armando de Maria y Campos, “La conseja y la historia de don Juan Manuel de Solórzano, fantasma y personaje de nuestra vida colonial, llevada al teatro por Agustín Lazo”, en Novedades, 30 octubre 1948.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

La conseja y la historia de don Juan Manuel de Solórzano, fantasma y personaje de nuestra vida colonial, llevada al teatro por Agustín Lazo

Armando de Maria y Campos

Hará cosa de trescientos y pico de años que empezó a circular en la ciudad de México el cuento o conseja de que "los ángeles ahorcaron a un don Juan Manuel", y al correr de los años tomó tal cuerpo de veracidad este relato fantástico que fue preciso que un reputado historiador mexicano, don José Gómez de la Cortina, conde de la Cortina y Castro, rectificara a la voz de la calle escribiendo la verdadera historia de don Juan Manuel de Solórzano –quien vivió en la calle que durante mucho tiempo tuvo su nombre, en la ciudad de México–, y que han inspirado a romanceros e historiadores, entre otros a don Luis González Obregón.

El "caso" de don Juan Manuel ha inspirado a un distinguido y culto comediógrafo mexicano, don Agustín Lazo, una bella comedia moderna de corte colonial, como las que con menos fortuna pero con abundancia de recursos teatrales escribía por estos años hace cien un prolífico autor mexicano: don Pantaleón Tovar. La comedia dramática en tres actos de Agustín Lazo –El caso de don Juan Manuel– ha sido llevada a la escena por Los Amigos del Teatro que dirige don Cipriano Rivas Cherif, en su 3a. representación de Cámara –la primera lo fue Esquina peligrosa de J.B. Priestley, por María Douglas y Miguel Maciá; la segunda La locandiera de Goldoni, por Carmen Salas–, y ha constituido un éxito de autor e intérpretes –Beatriz Aguirre, Miguel Maciá, Augusto Benedico, Agustín Sauret y Mario Murataya en los principales papeles–, al que me referiré más adelante. Ahora quiero difundir la conseja, y la historia de este singular "caso", que de haber ocurrido en nuestros días hubiera merecido un estudio psicopático del doctor Freud, aprovechando raros documentos que conservo en mis archivos.

Dice la conseja –y reproduzco respetando la ortografía original que ruego a mi vez al compañero linotipista la respete, para no quitarle sabor al relato: "Era un señor español, muy principál, con muchos bienes de fortuna, casado con una Señora, ejemplo de hermosura y de virtúd. No era feliz, como se le creía, por falta de sucesión; concurría frecuentemente á las Iglesias, y como su tristeza iva en aumento, mandó traer de España a un sobrino suyo á quien amaba, para que se encargara de la casa y él resolvía meterse religioso de S. Francisco. Llegó el sobrino y con él la perdición de D. Juan, por que el Diablo, que estaba en acecho de su alma, hacía que oyera en su interior una voz que le declaraba que su Esposa era infiel, designándole como sospechosas las personas que él creía eran honradas.

Desesperado D. Juan Manuel, invocó al Demonio y celebró con éste el pacto de entregarle su alma, si le proporcionaba vengarse de las personas que ultrajaban su honor. Le aconsejó el Demonio que en la noche saliese de su casa a las once y vería pasar al ofensor. Hízolo así y mató á un hombre inocente. Pero el Diablo, que quería perder á muchas almas, le dijo que saliendo de su casa todas las noches, acometiera al que encontrase á las once, quitándole la vida, y si veía que se le aparecía, era señál de que había acertado su golpe. Don Juan obedeció y al primero que encontraba en la calle le decía: Amigo que hora es y si contestaba las once, le clavaba el puñal, añadiendo: Dichoso V. que sabe la hora en que muere.

Así continuó mucho tiempo, llenando de terror á todo México, pues diariamente amanecía algún hombre asesinado; hasta que una mañana vió conducir D. Juan Manuel á su presencia el cadáver de su Sobrino, á quien había matado la noche anterior, sin conocerlo.

La vista del cadáver causó á D. Juan Manuel una sensación de horror difícil de esplicarse; y sintiendo los remordimientos de su conciencia y despreciando los temores que le inspiraba el pacto celebrado con el Demonio, fué a confesarse con un religioso de San Francisco, conocido por su sabiduría y santidad y le reveló todas sus culpas, con las más vivas demostraciones de arrepentimiento. El Padre, como tan inteligente en la ciencia de dirigir las almas, ántes de dar la absolución a D. Juan, quiso probar ese arrepentimiento y para ello le impuso por penitencia que fuese á media noche por espacio de tres días al pié de la horca á rezar un rosario por las almas de los que había asesinado y volviese al día siguiente a referirle lo que le hubiere sucedido. Firmemente resuelto D. Juan a ponerse bien con Dios, obedeció con la mayor humildad y al dar las doce de la noche se dirigió a la horca, no sin sentir un horror que le helaba la sangre de sus venas. Púsose de rodillas al pie de la horca, según le había ordenado el Padre, y empezó a rezar el rosario sin que notase cosa alguna; más al concluirlo, y cuando ya trataba de retirarse, quedó fuera de sí de pavor al oir una voz sepulcral y lejana que dijo clara y distintamente: `un Padre nuestro y una Ave María por el alma de D. Juan Manuel.

Cuando éste volvió en su acuerdo, ya empezaba á apuntar el día, y su primer cuidado fué ir á referir al Padre aquel terrible acontecimiento. El Sacerdote procuró animarlo, haciéndole ver que así convenía á la salvación de su alma: que aquello no era más que una ardid del Demonio para retraerlo de tan santa empresa; que hiciese la señal de la cruz sobre todo lo que pudiera inspirarle temor; y finalmente, que volviese á la horca aquella noche á seguir cumpliendo su penitencia, seguro de que al día siguiente le daría la absolución de sus culpas.

Fortalecido de este modo el ánimo de D. Juan Manuel, acudió con la misma puntualidad á la horca, y no bien había concluido su rezo, cuando vió a lo léjos un gran número de luces opacas que se movían de dos en dos como si fuera en procesión, y detrás de ellas un bulto negro levantando en alto, parecido a un ataud. D. Juan vió aquello con bastante valor; pero al oir la misma voz que la noche antes le había dejado casi sin vida, perdió enteramente el ánimo y el sentido. Al otro día fué á ver al Padre y le manifestó que quizá no podría resistir á la tercera prueba, y que veía cuán verdadero era su arrepentimiento, le concediese la absolución. Ya entónces no le pareció justo al Padre negarle aquella gracia, y haciéndole repetir la confesión de sus pecados, le dió por fín la absolución que tanto deseaba; pero siempre con la promesa de ir á hacer su tercera y última visita á la horca, como en las dos noches anteriores... No se supo más, sino que D. Juan Manuel amaneció colgado de la horca, porque lo ahorcaron los Angeles"...

Toda esta sarta de mentiras, dice la "conseja" que circuló impresa a mediados del siglo pasado, la inventaron y divulgaron los oidores que componían la Audiencia, para ocultar que ellos mandaron dar muerte a don Juan Manuel.

En próxima crónica, trataré la versión histórica del conde la Cortina.